Por Felipe Valdebenito Leiva
Periodista, cientista social y habitante del Wallmapu
La crisis de la oposición chilena no es solamente una crisis de liderazgo. Tampoco es únicamente una crisis comunicacional o electoral. Lo que comienza a evidenciarse con mayor claridad es algo más profundo: una crisis de imaginación política.
Durante los últimos años, gran parte de la oposición ha terminado reduciendo la política a gestión institucional, administración local y posicionamiento discursivo. Abundan los liderazgos municipales, las figuras con buena evaluación en sus territorios, las vocerías en redes sociales y los cuadros capaces de disputar espacios parlamentarios o mediáticos. Pero escasea algo mucho más importante: una fuerza capaz de proponer un horizonte histórico para Chile.
Quizás el problema central es que la oposición dejó de pensar el país desde las condiciones materiales de las grandes mayorías y comenzó a pensar la política desde los espacios que hoy habita. Y esos espacios son, principalmente, institucionales, universitarios, profesionales y urbanos. Son sectores medios relativamente integrados al funcionamiento del modelo, alejados muchas veces de la precariedad cotidiana desde donde emergen realmente las demandas sociales más profundas del país.
Por eso cuesta encontrar en la oposición actual una conversación seria sobre desarrollo, soberanía económica, productividad, industrialización, trabajo, tecnología o modelo de sociedad. Existe crítica al Neoliberalismo, pero no una alternativa clara al orden existente. Existe denuncia de los abusos, pero no una propuesta de reorganización histórica del país. Existe sensibilidad moral frente a las desigualdades, pero no una visión estratégica de futuro.
En ese vacío aparece con fuerza una idea desarrollada por el filósofo británico Mark Fisher en Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?: la incapacidad contemporánea de imaginar alternativas al capitalismo como sistema dominante. Fisher sostiene que el capitalismo ha logrado algo más profundo que el control económico: ha colonizado la imaginación política y cultural de nuestra sociedad, de las izquierdas o fuerzas progresistas. El sistema ya no necesita convencer a las personas de qué es bueno; basta con instalar la sensación de que no existe otra posibilidad viable.
Algo de eso parece ocurrir hoy con sectores importantes de la oposición chilena. Incluso quienes critican el modelo aceptan de antemano los límites que este impone. Se puede administrar mejor, corregir excesos, ampliar derechos o humanizar ciertas condiciones, pero cuesta encontrar una disposición real a discutir otro proyecto civilizatorio para Chile y sus pueblos.
Y quizás lo más llamativo es la incomodidad que genera cualquier experiencia internacional que intente disputar el consenso neoliberal desde modelos distintos de desarrollo. China, Vietnam, incluso algunos procesos latinoamericanos recientes como México y Brasil son observados muchas veces desde una distancia defensiva o moralizante, como si pensar alternativas económicas o estratégicas distintas implicara inmediatamente una amenaza para la identidad democrática propia. No se trata de copiar modelos extranjeros ni de idealizar procesos ajenos, sino de constatar que la oposición chilena parece haber renunciado incluso al ejercicio intelectual de imaginar caminos diferentes.
El resultado es una política atrapada en el corto plazo, donde administrar parece más importante que conducir y donde la gestión reemplaza al proyecto histórico. Muchos liderazgos prefieren permanecer en sus espacios locales antes que asumir el riesgo de construir una conducción nacional. Y eso no es casual. La política contemporánea premia la moderación, el control comunicacional y la administración eficiente, pero castiga la imaginación estratégica, el conflicto ideológico y la voluntad transformadora.
El problema es que una fuerza política que deja de imaginar el futuro termina inevitablemente administrando el presente diseñado por otros.
Quizás esa sea hoy la principal fragilidad de la oposición chilena: No haber logrado construir una idea de país capaz de disputar el sentido común dominante. Porque las sociedades no se transforman solamente con diagnósticos correctos o superioridad moral. También necesitan horizontes, relatos y proyectos que permitan pensar que otra realidad es posible.
La pregunta de fondo, entonces, no es solamente quién gobernará Chile en los próximos años. La pregunta es mucho más inquietante: ¿qué sector político es todavía capaz de imaginar el futuro?

