Descentrados Chile

El juego de la humillación en la política chilena

Fotografía: Pintura de Otto Dix. "Europa en guerra"

Por Juan Pablo Correa Salinas 

Psicólogo social. Analista del discurso. Investigador de las relaciones de reconocimiento, violencia y poder y sus efectos en los procesos de subjetivación. 

 

La situación política de una sociedad o de un país puede interpretarse como un gran “juego de lenguaje”1. El juego que hegemoniza las relaciones políticas en Chile, desde hace varias décadas2, es el de la humillación. Descrito de un modo sintético, el juego consiste en evitar ser humillados y encontrar la forma de salir de situaciones de humillación. Para evitar la pérdida de dignidad, prestigio y/o poder -con el consiguiente menoscabo de la autoconfianza, el autorrespeto y/o la autoestima3 – tanto las personas como los grupos luchan entre sí. En esa lucha pueden intentar hacer tres cosas. La primera es dar a sus relaciones un sentido ético, lo que permite a todos evitar la humillación. La segunda es traspasar la condición de menosprecio a un adversario. La tercera es lograr que un tercero -el “monstruo”4– quién no es considerado un interlocutor legítimo en ese contexto, cargue con el peso de la abyección. 

El juego supone la distinción entre víctimas y victimarios, y puede asignar a cualquiera de las posiciones un lugar de menoscabo5.En algunas ocasiones, asumir públicamente la condición de víctima gatilla el reconocimiento positivo de los otros, afectando negativamente el lugar de quienes son identificados como victimarios. A eso apostó la izquierda y la centroizquierda una vez terminada la dictadura. No sin buenas razones para hacerlo, dado que las formas más graves y selectivas de violaciones a los derechos humanos (DDHH) fueron experimentadas por ese sector. Sus adversarios de derecha quedaron entonces en la posición discursiva de cómplices activos o pasivos del abuso6.   

Michel Foucault tomó de Wittgenstein tanto el concepto de “juegos de lenguaje” como la idea de que existe convertibilidad entre lenguaje y acción. De este modo, pensó los “juegos de lenguaje” como interacciones discursivas, es decir, como acciones mediadas por la palabra, intencionadas recíprocamente. En ellas la delimitación del poder juega un papel fundamental. Los caracterizó entonces como “juegos (games) estratégicos de acción y reacción, de pregunta y respuesta, de dominación y retracción, y también de lucha.”7 

En el juego discursivo de lo político, el “estallido social” fue una respuesta dramatúrgica a la humillación. Su sentido fue la deconstrucción radical de la vida (una “crisis de diferenciación”, en el sentido de René Girard)8 a través de la elaboración teatral de una experiencia de dolor, angustia y rabia, que recogió explícitamente los principales dramas en la historia del país. En este sentido, la revuelta de 2019 puede ser interpretada como un esfuerzo por cambiar radicalmente el juego, reconstruyendo nuestras relaciones sociopolíticas a partir de una idea ética que nos permita sustituir la sociedad del honor (característica del orden hacendal) por la sociedad de la dignidad (característica del orden democrático). Como en un carnaval, el “estallido social” invirtió las posiciones que debían ser valoradas en el juego político. La diferenciación jerárquica fue sustituida por la igualdad de derechos (“para todos todo”). La sexualidad fue reivindicada y alejada de las metáforas del abuso: “me gusta el pico, pero no en el ojo”, “pacos inculiables”. La ironía sexista de Daddy Yankee en el uso metafórico de “a ella le gusta la gasolina” fue literalizada por las protestantes, y vuelta a metaforizar como símbolo de lucha a través de la imagen de una mujer que tiene en su mano una bomba Molotov. La lucha de clases adoptó una forma ajena al clivaje tradicional de la política en el país: “no somos de izquierda ni de derecha, somos los de abajo y vamos por los de arriba”, “la rebeldía es quiltra, pobre y valiente”. El estallido fue un momento en el que se hicieron apuestas utópicas desmesuradas9. Todas ellas manifestaban la esperanza en una sociedad sin dominación, exclusión, explotación ni alienación. Una sociedad en la que todos pudieran vivir con dignidad, sin ser humillados.

