Descentrados Chile

El extraño mundo de JAK y la guerra de los monstruos

Fotografía: Grabado de Francisco de Goya. Capricho 45: "Mucho pan para comer"

Por Juan Pablo Correa S.

Psicólogo Social

 

“El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro, surgen los monstruos”. Antonio Gramsci

El discurso de José Antonio Kast (JAK) después de ganar la elección presidencial sorprendió a todos. Fue un discurso largo, sin un mensaje político claro, repleto de agradecimientos disgregados y mensajes moralizantes, como las palabras de alguien que improvisa un brindis el día de su cumpleaños. Muchos periodistas hablaron de un cambio de tono respecto de lo que fue su estilo en la campaña presidencial. Les pareció que el de JAK era un discurso más conciliador, capaz de reconocer valores positivos en sus adversarios. Un análisis un poco más cuidadoso, revela que JAK no modificó, sustituyó, ni se detractó de ninguna de sus afirmaciones anteriores, sólo las presentó de un modo menos agresivo, facilitando que pudiéramos comprender con más claridad las categorías con que funciona su subjetividad o, dicho de otra forma, el modo en que interpreta el mundo en el que vive.

Lo primero que llama la atención en el discurso del presidente electo es la ausencia de un proyecto político. Su discurso menciona una serie corta de problemas que promete abordar y resolver, pero no propone un diagnóstico que revele las que cree son las causas fundamentales de esos problemas, ni presenta una estrategia explícita para enfrentarlas o modificarlas. Tampoco plantea un propósito que organice y oriente su gestión más allá de la idea de un “gobierno de emergencia”. Es decir, un gobierno que permita resolver los problemas que, en su opinión -y la de la gran mayoría de sus electores- harían insoportable la vida en nuestro país. El planteamiento es muy básico: la delincuencia los tiene encerrados en sus casas y la migración irregular alimenta esa delincuencia y ocupa ilegítimamente los servicios sociales. Terminaremos con ambas -sólo porque tenemos la voluntad de hacerlo- para que puedan salir a trabajar y tomar el control de sus vidas. JAK no viene a transformar la institucionalidad política, ni a desarrollar la economía, ni a construir un nuevo pacto social. Ni siquiera busca de manera explícita la restauración del orden simbólico tradicional, que fue cuestionado por las movilizaciones ciudadanas desde el año 2011 en adelante. Tampoco propone mejorar la calidad de vida de las personas a través de políticas de vivienda, salud, previsión o educación. Su única promesa es la mano dura de la dictadura, aplicada en democracia a quienes transgredan la ley. Cualquier ley o, más bien, la suya.

Una segunda característica del discurso presidencial es la falta de principios éticos, la sustitución de los derechos humanos (DDHH) por una moral parroquial, extremadamente infantil, que convoca explícitamente a la ciudadanía a mejorar el país, recogiendo la caca de los perros que sacan a pasear y pintando la pared de la casa del vecino si esta ha sido vandalizada. Desde el punto de vista de la psicología del desarrollo del juicio moral, elaborada por Lawrence Kohlberg, el discurso de JAK se encuentra entre las dos primeras etapas: preconvencional y convencional. No llega a la moralidad posconvencional, en la que operan principios éticos universales. El discurso con que Kast celebró su triunfo nos mostró con especial claridad la forma escindida con que opera su subjetividad y, por ende, su interpretación de la vida social. En una frase JAK invita amablemente a los migrantes irregulares a abandonar el país antes de que él asuma en marzo la presidencia de la República. Es decir, les ofrece aprovechar la amabilidad del gobierno de Boric para retirarse sin ser perseguidos ni sancionados por haber estado irregularmente en Chile. Como dijo en la campaña: salgan ahora y podrán volver luego con sus papeles en regla. En la frase siguiente dice, a esas mismas personas que, en su gobierno, no podrán acceder a servicios de salud, educación ni a ninguna otra prestación si están irregulares en el país. No sólo eso, presentará un proyecto de ley para hacer de la migración irregular un delito. Emplea la misma racionalidad dividida para hablar de Gabriel Boric, Jeannette Jara y sus adversarios de izquierda. Valora sus gestos de reconocimiento al triunfo que obtuvo, así como la disposición que tuvieron a competir lealmente dentro de las reglas de la democracia, pero los sigue acusando de mentirosos, corruptos y fracasados, sin dar ni una buena razón para sostener lo que afirma. Es como escuchar al doctor Jekyll y al señor Hyde hablando alternadamente. Todo el tiempo. El juicio y la amenaza de castigo se alternan con la invitación a vivir en paz en un país meritocrático (que parece pensar que ya existe).

Lo más grave de la situación es que el discurso de JAK, así como el extraño mundo que el mismo supone, han sido acogidos por los grandes medios de comunicación sin mayores cuestionamientos. Probablemente sea la entrevista exclusiva de Iván Valenzuela al presidente electo la que, sin cuestionar directamente nada de lo que dice, pone de manifiesto con más claridad las inconsistencias de su discurso.

