Por Eduardo Contreras Villablanca12
—…¿Se da algún nombre al sol de la Tierra?
—Se le dieron varios nombres diferentes. Me imagino
que deba haber uno en cada idioma.
—Siempre me olvido de que había muchos idiomas en la Tierra.
ISAAC ASIMOV, Fundación y Tierra.
I
Al cabo de tanta espera la fortuna por fin le sonreía a Santiago. A ratos su cortejo había sido desesperado, sólo que «a quiet desperation is the english way», como decían los Pink Floyd, su grupo favorito. Santiago había logrado ocultar su obsesión por Susana, y quizás esa era la causa de los magros resultados. Hasta ese día. Pero a esa cita en el pub del mejor Hotel del centro, llegó decidido. Luego de la tabla de quesos y el Carmenère, fue acercando su silla a la de ella. Después de la tercera copa decidió que ya no quería jugar más el rol de confidente–amigo–preocupado del «qué dirán», y tomó las manos de Susana entre las suyas para besarlas. No hubo rechazo, así que continuó acariciando el hombro que la polera sin mangas dejaba al descubierto. Luego, de forma natural, su mano se deslizó hacia el cuello de la chica, acarició su nuca y la atrajo hacia él para darle un beso ante las miradas de reojo de los restantes comensales del bar.
—¿Qué estamos haciendo, Santiago? —preguntó ella.
—Lo que hace por lo menos dos años deberíamos haber comenzado a hacer, ¿o no? —respondió él.
Ahora fue Susana la que atrajo a Santiago hacia sí para besarlo hasta dejarlo casi sin respiración, luego lo soltó diciendo:
—¿Te digo una cosa?, pensé que esto nunca iba a pasar.
—¿No te diste cuenta de que me gustabas?
—Es que siempre todo lo dices en broma… pensé que te caía bien, y que me querías, pero no entendía por qué no tomabas la iniciativa, se supone que eso le corresponde al hombre.
Él la miró sonriendo y retrucó:
—Ojalá el movimiento feminista proponga terminar con eso, los tímidos anhelamos un mundo en que las mujeres toman la iniciativa —Le dio otro beso, esta vez corto y suave—. Pero en todo caso, debo decirte que algo que me cortó siempre, en las tantas veces que hemos salido juntos, es que no dejabas de hablar de tus parejas, enamorados o de los minos que te gustaban.
—No entiendes nada de las mujeres —dijo ella arreglando un bucle de su pelo con coquetería.
Santiago alzó una ceja y le dijo:
—¿Lo hacías para provocarme celos?
—¿Qué crees tú?
Pensó que la asertividad se puede evaporar cuando el calor del amor nubla las entendederas. Pero ahora sí tenía un oasis para capear la mala racha: dos meses virtualmente cesante, la empresa que le había costado años construir al borde de la quiebra, su buen socio Alberto involucrado en uno de los múltiples escándalos de corrupción del momento, varios contratos de la empresa investigados por el ministro en visita, los clientes huyendo a la despavorida, sin que faltaran entre ellos los frescos que aprovechaban de no pagar diseños de ingeniería que habían sido limpiamente ejecutados.
Alberto le había asegurado que no existía riesgo, que hasta el presidente estaba avalando las operaciones, y que al fin y al cabo todo era por un motivo trascendente, financiar al partido más progresista de la coalición para que la derecha no se las llevara tan fácil: «Si es lo mismo que hacen ellos, los empresarios pasan miles de millones para las campañas de la derecha, ¿qué hay de malo en que nos asignen contratos y a cambio devolvamos parte de la ganancia al partido?».
No parecía tan malo, sólo que ahora ya no tenía casa. Fue lo primero que sacrificó para costear honorarios del equipo cuando dejaron de pagarles varios proyectos, justamente por una de esas empresas que financiaban al bando rival. Luego de seis meses de agonía le quedaba sólo el auto, lo había conservado contra viento y marea, de otra forma se le habría complicado encontrarse con Susana.
Pero nada de eso importaba ahora que estaba más cerca que nunca de Susana. Él se puso serio, y acarició su breve barba de chivo para decir:
—Ya que estamos en el mejor hotel del centro, ¿por qué no celebramos el fin del desencuentro como corresponde?
—¡Ah!, ¡de pronto te pusiste rápido! —Ella rio haciendo relucir sus blanquísimos dientes.
—Olvídate del tiempo, déjate llevar por el aquí y el ahora.