El carnaval se trasladó luego a la Convención Constitucional. Olvidando el escrutinio de la opinión pública que debía aprobar la propuesta constitucional, algunos convencionales transgredieron el orden simbólico que validaba el proceso en el que participaban. Y lo hicieron desde el comienzo, interrumpiendo la canción nacional que un coro de niños interpretaba en la ceremonia de inauguración del proceso constituyente. Para muchas personas que veían lo sucedido por televisión, se trató de una ofensa a los valores que fundan la patria, la familia y la nacionalidad. En tiempos posteriores, algunos convencionales y sus redes de apoyo en la ciudadanía, realizaron otras acciones similares10, invalidando simbólicamente su propia labor constituyente, así como el texto constitucional que ella produjo. Este último terminó siendo rechazado por la mayoría de los electores. “El mamarracho” no fue sólo un calificativo de campaña para la propuesta constitucional. Con esa expresión se recogió la experiencia vergonzante de aquellos que consideraban que la propuesta constitucional destruía valores fundamentales de la nacionalidad y de la cultura chilenas, bases de la República. En su opinión, la propuesta disolvía la idea de una patria común en un archipiélago de nacionalidades, identidades, estilos de vida, autonomías regionales, sistemas independientes de justicia, etc.

El rechazo del texto constitucional fue celebrado en las calles con banderas chilenas, las que no habían estado presentes en las ceremonias identitarias de la Convención. En ellas se reivindicó a las naciones indígenas y a otras identidades excluidas o postergadas por las prácticas políticas y culturales hegemónicas, pero no se ensalzó la identidad nacional compartida por la sociedad en su conjunto.

Elegido presidente de la República en medio de la ola de transformaciones que había impulsado el estallido social, Gabriel Boric fue maltratado por la derecha con diferentes formas de estigmatización. Un famoso periodista español vinculado al franquismo, lo llamó “merluzo” como respuesta airada a un comentario suyo que situaba al rey de España en el origen de un atraso en la ceremonia de asunción de mando. El sobrenombre fue reiterado por la derecha en las redes digitales durante todo su mandato. Simultáneamente, Teresa Marinovic -activista y convencional de extrema derecha- describió el comportamiento de los sectores más irascibles de la Convención como formas de victimización, empleadas estratégicamente para disputar el poder. Paradójicamente, la misma Teresa Marinovic se victimizó, diciendo que a su sector no se le consideraba en los acuerdos ampliamente mayoritarios que daban forma al texto constitucional que se estaba elaborando. Marinovic manifestó su molestia de un modo sarcástico, con un humor agresivo que intentaba poner a sus adversarios en la Convención en posiciones ridículas, estúpidas o vergonzantes. 

Una vez concluidos los dos procesos constituyentes -el de la Convención y el que la sucedió- la extrema derecha de José Antonio Kast y el partido Republicano continuaron desarrollando una estrategia que les había resultado exitosa. Convertido desde el año 2013 en el candidato presidencial de su sector, Kast participó en tres elecciones presidenciales sucesivas, perfeccionando una campaña electoral centrada en la difamación de sus contendores. Con bots, trolls e información falsa, Kast y los Republicanos intentaron desacreditar a Evelyn Matthei, otra de las candidatas presidenciales de la derecha. De ella dijeron que no tenía la posibilidad de gobernar el país porque padecía de alzhéimer. Lo que era falso. Pero el contendor que privilegiaron para posicionar su candidatura fue el gobierno de Gabriel Boric. Lo acusaron de haber fracasado en la implementación de su programa, transformando la expresión “gobierno fracasado” en una descripción definida de lo realizado por Boric y su equipo en los últimos 4 años. Sus principales acusaciones fueron haber aumentado la pobreza y la delincuencia, así como la migración irregular. También haber destruido la educación y el sistema de salud. Aunque su diagnóstico no se sostiene en los datos, penetró en el ánimo de la opinión pública. Ni Kast ni sus colaboradores entregaron información que fundamentara lo que decían. Sólo hicieron juicios.

