Descentrados Chile

La Verónica y el oscuro manto de la fama

Fotografía: https://www.festivaldebiarritz.com/es/film/la-veronica/

Por Ana Niria Albo
Socióloga y docente universitaria.

Pensé que el cine no me sorprendería más. Nuevamente me equivoco y me digo que no debo perder las esperanzas. En un mundo que no deja de polarizarse en todas las dimensiones posibles, aparece en 2020, de la mano ingeniosa de Leonardo Medel, La Verónica. Lo cierto es que había postergado mi lectura de este filme porque cruza temas sensibles y tremebundos (el rol de la maternidad impuesta por el peso de la sociedad) con la misma casi procacidad que se lanza al cada vez más temible, diría yo, mundo de las redes sociales y las/los/les influencers.

Se trata de una cinta rodada en medio del estallido social de 2019 y cuyas presentaciones ocurrieron en pandemia. Sin embargo, es una joyita de la cinematografía contemporánea chilena. No solo a nivel estético alcanza elevados rubros con su fotografía que va del ojo voyerista en primeros planos y medianos, hasta secuencias realmente oscuras que transmiten los profundos niveles del drama real de su protagonista Verónica Lara, interpretado por una fuera de serie como Mariana Di Girolamo; sino que es necesario detenerse en el guión que ofrece el filme, el cual marca un camino de representación de lo social que debe ser manejado más en la pantalla grande: el extenuante y egoísta camino del éxito.

La historia es fascinantemente tremenda: Verónica es la esposa de un reconocido futbolista, pero ella es y quiere ser más que eso: es una modelo, presentadora e influencer. De ahí que la película dé la sensación al espectador de que está siendo un reel perpetuo. El éxito y la fama son los objetivos esenciales de la vida de esta mujer que está rodeada de lujos, aunque anhela mucho más. El giro es inesperado. Verónica guarda un secreto y está a punto de ser develado. Toda su vida virtual y sus máscaras van a desaparecer.

Esta podría ser una columna como otra cualquiera donde conceptos como “sociedad” y “estética” se dieran la mano, pero no. La Verónica es una película que amerita un poco más. Aunque pareciera en cada una de las columnas sobre crítica cinematográfica que hemos consultado que el centro de la película está marcado por una denuncia a la frivolidad que enmarca, en muchos casos, el uso de las redes y nuestra responsabilidad ciudadana al respecto, hay mucho más.

La Verónica vuelve a poner en el centro de la película chilena a una mujer. En eso demos todos los puntos necesarios a la obra. Generalmente, en los últimos años la cinematografía chilena se ha feminizado de forma favorable. Utilizar este adjetivo no es superfluo, pues personajes que visibilizan historias de mujeres han movido el eje dramático de las narrativas fílmicas chilenas, de ficciones heteropatriarcales masculinas hacia guiones en los que mujeres y miembros de la comunidad LGBTQ+ están presentes. En el caso que nos ocupa, en cambio, se coloca a una mujer, pero se agrega que no es una mujer cualquiera. Si en La Nana la fuerza narrativa radicaba en que se devolvía a una mujer trabajadora de clase baja con todos los subterfugios que ello implicaba, en La Verónica hay una clara apuesta por denunciar las particularidades de la reproducción social de los roles de género para las mujeres de la clase alta chilena. Verónica ha sido formada para sonreír, ser buena madre, buena esposa, estar guapa siempre; eso lo que exporta a las redes, y lo ha naturalizado tanto que el mero hecho de que no pueda ser así la desestabiliza.

En medio de ese manto ficticio de una vida que pudiera parecer “de muñeca”, es que se desata el turn on narrativo. Verónica está abrumada y sobrepasada por su objetivo fundamental, su proyecto de vida: adquirir una cifra escandalosa de seguidores puede verse en el suelo por la aparición de un secreto. Fue una mala madre –¿y acaso no intentan dar pistas de que lo sigue siendo con la bebé de ahora? –, podría haber sido más que eso, una asesina. El parricidio es un manto oscuro que está en la película, y es un tema del que se habla poco. Cuando se hace, siempre se trata de discursos condenatorios que pocas veces llegan a la raíz del problema, arguyendo a la complaciente realización de maternidades no deseadas. Mientras se mira la película nos cuestionamos todo el tiempo por qué Verónica es madre si casi desprecia a su hija.

Para nada se pretende exculpar su responsabilidad, si es que asesinó a su primera hija, ni su maltrecha relación con la recién nacida, pero La Verónica nos invita a ir un poco más allá. Cuando enunciamos hacemos uso de la palabra y eso es un ejercicio político. Nos empodera y nos hace viajar por caminos en los que se clarifican nuestras acciones y las que se han tenido para con nosotros. La sociedad, en última instancia también es culpable.

Por increíble que parezca, a las mujeres aún se nos ve a través de un fin último: la reproducción de la especie. Si hay un rol genérico marcadamente establecido y por el cual los miembros de la sociedad juzgan y condenan constantemente, es ese. Y si no lo cree haga la siguiente indagación: ¿A cuántas mujeres pasadas de los 30 que no tienen hijos se le pregunta al respecto en sus círculos cercanos? Una mujer como la representada en La Verónica, apegada a la fama y que construye para el mundo un personaje que debe ser seguido, que es casi una lideresa de masas, no podría no tener hijos. Tiene que tenerlos.

Pero cuando nada de esto es suficiente para comprender de qué va esta película, usted puede apegarse a su idea central: la historia de una influencer y todo lo que sus seguidores no ven. En última instancia, esto ya es suficiente.