—Entre el aquí y el ahora cabe una eternidad… dicen.
—Veamos.
Santiago se levantó de su asiento y le tendió la mano a Susana invitándola a salir del pub.
II
Zark se levantó de su puesto de observación con el rostro ensombrecido por la duda. ¿Se estaría gestando un accidente astral en Alfa?
Caminó hacia la sala de archivos, se sentó en un cojín que flotaba suspendido al nivel de sus rodillas, inclinó el cuerpo hacia la pantalla y se concentró en una de las cuatro dimensiones del espacio tiempo, aquella donde aún subsistía uno de los planetas salvajes, ese que en el Sistema Universal denominaban Alfa. Las imágenes le provocaron esa mezcla de ternura y asco que los humanos le generaban a los galácticos. Escuchó el relato articulado por la voz monocorde de los archivos del sistema integrado de conocimiento.
«Alfa es uno de los experimentos aún vigentes del sistema, uno de los diez planetas poblados por humanos originarios: clase espectral G 2, diámetro 1,4 millones de kilómetros, rotación lenta, de un poco más de treinta días, un sol similar al de la Tierra. Sus habitantes, al igual que aquellos de los otros nueve ensayos que aún subsisten, creen ser naturales de “La” Tierra. La principal diferencia de Alfa con respecto a los otros, es que sus habitantes han tenido más contactos y han recibido más información desde el sistema galáctico en etapas ya avanzadas de su evolución. Comparten con el resto de los planetas salvajes intervenidos por el experimento Daniel – Fallom, la inveterada tendencia a la autodestrucción, no obstante, han mostrado avances más rápidos que otros planetas con los que el sistema ha tenido menos contactos».
Suficiente información. Era necesario convocar a un Consejo de Centinelas. Los Centinelas se enorgullecían de ser los más diligentes dentro de las categorías de los robo-humanos. La responsabilidad de la estabilidad del sistema recaía en buena medida en ellos.
Como buen Centinela, Zark había recibido alguna vez información sobre Alfa – Tierra. Hasta ese momento nunca su vigilancia se había visto alterada por un accidente de los planetas salvajes, los que parecían evolucionar como buenos semilleros para futuras fusiones humano robóticas, de acuerdo al plan de Daniel – Fallom. Los incidentes que conocía en sus tres siglos de vigilancia, siempre provenían de las esporádicas revueltas de los sub robóticos Tiks Toks que aún pululaban ocultos en algunos planetas.
Los galácticos consideraban que los experimentos de viveros en los planetas salvajes eran una especie de seguro contra imprevistos, significaban la posibilidad de recrear la evolución desde sus orígenes: hombres que luego bajo ciertas condiciones podrían crear robots calvinistas, más tarde hombres emigrantes de su planeta madre dando origen a colonias, y luego robo – humanos, o ciborgs, el punto más avanzado del desarrollo de la inteligencia.
Los hombres salvajes conservados en los planetas experimentales inspiraban la ternura por lo ancestral, el origen de la existencia galáctica. Pero simbolizaban a la vez la barbarie, la insensatez por la cual todos y cada uno de los eslabones de la cadena habían estado alguna vez a punto de desaparecer. Ese potencial de daño hacía particularmente relevante el accidente que se estaba gestando en Alfa.
III
Susana se secaba el pelo en el baño del hotel, mientras escuchaba a Santiago cantar en la habitación. Había sido mejor de lo que pensaba. Con esto quizás podría comenzar a enterrar los recuerdos de su ex pareja, que tras siete años con ella había embarazado a una desconocida en una fiesta, quebrándole la fe en el amor. Presentía que esta vez comenzaba algo distinto.
—Susana… —dijo Santiago, tomando asiento en la cama para luego quedarse callado.
—¿Sí?
—Me cuesta decir lo que te voy a decir… ¡Uf!
—No me vayas a decir que me amas —dijo ella haciendo un mohín.
—¿Y si te lo dijera?
—No te creería. El amor no existe —se había puesto seria.
—¿Cómo puedes decir eso? Una cosa es que no lo sientas, y otra muy distinta es que no exista.
—¿Qué es el amor? ¿Decirte que quiero estar contigo para toda la vida?
—No, eso es una huevada.
—¿Qué es entonces?
—Sentirlo…, el amor hay que sentirlo, puede que una forma de expresarlo sea decir «quiero estar contigo para toda la vida», pero no me parece la más atinada.