La estrategia de Kast continuó con Jara, su rival en la segunda vuelta presidencial. La acusó de haber formado parte de un “gobierno fracasado”, lo que resumió con la expresión “Boric es Jara y Jara es Boric”. Llamó a Jara la “candidata de la continuidad” de “un país que se cae a pedazos” y en el que propuso implementar un “gobierno de emergencia” si es elegido presidente.

Es evidente que Kast busca aplicar en Chile las estrategias que la derecha iliberal ha desarrollado en otras partes del mundo. Trump, Milei y Bolsonaro son sus modelos más recurridos. Con un discurso neofascista Kast ha envenenado progresivamente la política del país11. El fundamentalismo religioso que marcó su primera campaña presidencial y estuvo presente también en la segunda, ha sido reemplazado por el silencio. Los llamados “temas valóricos” (reconocimiento de la diversidad sexogenérica y sus derechos, eutanasia, derechos reproductivos, etc.) han sido escondidos en su agenda programática. Pero el discurso infame del partido Republicano y sus aliados encuentra en las palabras de Kast su expresión más radical. No duda en asociar sin razones a sus adversarios con aquellas prácticas que la opinión pública considera más condenables: el abuso sexual, la corrupción, la defensa de la delincuencia, el abandono de la población que sufre, el terrorismo, el robo, etc. Sin datos, sólo juicios. Su discurso es una fábrica de humillación. Y en un país donde la gente intenta escapar del estigma, el desprecio y la vergüenza, resulta para muchos tentador que Kast focalice sus prácticas de humillación en sus adversarios políticos, a los que convierte en “monstruos”, haciéndolos cargar con las diferentes formas de abyección vividas en la sociedad. 

La actitud infame de Kast se ve complementada por su cinismo. Probablemente, la expresión más dura y evidente de esto último es su defensa de Miguel Krassnoff, el criminal de lesa humanidad que está condenado a más de mil años por la justicia y que Kast no descarta indultar si llega a contar con las facultades para hacerlo. Pero también se expresa en la incorporación de Jorge Quiroz en la dirección de su equipo económico. Quiroz es el economista que organizó el esquema de defraudación con que se organizaron varias formas de colusión empresarial recientes en el país (de los pollos, de las farmacias, etc.). Curiosamente, el cinismo de Kast es lo que le ha permitido avanzar en su larga carrera presidencial. En un país lleno de rabia, miedo y desconfianza, donde el doblez y la hipocresía son la norma, el cinismo hace parecer a Kast como alguien confiable: “hace lo que dice”. Aunque lo que diga sea aberrante o delirante y no se haya implementado jamás en un programa de gobierno (como la expulsión del país de 3.000 migrantes que, en su mayor parte, no tienen cómo volver a entrar en su país de origen).  

Al igual que Trump, Milei y Bolsonaro, Kast habla como un iluminado. En un podcast en el que conversa con su amigo Gonzalo Rojas -fundamentalista y neofascista, como él- Kast lo dice abiertamente: “Dios está con nosotros”. Se refiere a un eventual pronunciamiento divino en la elección presidencial anterior, en la que -pese a su alianza con Dios- perdió con Gabriel Boric. El fundamentalismo católico de Kast y su neofascismo iliberal aparecen también en sus colaboradores más cercanos12

