Por:
Mirliana Ramírez Pereira
Académica Departamento de Enfermería. Senadora Universitaria. Universidad de Chile. Secretaria de Docencia e Investigación. Colegio de Enfermeras de Chile. Magister en Psicología Comunitaria. Doctora en Enfermería, dedicada a temas de Cuidado, Políticas Públicas y Sustentabilidad.
Beatriz Carrasco Díaz
Académica de la Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad Arturo Prat. Directora General de Postgrado. Colegio de Enfermeras de Chile. Magíster en Salud Familiar. Doctora en Ciencias de la Enfermería, con foco en cuidado y envejecimiento.
Carmen Gloria Navarrete Meneses
Enfermera Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales. Hospital Clínico Félix Bulnes. Secretaria de comunicaciones y RRPP Colegio de Enfermeras. Diplomada en Políticas Públicas; Gestión del cuidado en enfermería, Sindicalismo en Chile: paradigmas del siglo XXI.
Hasta el siglo XIX la enfermería se desarrolló como una práctica de carácter empírico, ligada a los roles de género, la caridad, la religión y la transmisión informal del saber. El cuidado era ejercido mayoritariamente por mujeres en el ámbito doméstico o en instituciones de carácter religioso, sin reconocimiento social ni respaldo científico. Predominaba una concepción moral del cuidado, centrada en la obediencia, el sacrificio y la vocación, más que en el conocimiento sistemático. De este modo, el trabajo de la enfermera/o fue invisibilizado desde sus orígenes, lo que limitó su desarrollo como disciplina y como campo de saber propio.
A mediados del siglo XIX, la enfermera inglesa Florence Nightingale introdujo una ruptura epistemológica al vincular el cuidado con la observación sistemática, la estadística, la higiene y la organización del entorno terapéutico. Nightingale sentó las bases de la profesionalización de la enfermería, impulsando la formación formal, la estandarización de prácticas y la responsabilidad ética frente a la salud de las personas y las comunidades.
La gestión del cuidado ha sido ampliamente reconocida como una función esencial y propia del profesional enfermera/o, sustentada tanto en marcos teóricos como en la práctica clínica. Epistemológicamente, la gestión del cuidado no equivale a administración general ni a coordinación logística. Es la aplicación del juicio profesional enfermero para valorar, planificar, priorizar riesgos, implementar intervenciones, evaluar resultados, asegurar continuidad y ajustar el plan de cuidados según la respuesta de la persona/familia /comunidad y ecosistema. Ontológicamente, el cuidado no se reduce a tareas, sino que constituye una relación ética y práctica que sostiene la vida, la dignidad y la continuidad. La gestión del cuidado, en esta lectura, es el mecanismo profesional que impide que el cuidado se fragmente en acciones aisladas.
La gestión del cuidado se define como un proceso estratégico y cognitivo propio de los enfermeros/as que integra administración, liderazgo clínico, estrategia, fundamentación teórica y toma de decisiones orientadas a garantizar calidad, continuidad e integralidad del cuidado. Su fundamento epistemológico emerge tanto de teorías propias de enfermería como de enfoques contemporáneos centrados en la persona, familia, comunidad y ecosistema.
Desde el punto de vista legal, el artículo 113 del Código Sanitario establece que:
Los servicios profesionales de la enfermera comprenden la gestión del cuidado en lo relativo a promoción, mantención y restauración de la salud, la prevención de enfermedades o lesiones, y la ejecución de acciones derivadas del diagnóstico y tratamiento médico y el deber de velar por la mejor administración de los recursos de asistencia para el paciente.
La literatura ha señalado de manera consistente que, aunque existen dimensiones administrativas y asistenciales, ambas son indisolubles en el ejercicio profesional de la enfermera/o. Además, se reconoce que el liderazgo, la toma de decisiones y la coordinación del equipo son competencias inherentes al rol de enfermero o enfermera gestora del cuidado.
Por otra parte, la discusión doctrinal, junto al uso y la costumbre en Chile, ha consolidado una interpretación institucional, incluida la lectura desde el ámbito regulatorio, que entiende la “gestión del cuidado” como la función que singulariza a la enfermería dentro del sistema sanitario, con efectos en delimitación de competencias y responsabilidad profesional.
Esta comprensión se ha materializado mediante manuales de cuidado, modelos y normas de organización del trabajo de enfermería, así como en estructuras institucionales y organigramas que incorporan la figura de subdirecciones o unidades de gestión del cuidado. Ello da cuenta de que, para el Estado, no se trata de una actividad informal, sino de una función organizadora central del cuidado en los sistemas de salud.
Reconocer la gestión del cuidado como una función propia de la enfermería exige, además, una mirada crítica sobre las estructuras de poder que configuran el campo de la salud. Desde la teoría crítica y los feminismos, la distribución del cuidado ha sido históricamente una expresión del orden patriarcal, en el que las tareas asociadas a la reproducción y sostén de la vida han sido delegadas a mujeres, frecuentemente invisibilizadas y mal remuneradas. La enfermería, como profesión altamente feminizada, ha encarnado esta contradicción: central en la práctica sanitaria, pero subordinada en los discursos hegemónicos del poder médico.
Tal como ha sido descrito en análisis críticos del trabajo del cuidado y de las profesiones feminizadas, ampliar la “gestión del cuidado” a otras profesiones sin reconocer la especificidad epistemológica y política de la enfermería puede convertirse en una nueva forma de colonización simbólica: la captura de funciones históricamente desarrolladas por mujeres, ahora legitimadas solo cuando se inscriben en el marco del saber biomédico dominante. El riesgo no reside en la interdisciplina, deseable y necesaria, sino en que dicha ampliación diluya responsabilidades estructurales y erosione la autoridad clínica de quienes han sostenido el cuidado en condiciones de desigualdad.
Además, la feminización de la enfermería tiene implicancias de género, de clase, raza y territorio. Las enfermeras en Chile y en América Latina enfrentan múltiples desigualdades dentro del propio sistema de salud, y su exclusión de los espacios donde se toman decisiones sobre el cuidado contribuye a perpetuar relaciones jerárquicas y extractivas.
Por ello, afirmar que la gestión del cuidado debe seguir siendo una función propia del profesional de enfermería no constituye un acto corporativo, sino una defensa política del derecho a un cuidado digno, seguro y continuo; implica reconocer que el cuidado no es neutro, ni espontáneo, ni intercambiable, sino que es una práctica situada, con historia, saber y responsabilidad profesional. Y esa responsabilidad no puede diluirse en nombre de una falsa horizontalidad que termina desprotegiendo, una vez más, a quienes cuidan y a quienes necesitan cuidado.
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