—Insisto, ¿qué es amar? ¿Sentir qué? ¿Qué te mueres por el otro? ¿Qué harías cualquier cosa por que el otro sea feliz? No quiero eso.
—Tienes razón, el amor no puede ser eso.
—¿Qué es entonces?
—Es muy pronto para que nos preocupemos. Ven acuéstate aquí, sácate esa toalla…
IV
La sesión del Consejo de Centinelas se inició con la asistencia de sus veinte miembros. El quórum era de quince, pero a la voz de un accidente en Alfa los consejeros habían acudido en pleno.
Torn Kaisek tomó la palabra, con una voz potente avalada por sus más de dos metros de estatura.
—Bien, el accidente que Zark acaba de detectar es grave. No es primera vez que un grupo dominante en uno de los planetas salvajes desata una guerra, pero esta vez es en Alfa. A diferencia de los conflictos anteriores de ese planeta y los otros nueve experimentos, esta vez no hay un contrapoder real en ese mundo, y ni siquiera existe un grupo oponente en ciernes, lo que probablemente significará el fin del experimento, por el riesgo que podría implicar para la galaxia la consolidación de un planeta guerrero. Hari Condator, el menor de los centinelas —debía rondar los cuatrocientos años— interrumpió lanzando un fino rayo láser desde su índice hacia el techo abovedado de cristal, para llamar la atención sobre sí:
—Supongo que con «fin del experimento» no aludes a algo tan drástico como eliminar a los salvajes.
—Temo que sí —contestó Torn— ya que por ser este el planeta salvaje más evolucionado, ya cuentan con naves espaciales, de corto alcance es cierto, pero tienen el potencial tecnológico, justamente en el grupo dominante, para comenzar a expandirse. La contaminación de esta especie degenerada podría alcanzar principalmente a uno de los otros nueve experimentos.
Zark creyó oportuno intervenir, apoyado en la preponderancia que le daba ser el descubridor del accidente.
—Disculpen, pero entiendo que este es el planeta en el que más hemos intervenido para reproducir el entorno de la Tierra originaria. Incluso un antepasado mío estuvo allí hace unos siglos, e impidió una degeneración transmitiendo una versión simplificada de las Leyes Reformuladas de Daniel – Fallom. Entiendo que los alfa – terrícolas aún adoran a ese antepasado y le llaman el Nazareno o el Galileo
—Zark, todos los planetas salvajes del experimento han sido intervenidos más de una vez —acotó Hari Condator— y lamento decir que, en este caso, el accidente que acaban de provocar, tiene consecuencias que no guardan proporción con la preocupación que hemos mostrado por ellos. En esta última guerra, la destrucción de tesoros culturales resulta sólo comparable a la que hace diez y seis siglos ellos mismos provocaron con el incendio de la Biblioteca de Alejandría, que a esa fecha sintetizaba lo mejor de la evolución de ese experimento. Esta vez destruyeron las bases de la escritura y de la legislación vigente en ese planeta: desapareció el Código de Hammurabi que…
—Sí Hari —interrumpió Zark—, pero en el caso de la intervención del robo – humano Galileo, el cambio inducido perduró hasta la fecha. Más allá de lo que esté ocurriendo ahora, la intervención que generamos en ese momento cambió un estado que era crítico y lo revirtió. Investigué antes de venir al consejo: la situación era similar a la que les afecta ahora, había un imperio dominante, la barbarie campeaba dentro y fuera de la civilización romana, la autodestrucción se imponía…
—Error —interrumpió Torn—, lo que nos relatas es la versión de la casta dominante de ese momento en Alfa Tierra. Esa casta imperó de tal forma que aun a nosotros nos llega información parcelada de esos acontecimientos. El Nazareno, a quien posteriormente llamaron Jesús, fue un emisario que intervino en la zona más conflictiva y degenerada de ese momento, era necesario hacerlo por precaución, pero analizando objetivamente, hay que decir que fuera de ese imperio, que fue el objeto de su misión, ya existían dos nuevas civilizaciones emergiendo en Alfa: la china y la olmeca.
—¿Qué diferencia hace eso Torn? —preguntó Hari.
—Que la solución a la autodestrucción podía provenir de los propios salvajes, ya que tenían alternativas de evolución. En etapas posteriores de su historia también enfrentaron grandes crisis, pero contaban al menos con proyectos para evitar la debacle, en algún momento religiones y luego ideologías. Ya no tienen nada de eso. El Nazareno no hizo más que darles un atajo. La prueba de que desaprovecharon esa intervención, está en que sus autoproclamados seguidores tergiversaron el mensaje y se aprovecharon del poder que emanaba de su imagen para predicar justamente lo contrario a las recomendaciones de nuestro emisario. Algunos de los peores episodios de ese planeta provienen de las secuelas imprevistas de esa intervención. ¿Sabes que el accidente que detectaste, porque yo también me informé bien antes de este consejo, lo justificó la nación dominante en nombre de Dios?
