Descentrados Chile

Transición sí, pero no así: Desafíos y perspectivas para transiciones socioecológicas justas.

Estromatolitos de Tierra del Fuego. Fotografía de María Paz Aedo.

Por María Paz Aedo
Socióloga de la Universidad de Chile. Doctora en Educación, Máster en Humanidades Ecológicas, Sustentabilidad y Transición Ecosocial de la U. Politécnica de Valencia y la U. Autónoma de Madrid. Docente invitada del Doctorado en Artes y Educación de la Universidad de Barcelona. Sus áreas de trabajo son: género, afectos y ecología política, desde donde ha realizado actividades de formación, investigación y consultoría en el sector público, universidades, fundaciones y organizaciones sociales. Es socia fundadora del Centro de Análisis Socioambiental – (CASA).

La imagen tal vez nos resulte familiar: un camino sinuoso entre valles y montañas, un verdor que parece desafiar la crisis hídrica, el mar a lo lejos, sonidos de pájaros y mucho, mucho viento. En el extremo opuesto, un camino recto, un paisaje donde sólo el jaspeado de los cerros nos parece indicar que algo avanzamos, y mucho, mucho sol. Estos paisajes son lo que en el marco de la transición energética se consideran los nuevos “polos de desarrollo”, territorios definidos por su potencial para satisfacer la demanda nacional y global de energía y materiales. Más precisamente: la demanda de energía eólica y solar, y de los llamados “minerales para la transición”, como el litio, por su capacidad de almacenar energía; y el cobre, por su capacidad de transmitirla.

Para quienes habitamos Chile, estas imágenes del viento y del sol seguramente nos remiten a los territorios del sur y el norte del país. Y junto con ellas, podemos traer a la memoria lo que históricamente ha sucedido con los grandes proyectos de energía y explotación de “materias primas”, como llama el mercado, o de territorios, ecosistemas, comunidades humanas y no humanas, como sería más pertinente decir. En el norte, “zonas de sacrificio”, minería a cielo abierto, contaminación de ríos y del borde costero, termoeléctricas, episodios críticos de contaminación, cáncer, enfermedades respiratorias, sueldos millonarios para unos y miserables para otros, subcontratos, pobreza y desigualdad. En el sur, pérdida de biodiversidad, desplazamiento de comunidades, sequía provocada por monocultivos, uso intensivo de fertilizantes y pesticidas químicos, enfermedades genéticas por el uso de estos agrotóxicos, incendios, empleos precarios, concentración de la riqueza, más pobreza y más desigualdad.

Hasta aquí, nada que no haya sido dicho y documentado hasta el cansancio en múltiples investigaciones, columnas, documentales, artículos científicos y redes sociales. Cabría esperar entonces que la creación de nuevos “polos de desarrollo”, junto a los compromisos de descarbonización y las promesas de una “transición socioecológica justa”, contribuyeran a revertir las tendencias históricas de la sobreexplotación. Sin embargo, las iniciativas para la producción de nuevos energéticos y minerales “para la transición”, impulsadas por la fuerte demanda global, siguen orientadas por los mismos criterios que los megaproyectos convencionales: maximización de ganancias, ventanas de oportunidad, posicionamiento en los mercados, reducción de costos.  Esto se traduce en grandes complejos industriales eólicos, solares y próximamente, de hidrógeno verde, que generan transformaciones drásticas en los ecosistemas y territorios donde se instalan.

Con justa razón, las comunidades donde potencialmente se instalarán o ya se están instalando estos proyectos, se preguntan qué tan “verdes” son. Y es que temen que la promesa de bienestar que aparejan sea, como siempre, rota. Que los costos en sus cuerpos y territorios sean mayores que los beneficios. Y que los beneficios, también como siempre, queden fuera de su alcance, apenas reconocibles en las acciones que el mercado financiero se encarga de subir y bajar. Muy concretamente, se puede vivir al lado de un aerogenerador sin acceso a la energía eléctrica, con el sol intermitente por el movimiento de aspas.

El argumento que se esgrime desde la política pública global para la promoción de estos proyectos es la “solidaridad”. Que en el escenario de la crisis climática -que sólo fundamentalistas ultraconservadores y conspiranoicos se atreven a negar- es preciso que todos aportemos a reducir las emisiones de carbono y, por tanto, evitar la temida alza de 2°C globales, que volverían inviable no sólo a nuestra especie sino a buena parte de las formas de vida en el planeta. Frente a este desafío global, nos dice esta narrativa, no hay que ponerse detallista (¿qué importan unos pocos pájaros muertos por aspas de aerogeneradores?); y que los países que cuentan con los insumos necesarios para la transición no sólo debieran cooperar, sino reconocer en estos insumos una nueva oportunidad de negocios y desarrollo (por supuesto, sinónimos).