Para entender la situación puede ser útil recordar lo que ocurría en estas mismas fechas cuatro años antes. El discurso periodístico reemplazaba las críticas al diputado Boric -por no asistir con terno al congreso, por ejemplo, o participar en manifestaciones ciudadanas en la calle- por escenas de la vida cotidiana en casa de sus padres. Reportajes al perro de la familia, detalles sobre la vida en Punta Arenas, largas entrevistas a su madre, etc. Cuando Gabriel Boric asumió la presidencia de la República vestido de terno, pero sin usar corbata, algunas de las periodistas que transmitían el evento por televisión, dijeron que les gustaban mucho más los hombres sin corbata. Era el tono que prevalecía en ese momento. Y fue en ese clima que entró Irina Karamanos a la Moneda, acompañando a Gabriel Boric en su aventura presidencial. La prensa se tragó incluso la respuesta de Irina Karamanos cuando le preguntaron si asumiría el papel de primera dama. “Ni primera, ni dama”, respondió.

Hoy, un comentario crítico de Karamanos sobre la decisión de Pía Adriazola y José Antonio Kast de volver a instalar la institución de la primera dama en su formato tradicional, ha concitado una respuesta airada de ese periodismo que, cuatro años atrás, aplaudió las transformaciones o calló ante las mismas. Podríamos interpretar esto sólo como una genuflexión de quienes realizan una actividad -el periodismo- que, en los grandes medios de comunicación, tiende a ser extremadamente servil, obediente y aduladora con los más poderosos. Pero en esta ocasión parece haber algo más. 

La pedantería de Irina Karamanos al no advertir que el reemplazo del “gabinete de la Primera Dama” por el “gabinete de Irina Karamanos” era una forma antidemocrática de personalizar el poder de un modo aún más extremo del que ya lo hacía la institución que ella misma cuestionaba. Sumado a su tendencia a hablar “en difícil”, en una jerga vinculada a la teoría contemporánea del género, parecen haber creado una imagen suya que terminó siendo insoportable para buena parte de la prensa y la opinión pública. Pero ni eso explica por completo la reacción rabiosa, agresiva, a ratos destemplada, del periodismo ante el breve comentario que Karamanos realizó en “X”.

En mi opinión, el papel de Karamanos en La Moneda, simboliza algo mucho más importante que su papel como pareja del presidente. En la práctica, Karamanos no rechazó el papel de primera dama. Por el contrario, lo utilizó para institucionalizar explícitamente las organizaciones a su cargo, otorgándoles autonomía respecto a la figura de la esposa o pareja del presidente. Pero eso no fue todo. Irina abrió las puertas de La Moneda a algunos de los colectivos sistemáticamente excluidos de los espacios en los que se ejerce el poder político en el país. La comunidad LGTBIQ+ celebró seminarios en La Moneda con la pareja del presidente, los que fueron filmados y difundidos a través de las redes sociales y los medios de comunicación alternativos que operan en internet.

Karamanos hizo a través de la institucionalidad lo que la derecha temía que ocurriera si la ciudadanía se saltaba la institucionalidad en el gobierno de Sebastián Piñera. Con Irina se hicieron reales los peores fantasmas de Patricio Navia, Sergio Micco, Teresa Marinovic y el propio Sebastián Piñera. Las hordas alienígenas (como las llamó Cecilia Morel en el inicio de la revuelta de 2019) entraron finalmente en La Moneda. No hubo golpe de Estado -como ellos vaticinaban (y luego afirmaron que se había intentado)- pero la transformación simbólica fue más que evidente. Y Karamanos la comentó en una jerga que ninguno de ellos entendía (y siguen sin entender). Pero con la elección de JAK el poder vuelve a concentrarse por completo en las manos de los mismos de siempre. Y se organiza por medio de otros discursos, más conocidos, más simples, menos rupturistas, pero mucho más sórdidos y violentos. 

Es el momento del “tío Emilio”. Emilio Sutherland, periodista de televisión cuya carrera ha consistido en desmontar las máquinas de defraudación de pequeños ladrones y estafadores. Desde “Pepito paga doble” a pequeñas estafas piramidales, pasando por okupas y tarotistas cuenteros. “En su propia trampa” es el nombre del programa televisivo en el que Emilio Sutherland reveló los engaños y estafas de estos delincuentes marginales, evitando abordar las mismas engañifas, pero por montos extremadamente superiores, cuando ocurrían en los grandes poderes fácticos e institucionales de nuestra sociedad (económicos, políticos, judiciales, comunicacionales, etc.).

Todo indica que “el tío JAK” intentará aplicar la estrategia del “tío Emilio” en su gobierno. Estrategia que los grandes medios ya utilizaron en contra de Gabriel Boric. El “caso Democracia Viva” fue mucho más publicitado que los casos de todas las otras fundaciones juntos. A pesar de ser uno de los montos más pequeños defraudados en ese período. Pero los involucrados militaban en el Frente Amplio, el partido del presidente, y aunque fueron expulsados del mismo, subsiste la asociación directa con el gobierno y con el partido gobernante. Aunque la cantidad de casos y montos involucrados ha sido mucho mayor en situaciones de corrupción que involucraron a otros partidos.

