Por Amelie M.
Hoy el país atraviesa un momento que duele. La elección de Kast como presidente ha dejado una sensación profunda de decepción en quienes miramos la realidad desde una vereda más social y solidaria. Cuesta entender cómo, especialmente en comunas humildes —aquellas donde históricamente la desigualdad golpea más fuerte—, terminó imponiéndose un proyecto político que propone frenar avances que justamente buscan aliviar esas carencias.
Quienes votamos por Jara miramos este resultado con desconcierto. No solo por la derrota electoral, sino por lo que simboliza: un país fragmentado, cansado, donde el miedo y la desconfianza parecen haber pesado más que la esperanza colectiva. Esa frustración ha llevado incluso a que algunas personas se cuestionen seguir ayudando, seguir organizando bingos, rifas o actividades comunitarias para enfrentar necesidades urgentes como la salud. Surge la pregunta amarga: ¿para qué seguir, si se vota contra los propios intereses?
Pero detenernos ahí sería perder algo. Ya vivimos algo similar con el rechazo a la nueva Constitución: una oportunidad histórica que no prosperó. Y aun así, la vida siguió, las necesidades no desaparecieron y la solidaridad continuó siendo el único sostén real para muchos.
Por eso hoy el llamado es a no confundir el resultado de una elección con el sentido de nuestra lucha. No hemos perdido la guerra, solo una batalla. Renunciar a nuestras labores sociales, a la empatía y al trabajo comunitario sería ceder lo más valioso que tenemos. Adoptar una mirada individualista, cerrada y sin compasión nos haría parecernos demasiado a aquello que criticamos.
Este es el momento de fortalecernos, de organizarnos mejor, de reafirmar nuestras convicciones. Que la adversidad no nos quiebre, sino que nos prepare. La idea no es caer, sino resistir con dignidad, memoria y humanidad. Porque si algo ha demostrado la historia, es que los cambios reales nacen desde abajo, incluso —y sobre todo— cuando el escenario parece adverso.