Pero hay algo más. Para que el discurso de Kast logre penetrar en la subjetividad de una mayoría de electores, necesita de la complicidad de esas subjetividades. Frantz Fanon, psiquiatra, filósofo y político nacido en la Martinica que participó activamente en la guerra por la independencia de Argelia, pensó y escribió sobre la subjetividad del colonizado13, investigación que puede ampliarse a la comprensión de cualquier forma de dominación subjetiva. Las personas racializadas (negros, morenos, gente de color), generizadas (mujer, hombre), sexualizadas (minas, fletos, machos) estratificadas económicamente en forma negativa (pobres, flaites), etnificadas (indios, mestizos, criollos) son regularmente estigmatizadas también. Los estereotipos de raza (o fenotipo), género, sexo, estrato socioeconómico, etnia, etc. pueden operar vinculados al prejuicio, esto es, investidos de un reconocimiento negativo (o menosprecio). Es lo que motiva al dominado a actuar un personaje agradable para el dominador. En términos fenotípicos se lo ha llamado “blanqueamiento”. Opera a través de la construcción de marcadores de estatus que ocultan o reemplazan el aspecto de una determinada condición. Y no sólo vale para la raza o el fenotipo. También opera en las otras categorías mencionadas. Por ejemplo, la exacerbación de las formas del género en hombres y mujeres, buscan evitar aquellas ambigüedades que podrían motivar un reconocimiento negativo (“no tan hombre” o “no claramente mujer”). 

Cuando se interpreta a sí mismo, un colonizado emplea categorías que no son propias, o que no han sido creadas para que pueda reconocerse orgullosamente en ellas. De este modo, la colonización es un escape que permite al colonizado fantasear con la idea de que forma parte del equipo del colonizador. Lo mismo ocurre con otras formas de dominación. En este sentido, existe una conexión de sentido entre la colonización, el síndrome de Estocolmo14 y lo que el psicólogo Jorge Gissi llama el “etnocentrismo alienado” de los pueblos latinoamericanos. Con esta expresión, Gissi alude a una forma alienada15 de etnocentrismo, en la que una persona se identifica con una condición ajena o sólo parcialmente suya, negando otras partes de sí mismo (como sus raíces indígenas o una historia familiar de pobreza). Paradójicamente, el etnocentrismo alienado pone a quién lo experimenta en una situación desmedrada respecto a aquello que más admira, pues por principio no puede alcanzarlo.

Es muy posible que el esfuerzo por evitar posiciones de humillación fuera una de las razones por las que la campaña presidencial de Jeannette Jara no prendió masivamente en los estratos más pobres del país. Parte de la izquierda llama despectivamente “fachos pobres” a personas que, por una parte, evitan identificarse con sus iguales (para no ser estigmatizados) y, por otra parte, buscan sumarse de alguna manera al grupo de los triunfadores a través de la adquisición de símbolos de estatus (marcas, artículos de lujo, etc.) y su voto favorable a los poderosos (los patrones de la hacienda)16. La campaña de Jeannette Jara presentó a la candidata a partir de su historia meritocrática, sin considerar que se trataba de una situación de doble filo. La identificación positiva con la candidata topaba con la historia de pobreza (estigmatizadora) que daba sentido a su condición meritocrática. Y su condición meritocrática la situaba en el grupo de los “privilegiados por la política”, esto es, como parte de la “élite abusadora” identificada en los discursos de impugnación. El juego de la humillación opera otra vez. 

¿Por qué entonces hay tanta gente dispuesta a votar por Kast? Porque simboliza mejor que los demás el orden tradicional que promete reconstruir, volviendo a la “legitimidad” del poder después de la crisis de diferenciación y la performance del presidente niño que no se pone corbata en los actos públicos. Pero, por, sobre todo, porque ofrece “poner la casa en orden”, esto es, restablecer las diferencias que fundaron la sociedad chilena y sacar del sistema a todos los “monstruos” que amenazan la vida común: los delincuentes, los migrantes irregulares, los indígenas sublevados, las feministas furiosas, los trans ridículos, los fletos desubicados, la izquierda extremista, los terroristas desalmados, etc17.

¿Es posible salir de esta situación? La identificación del juego de la humillación supone un gran desafío para la izquierda. Se trata de la construcción de un relato épico que empodere al 90% de la población que vive de su trabajo, con dificultades económicas y grados crecientes de endeudamiento. Una población extremadamente diversa, pero unificada por diferentes formas de precarización que la sitúan recurrentemente en el borde de la humillación. Un relato que le permita apostar por un gobierno que pueda sentir propio, que no la engañe ni la desilusione y esté dispuesto a disputar el poder al gran capital. Un gobierno que valide sus aspiraciones económicas y laborales, pero las encauce por un camino distinto a la competencia salvaje que hoy le proponen la derecha y la extrema derecha en todas partes del mundo.