—¿Qué cosa es Dios? —preguntaron varios consejeros a coro.
—Veo que no están muy al tanto de la prehistoria. Bueno, en todos los planetas bárbaros, incluso en la desaparecida madre Tierra, los salvajes adoran entes, muchos de ellos inspirados inconscientemente por nosotros. Alfa no es la excepción, después de reverenciar a una multiplicidad de sujetos imaginarios, demasiado parecidos a los propios bárbaros, se dieron cuenta de que les daba más seguridad adorar a uno sólo. Pues bien, optaron por pensar que nuestro Nazareno-Galileo era el enviado de ese ser único, en nombre del cual el grupo hoy dominante, al que ellos llaman los anglosajones, desató la guerra en contra de otros, los llamados islámicos ¡que dicen adorar al mismo ente único! ¿Se dan cuenta de la perversión a la que ha llegado este experimento? ¿Qué cosa sino eso es la autodestrucción?
—Un momento Torn —intervino Hari—, sabemos de sobra que los planetas salvajes se debaten en perpetuas guerras, ¿por qué esta debe significar el fin de uno de nuestros semilleros?
En ese momento alzó la voz Zeuz, el más anciano de los consejeros.
—Estimados, no me queda más alternativa que estar de acuerdo con Torn, él ya lo dijo, lo que de aquí surja no puede ser ya el prototipo que buscamos para reconstruir en nuestras incubadoras Un grupo bárbaro dominó por primera vez a todo el planeta sin contrapeso, el único que podrían tener es el de los asiáticos, pero esos equilibran solo en poderío económico, no en el militar. Y la inspiración de estos bárbaros anglosajones no es precisamente la Ley cuatro: del amor, ya no hablemos de los diez mandamientos ni de las tres Leyes de la robótica de Daneel – Olivaw. Y todo esto en el experimento que más hemos intervenido, el único que podría tener conciencia de la existencia del Sistema Universal y de la vigencia de algunas de nuestras Leyes. Yo en lo personal creo que debemos abortarlo, en ninguno de los otros planetas hemos arriesgado tanto contra tan magros resultados. Sugiero que nos retiremos a procesar todos los datos disponibles y que votemos con plena información.
V
Santiago conducía su automóvil. Más bien el de su empresa. Recordó la debacle de las coimas, sobresueldos, fraudes al fisco y procesamientos varios. ¿Qué importaba todo de eso ahora?, tenía a Susana que dormía plácidamente a su lado mientras él manejaba hacia la casa de los padres de la chica. ¿Los futuros suegros?
¿Por qué no se atrevió antes a decirle a Susana que la amaba? No había sido de esos amores a primera vista. Las putas cárceles verbales, tantas murallas para hacer rebotar las palabras de amor. Un amigo le había dicho: el amor es vulnerabilidad, cuando dices «te amo» te entregas en pelotas, cualquiera te puede hacer daño, te quedas sin defensas, es como decir «haz lo que quieras conmigo»… así se iban levantando las murallas… esa forma de ver las cosas no le ayudaba a encontrar la definición del amor que ella le pedía. Detuvo el auto y la despertó.
—Preciosa, despierte, ya llegamos a su casa. Mañana la paso a buscar temprano, ¿le parece?
—Santiago… ha sido una noche maravillosa, por supuesto que te estaré esperando.
Susana bajó del auto y caminó hacia su casa. Permaneció en la entrada un rato, mirándolo, con una mano apoyada en la reja y moviendo la otra en señal de despedida. Santiago le correspondió con una sonrisa que se distinguía a pesar de su barba de candado.
Ella subió la escalera hacia su habitación en el segundo piso. Se sentó frente al escritorio y sacó un diario de vida. Sus amigas le habían dicho que en la época de Internet y redes sociales eso era un anacronismo, pera ella prefería el papel y lápiz en algunos casos. Escribió: «Siento una felicidad que no sé con qué comparar. Quizás sólo con aquel primer beso de mi primo Roni, cuando fuimos con toda la familia de vacaciones a Viña, hace por lo menos veinte años. Y ahora Santiago, que insiste en hablarme del amor, cuando ya me creía operada de esos mitos. No Susana, no seas débil, jamás caer de nuevo en esa cursilería, si acaso existe el aquí y el ahora, y eso puede traer instantes de felicidad, sólo eso… ¿o no?».