Resulta poco respetuoso, por decirlo de forma elegante, que los países del Norte global, principales consumidores de energía y materiales y por tanto, los principales responsables de las emisiones de gases de efecto invernadero, sostengan esta narrativa de la “solidaridad” para decir que los territorios proveedores de insumos, históricamente subordinados, menos responsables de las emisiones y más afectados por los impactos del cambio climático, deban seguir manteniendo estas relaciones dependientes, esta vez en aras de la descarbonización. Esta narrativa permea no sólo las relaciones Norte-Sur, sino también centro-periferia. Al interior de los países, desde los centros urbanos también se habla de “solidaridad” para decir que las regiones productoras deben seguir proveyendo insumos, ahora “verdes”, para satisfacer la demanda sostenida y siempre creciente de las ciudades.

¿Es “solidario” pedirle al microbiota, a las aves, a los ecosistemas terrestres y costeros, a las cuencas hídricas, a las comunidades originarias, que sacrifiquen sus modos de existencia? ¿Para que la industria automotora china y estadounidense pueda fabricar vehículos eléctricos y abastecer la demanda de los consumidores en países nórdicos? (De hecho, es en esos países donde se concentra la demanda de autos eléctricos). ¿O para que la industria de la tecnología pueda fabricar y vender computadores y teléfonos móviles con una obsolescencia programada de un año o insulso, unos pocos meses? (De hecho, cada uno de nosotros lleva un fragmento del Salar de Atacama y de Kolwesi, República Democrática del Congo en su bolsillo; y es sobre esos fragmentos que escribo y que estás leyendo esta columna).

En un planeta complejo, donde las relaciones de interdependencia son precisamente, las que hacen posible nuestra y todas las formas de existencia, en cada “detalle” está la totalidad. No hay nada que sobre, nada que importe menos. La solidaridad no es un movimiento desde abajo hacia arriba, de los que menos tienen a los que siempre quieren más, ahora que la civilización está en crisis. Eso no es solidaridad, es aprovechamiento disfrazado de oportunidad de negocio, es colonización, es la eterna búsqueda de El Dorado en una economía basada en la insaciabilidad.

Cuando hablamos de la necesidad de unas economías otras y de unas transiciones socioecológicas justas, hablamos de la necesidad de salir de esta narrativa y poner en cuestión la idea de crecimiento sostenido como sinónimo de progreso. 70 años después de la Gran Aceleración, momento en que todos los indicadores biofísicos y socioeconómicos se han disparado hasta el punto de la crisis múltiple actual, somos testigos de que el crecimiento puede traer ventajas para algunos sectores, pero miseria para la mayoría, al punto de poner en riesgo nuestra propia viabilidad como especie. Neymar tomando un avión de pasajeros para él solo, porque puede pagarlo, es un ejemplo claro de la absurda concentración de la riqueza y las irresponsabilidades que genera la lógica del crecimiento. Si es tan grave la crisis energética y tan importante la reducción de emisiones, ¿por qué hay superricos que pueden tomar aviones privados y emitir, en un solo vuelo, el equivalente a las emisiones de una persona en un país productor de esos insumos en 30 años?

La romantización del deseo por objetos transitorios, por “experiencias” como el viaje, la fast fashion, el automóvil de lujo, propia del modelo hegemónico, es inviable en un planeta limitado. Y desde una perspectiva más ecocéntrica, no sólo es inviable, sino que evidencia una desconexión muy profunda de lo que somos y hace posible no sólo nuestra, sino toda forma de existencia: la ecodependencia, la influencia recíproca. Los vientos llevan fertilizantes del Sahara a la Amazonía. Las mareas siguen a la luna. Enormes redes subterráneas de hongos transportan información química por los bosques, del mismo modo que los neurotransmisores lo hacen en nuestro propio organismo.  La microbiota de nuestro intestino entrega información al sistema inmunológico. Nada es trivial y todas las fronteras son difusas, en una malla inconmensurable y por lo mismo, admirable y hermosa, de relaciones.

Unas economías otras, que pongan al centro las relaciones de ecodependencia e influencia recíproca, ofrecen la posibilidad de extender la solidaridad a los cuidados dentro y fuera de nuestra especie. Reconociendo que todo lo existente requiere insumos para vivir y que todo lo que tomamos afecta a otros, humanos y no humanos, tenemos la potencialidad de organizar nuestro metabolismo colectivo y nuestra economía, de la forma más ética, situada y cuidadosa posible. Sobre esta base, si necesitamos energía, necesitamos saber para qué y para qué funciones se requiere; cuáles son los costos, cuáles los insumos y cuáles los desechos. Y en el mejor caso, cómo la generación de energía puede ser también una oportunidad para la reutilización de desechos orgánicos, como ocurre con los biodigestores.

Entonces, ¿para qué y para quiénes es la energía y los minerales? ¿Es para cocinar? ¿Refrigerar alimentos? ¿Climatizar el hogar? ¿Lavar la ropa? ¿Dializarse, conectar respiradores? Si esas son las prioridades, existen múltiples iniciativas de energías comunitarias y comunidades energéticas que están llevando a cabo procesos de generación y distribución de energía a escala local. No se trata de experiencias generalizables ni pretenden serlo. Son más bien inspiraciones, posibilidades de resolver el problema de la demanda energética y la construcción de unas economías “otras” desde el punto de vista de los derechos, los cuidados, la justicia y la ecodependencia, haciéndonos las preguntas más adecuadas y más pertinentes a la diversidad de contextos. Es nuestra tarea buscar las respuestas.