  1. La noción de “juegos de lenguaje” fue desarrollada por Ludwig Wittgenstein, en la segunda parte de su filosofía. Wittgenstein, L. (2017) Investigaciones filosóficas. Madrid. Trotta. ↩︎
  2. Y, en algún sentido, desde bastante antes también. ↩︎
  3. Autoconfianza, autorrespeto y autoestima son las tres formas de autorregulación práctica que se derivan de las relaciones de reconocimiento recíproco positivo, de acuerdo con la teoría del reconocimiento de Axel Honneth. Honneth, A. (1997) La lucha por el reconocimiento. Crítica. ↩︎
  4. Michel Foucault describe al monstruo como “la unidad de lo imposible y lo prohibido”, esto es, como la transgresión simultánea de dos leyes: la ley natural y la ley jurídica. Se trata de una condición irrealizable y, por ende, paradójica: si es imposible no hay razones para prohibirlo. Y si ha sido prohibido con buenas razones entonces no es imposible. Foucault, M. (1996) “Los Anormales”, en La vida de los hombres infames. Altamira. A pesar de su carácter paradójico, nuestra sociedad y cultura han reconocido condiciones o situaciones monstruosas, en diferentes momentos de su historia. Entre ellas se encuentran, por ejemplo: la homosexualidad y la transexualidad, el aborto voluntario de una mujer embarazada, el suicidio, el abuso sexual de una hija o un hijo, el mestizaje entre pueblos etnocéntricos, el canibalismo, la pedofilia, etc. En términos prácticos, el lugar social del monstruo corresponde a aquello que resulta difícil imaginar. ↩︎
  5. En un plano estrictamente lúdico, la dramatización encuentra su versión más sencilla y recurrida en un juego de naipes tradicional conocido como “el poto sucio”. En este juego, las personas intentan deshacerse de sus cartas formando pares. Pero hay una carta que no tiene par. Quién la recibe no puede deshacerse de ella emparejándola con otra. No obstante, puede entregarla a otro jugador sin que éste lo advierta. Pierde quien se queda con la carta sin pareja cuando el juego se termina. De este modo, la cultura dramatiza la experiencia del rechazo a la estigmatización, esto es, la necesidad de distanciarse de los objetos que son fuente de humillación. ↩︎
  6. Una redefinición significativa de esta situación ocurrió en un programa de televisión el año 2011. Habían sido invitados Sergio Bitar y Francisco Figueroa. Bitar fue ministro de minería en el gobierno de Salvador Allende y ministro de educación en el de Ricardo Lagos. Figueroa era uno de los principales líderes de la nueva generación política que impugnaba las políticas educacionales concertacionistas, incluida la bancarización del financiamiento de la educación superior. Cuando Francisco Figueroa enrostró esto último a Sergio Bitar, este reaccionó, recordando sus “medallas” como político honesto y valiente, perseguido y maltratado por la dictadura. La respuesta de Figueroa fue muy clara: ambas cosas son ciertas, pero no se justifican ni invalidan recíprocamente. La victimización de Bitar no lo salvó de su responsabilidad en la creación del CAE. ↩︎
  7. Foucault, M. (1996) La verdad y las formas jurídicas. Gedisa. ↩︎
  8. En una crisis de diferenciación, afirma Girard, todas las diferencias internas que dan forma a la cultura, son relativizadas, anuladas o invertidas: el género, la etnicidad, la dominación, la explotación, la estructura de clases y estratos, la orientación sexual, etc. El orden social se disuelve y es sustituido por un orden nuevo. O, al menos, es lo que en ese momento se intenta hacer. Una forma de impedirlo es restablecer el orden anterior, derivando la rabia, el miedo y la angustia a una diferencia externa a la cultura, la que opera como su espejo deformado (lo que no queremos ser, esto es, lo que no pensamos que somos ni podemos ser: el monstruo). Girard, R. (1986) El chivo expiatorio. Anagrama. ↩︎