¿Qué es intolerable y qué no? Es la pregunta que la sociedad chilena se ha venido haciendo desde la revuelta de 2019 en adelante. La respuesta a esa pregunta decide quiénes son los monstruos y quiénes las personas normales. Un monstruo, dice Foucault, es la unidad de lo imposible y lo prohibido. Es una diferencia externa a las distinciones que realiza la cultura, agrega René Girard. Es lo que por contraste define los límites de la normalidad en una sociedad cualquiera. En otras palabras, un monstruo es lo absolutamente intolerable.

Y la estrategia del “tío Emilio” busca situarlo en las zonas marginales de la vida social, como el orden tradicional ha hecho siempre. Entre los travestis y las prostitutas, entre los drogadictos y los pequeños delincuentes. Y si se trata de politizarlo, lo buscarán entre los “extremistas de izquierda” -a los que JAK prometía encerrar en lugares que no fueran cárceles en su programa de gobierno anterior- o entre los “terroristas” (como llama a cualquier forma de subversión política).

Es por eso por lo que, apenas elegido, JAK partió a Buenos Aires para entrevistarse con Javier Milei, el presidente argentino. El “loco Milei”, como lo llaman, es la encarnación del monstruo que la extrema derecha hoy busca reivindicar. Algo así como un “monstruo bueno”, civilizado, cuya motosierra no sirve para descuartizar personas (como en la película “La masacre de Texas”) sino para recortar “la grasa” del Estado y la inflación desatada (que tenía Argentina cuando eligió a Milei). Sin desconocer, por supuesto, que ese mismo loco no tiene pudor en recortar las pensiones de los jubilados y el presupuesto de la cultura y la educación pública, reprimiendo con toda la fuerza de la policía a quienes se manifiestan en contra de esas medidas (sin importar su edad). Pero Chile no tiene una inflación descontrolada ni excesivamente alta como ocurre en Argentina. La imagen de la motosierra asume un lugar distinto en el proyecto de JAK. Que posara con Milei y su motosierra, gritando “viva la libertad carajo”, nos hace pensar en los vínculos de Kast con el pinochetismo y los crímenes de lesa humanidad. Con JAK la motosierra vuelve a ser un instrumento para descuartizar. Más aún cuando Kast ha señalado en más de una oportunidad que considera la posibilidad de indultar a todos los presos que cumplan una determinada edad, incluidos los violadores de DDHH. El ejemplo más dramático es el de Miguel Krassnoff, quién cumple una condena de más de mil años por crímenes de lesa humanidad (torturas, desapariciones y asesinatos), a quién JAK ha visitado en la cárcel en más de una oportunidad, sin descartar la posibilidad de indultarlo.

La motosierra -disputada mediáticamente en la carrera presidencial por JAK y Franco Parisi (el “cararrajismo” vende en el neofascismo de los que se autodenominan “basados”)- es la imagen que la administración de JAK busca hacer suya. Kast ha prometido recortar con ella 6.000 millones en gastos del Estado. La mayor parte serán operadores políticos, dice, y programas mal evaluados. Pero no ha indicado quienes serán despedidos ni cuáles programas serán eliminados. Todo indica que habrá una persecución ideológica que busca incluir, incluso, a las universidades estatales. Agregando a la persecución una disminución significativa del presupuesto asignado a beneficios sociales, como el financiamiento de la educación superior, las pensiones, las viviendas sociales, la salud pública, etc.

Lo que la izquierda considera intolerable -violaciones a los DDHH, destrucción de los sitios de memoria, regresión autoritaria (como gobernar por decretos) disminución de cobertura y calidad en las políticas sociales, disminución de las libertades elementales (expresión, reunión, circulación), relativización de la separación de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial), discriminación en las formas de reconocimiento social y los beneficios asociados (por género, orientación sexual, etnicidad, nacionalidad, etc.)- no parece serlo tanto para la extrema derecha.

Al revés, lo que la izquierda progresista ha reivindicado en los últimos años, en especial en el gobierno de Gabriel Boric y en la Convención Constitucional, esto es: el derecho a no ser discriminado por género, etnicidad y orientación sexual, la necesidad de ampliar y profundizar los derechos y libertades democráticos, el carácter sistémico de los DDHH (no existen los unos sin los otros), la necesidad de ampliar las oportunidades de participación sociopolítica de las personas y los pueblos en la administración del Estado, la valoración positiva de la diversidad de estilos de vida y el respeto al pluralismo en las ideas de la vida buena (entendida en términos éticos, estéticos y epistémicos) podría entrar dentro de los que la derecha de JAK considera intolerable.

La guerra de los monstruos ha comenzado. ¿En qué normalidad viviremos en el mundo que viene?