VI
El consejo acudió puntual a la cita. Por primera vez en la historia de los galácticos se discutía la eliminación de una muestra del experimento. Todos sabían que no habría dolor, la primera Ley de la robótica no lo permitiría. Además, la quinta Ley era inviolable por su esencia, las cuatro primeras leyes se supeditan a la quinta: «debe eliminarse todo aquello que atente contra la supervivencia del sistema galáctico».
Ellos eran responsables del Sistema Universal. La contaminación bárbara proveniente de Alfa amenazaba con destruir a los otros semilleros. Sin ellos no habría posibilidad de regenerar el ciclo frente a cualquier imprevisto que pudiese afectar a los galácticos. Sin embargo, la Ley cuatro, del amor, parecía desconectada de las otras, ¿qué papel debía jugar esa Ley en una decisión como esta?
Zark se seguía cuestionando. Una vieja frase de un documento alfa terrícola rescatado en los museos lo perseguía, la frase decía algo así como «a su imagen y semejanza». Los humanos habían sido el origen, luego del colapso de la madre Tierra, el imperio galáctico «terraformó» algunos planetas, buscando reproducir la Tierra original. Después habían iniciado en esos lugares las incubadoras, para reproducir la creación original a imagen y semejanza del planeta madre demiurgo de la galaxia.
¿No había una contradicción en todo? ¿A la imagen y semejanza de quién? Si los salvajes eran el origen ¿eran los galácticos imagen y semejanza de los humanos? ¿Las cinco Leyes…eran intrínsecamente humanas después de todo? ¿Cómo se compatibilizaba todo con la cuarta Ley? La Ley del amor…
Las dudas de Zark, y las de otros ocho Centinelas, sólo sirvieron para que la votación no fuese unánime: por once votos contra nueve el consejo decidió acelerar la implosión del sistema G2 —Alfa Tierra incluida— hacia un punto sin masa y de energía infinita, un agujero negro presto a eclosionar nuevamente en un Big Bang, si el azar así lo disponía.
VII
Santiago se alejó en al auto sin dejar de mirar la casa de Susana a través del espejo retrovisor. La vio cerrar la reja y caminar hacia la puerta de la casa, finalmente la perdió de vista. ¿Sería una nueva etapa de su vida que comenzaba? Quiso pensar que sí.
Aceleró pensando en las pocas horas que le restaban para dormir. Al día siguiente tenía una entrevista de trabajo, quizás estaba de racha y también le resultaba eso. Condujo un largo trecho sin dejar de sonreír. Cuando estaba a un par de cuadras de su casa, ella ya cerraba su diario de vida para dormir.
No alcanzó a estacionar. Una inmensa luz lo deslumbró y lo último que su conciencia almacenó fue la visión de estar a la entrada de un gran embudo de oscilantes paredes multicolores, un agujero que lo absorbía con una fuerza que alguna parte de su subconsciente reconoció como algo remotamente familiar.
- Eduardo Contreras Villablanca: Nació en 1964 en Chillán, Chile. Vivió en el exilio entre 1973 y 1983. Estudió ingeniería en la Universidad de Chile y participó en el movimiento estudiantil contra la dictadura entre 1984 y 1990. Es profesor de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile desde 1996. Miembro del taller literario del escritor Poli Délano desde el año 2007. Luego de la muerte del maestro y escritor, en agosto del año 2017, asume la dirección de ese Taller, hasta la fecha. Es miembro de corporación “Letras de Chile”, y de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH). Ha publicado cuatro novelas (la más reciente Estación Yungay, en coautoría con Cecilia Aravena Zúñiga, Espora – Rhinoceros, 2020) y cuatro libros de cuentos (el más reciente ¿Veremos el sol mañana? Espora, 2024). Más de treinta de sus cuentos y otros tantos microcuentos han sido incluidos en diversas revistas y antologías. También publica reseñas y críticas de libros en revistas digitales y en el periódico electrónico El Mostrador. ↩︎
- Publicado originalmente en el libro “Investigando humanos, y otros cuentos para el fin del mundo”, de Eduardo Contreras Villablanca y Cecilia Aravena Zúñiga. Editorial Espora, 2020. ↩︎

