Por Camila Soto Ramírez
Diseñadora industrial, especializada en diseño de procesos, modelos y productos para el parto humanizado. Ex presidenta de RELACAHUPAN Chile. Fundadora de HUM CHILE y miembro de la Coordinadora Nacional por los derechos del Nacimiento.
Evolución y reconciliación del parto humanizado
En momentos de alta tensión social y política, cuando el debate público se vuelve áspero y las posiciones parecen irreconciliables, vale la pena detenernos a observar con más perspectiva. Mirar la historia no para elegir culpables, sino para comprender procesos. El parto —un hecho íntimo, corporal y profundamente humano— no ha estado ajeno a estas tensiones. Por el contrario, se ha transformado, muchas veces sin quererlo, en un campo de batalla ideológico.
Durante los últimos 16 años hemos sido testigos de algo que rara vez se nombra: la historia del parto no es una historia de buenos y malos. Es una historia de respuestas humanas a contextos sociales, sanitarios y culturales muy distintos entre sí. Comprender esto es clave si queremos salir de la polarización y avanzar hacia una atención que haga justicia tanto a la evidencia como a las personas.
Cuando el sistema fue el héroe
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que institucionalizar el parto fue una decisión profundamente transformadora. La medicina y la matronería organizada salvaron vidas en un contexto de pobreza estructural, alta mortalidad materna y neonatal, infecciones prevenibles y ausencia de condiciones básicas de higiene.
El sistema de salud no nació para dominar el parto: nació para proteger la vida.
La profesionalización de la matronería, la incorporación de protocolos, la vigilancia clínica y la estandarización de prácticas fueron respuestas necesarias y legítimas a una realidad social crítica. Durante décadas, este modelo funcionó, evolucionó y se legitimó.
Pero todo éxito trae consigo nuevos desafíos. Con el tiempo, la intervención dejó de ser una herramienta excepcional y comenzó a normalizarse como estándar. La lógica del control, diseñada para escenarios de alto riesgo, empezó a aplicarse de manera generalizada, incluso allí donde la fisiología podía desplegarse sin obstáculos.
El grito de alerta
Cuando la intervención pasó de ser excepción a regla, emergió una voz crítica. La evidencia científica comenzó a mostrar con mayor claridad que no todo lo técnicamente posible era clínicamente necesario. Que intervenir sin indicación también tiene consecuencias. Que la fisiología no es una amenaza, sino un proceso complejo que requiere acompañamiento, no sustitución.
En 1985, la Declaración de Fortaleza de la OMS marcó un punto de inflexión al reconocer la sobre-medicalización del parto como un problema de salud pública. Paralelamente, muchas mujeres comenzaron a expresar algo que había permanecido silenciado: la pérdida de voz, de agencia, de protagonismo sobre sus propios cuerpos.
Cuando el diálogo se quebró
Fue en ese punto donde algo se rompió. El sistema, antes visto como protector, comenzó a ser leído como opresor. La medicina pasó de aliada a enemiga. Y el parto dejó de ser un espacio de cuidado para transformarse en una trinchera.
Cuando el diálogo se rompe, nadie gana. No ganan las mujeres, que quedan atrapadas entre discursos extremos. No ganan los equipos de salud, que trabajan bajo sospecha permanente. No gana el sistema, que pierde legitimidad y capacidad de transformación. La polarización simplificó una realidad que es, por definición, compleja.
Parir hoy: una realidad distinta
Hoy los nacimientos ocurren en un mundo muy diferente al de hace cincuenta años. Parimos con más sedentarismo, más enfermedades crónicas, mayor edad materna y mayor exposición a información. Pero también con más conciencia de derechos, más demanda de autonomía y, paradójicamente, más evidencia científica que nunca.
Negar cualquiera de estas dimensiones es un error. El desafío no es elegir entre sistema o mujeres, entre ciencia o experiencia, entre seguridad o autonomía. El verdadero desafío es integrar.
Reconciliar para avanzar
Tal vez la única manera de avanzar sea dejar de negar lo que cada etapa histórica nos enseñó.
- El sistema de salud no es el enemigo.
- La fisiología no es un riesgo.
- La autonomía no es desobediencia.
- La evidencia no es ideología
Humanizar el parto no es volver atrás ni romantizar el pasado. Es aprender de él. Es integrar lo mejor de cada momento histórico para responder, con sentido común y empatía, a la realidad actual.
Un llamado en tiempos de polarización
En un país tensionado por debates sobre derechos, rol del Estado y convivencia social, el parto puede ofrecernos una lección inesperada. Nos recuerda que cuidar la vida no es solo aplicar protocolos, sino también escuchar. Que avanzar no siempre significa acelerar, sino reconciliar.
Humanizar el parto es, en el fondo, un ejercicio democrático: reconocer al otro, validar trayectorias distintas y construir soluciones compartidas.
Porque humanizar el parto es reconciliar la ciencia con el cuidado, el sistema con las mujeres, la historia con el presente.