  9. La manifestación más radical de desmesura estuvo en la idea de un cambio rápido e integral de la cultura. Esta idea estuvo asociada a la ausencia de distinción entre comunidad y sociedad. Una perspectiva comunitarista generalizada dentro del movimiento buscaba hacer efectivo un imaginario cultural con raíces cristianas (cercano al comunismo). Obviamente, este discurso tenía un componente totalitario incompatible con la democracia liberal, siendo más cercano al corporativismo. El discurso “woke”, por ejemplo, centrado en la idea conservadora de que existen identidades y racionalidades inconmensurables, tuvo una presencia significativa en la revuelta. ↩︎
  10. Dos de los ejemplos más significativos se realizaron con banderas, y afectaron negativamente la opinión pública. El primero fue la instalación de emblemas identitarios en el lugar en que se realizaba la Convención. Se pusieron banderas de naciones indígenas y de agrupaciones sexo genéricas, pero hubo resistencia a la instalación de banderas de agrupaciones religiosas, como la que quisieron instalar representantes de la iglesia evangélica. Tampoco se instalaron emblemas chilenos en ese lugar del recinto. El segundo acto se llevó a cabo en Valparaíso. En esa ciudad se realizó una ceremonia para apoyar la aprobación del texto constitucional propuesto. En el escenario, una agrupación de activistas del género extrajo una bandera chilena del ano de uno de ellos. La situación fue filmada y difundida en las redes digitales y los medios de comunicación públicos, provocando la molestia de mucha gente. ↩︎
  11. En esto ha contado con la complicidad de sus aliados / competidores dentro de la derecha y la de sus adversarios políticos, quienes no han sabido detener estas prácticas. Mucho menos construir un cordón sanitario para impedir que llegue a la presidencia de la República. Pero, por sobre todo, ha contado con la complicidad, ignorancia e ineptitud de los grandes medios de comunicación y sus equipos periodísticos, en especial de la televisión y de la prensa, quienes han interpretado su estrategia política como si se tratara de una alternativa democrática más. Esos mismos medios han cuestionado en cambio la vocación democrática de Jeannette Jara, su contendora, por ser militante del Partido Comunista (PC). Como si militar en el PC chileno la pusiera fuera de la competencia democrática y la institucionalidad liberal, algo que nunca ha ocurrido con el PC en la historia del país. ↩︎
  12. En Luis Silva, numerario del Opus Dei y consejero constitucional, que no dudó en sacrificar el resultado del segundo proceso constituyente con tal de imponer sus convicciones morales a los demás. En Beatriz Hevia, presidenta republicana del Consejo Constitucional que distinguió en su discurso de cierre entre los “verdaderos chilenos” (ellos mismos) y todos los demás. En Cristián Valenzuela, colaborador directo de Kast, que llama “parásitos” a todos los rivales políticos del partido Republicano que hoy trabajan en el Estado. ↩︎
  13. Fanon, F. (2009) Piel negra, máscaras blancas. Akal. ↩︎
  14. Para más información sobre el síndrome: https://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%ADndrome_de_Estocolmo ↩︎
  15. De alienus: ajeno, extraño, otro. ↩︎
  16. Jorge Gissi nos dice que la superposición de clases, razas (fenotipos) y culturas, fue uno de los efectos de la historia de la conquista de América en las sociedades latinoamericanas. En Gissi, J. (1987) “Identidad, ‘carácter social’ y culturas latinoamericanas”.  En Identidad latinoamericana: psicología y sociedad. Andes. Kast reúne con mucha claridad los símbolos de estatus positivo que esa superposición implica: de estrato socioeconómico alto (se dedica a la política en forma exclusiva porque su patrimonio le permite vivir sin trabajar), rubio (de padres alemanes) con un léxico y un estilo lingüístico de carácter hegemónico. Es tan evidente, que los privilegios asociados a su condición podrían causar rechazo. Pero la sociedad chilena no está hoy para sutilezas. ↩︎
  17. La enumeración está construida desde el prejuicio que, en mi opinión, opera en un porcentaje muy importante de las subjetividades chilenas. ↩︎