Descentrados Chile

El género no es el sexo: problemas éticos con la cuestión trans

Fotografía: "Autorretrato" (1971) Pintura de Claudio Bravo. Tomada de Pinterest.

Por Juan Pablo Correa Salinas
Psicólogo social. Analista del discurso. Investigador de las relaciones de reconocimiento, violencia y poder y sus efectos en los procesos de subjetivación.

Hace alrededor de un mes, la periodista Sabine Drysdale publicó un reportaje sobre las políticas de afirmación de género que, hasta ese momento, se realizaban en Chile a adolescentes y niño(a)s transgénero. Su reportaje menciona la situación de Inglaterra, donde el sistema público de salud encargó un informe a la pediatra Hilary Cass sobre las terapias psicológicas y hormonales que se practican a niño(a)s y adolescentes interesados en generar cambios en su condición de género.

El informe Cass puso en cuestión estas terapias, alertando sobre una variedad de consecuencias no deseadas de las mismas. En el caso de los bloqueadores de pubertad, lo que se busca es detener los procesos de feminización o masculinización del organismo, ofreciendo a niños y niñas la posibilidad de adoptar un aspecto distinto al que su cuerpo sexuado asumiría en la adolescencia y adultez de no detenerse este proceso. Con la aplicación de hormonas cruzadas, los cuerpos de los niños, niñas y adolescentes pueden asumir posteriormente algunas características sexuales secundarias distintas a las esperadas para el cuerpo con que nacieron. Cass señala en su informe que, entre varias consecuencias no deseadas, las terapias hormonales presentan riesgos para el desarrollo neurocognitivo y, en algunos casos, esterilidad.

Adicionalmente, existe el problema de que muchos cambios morfológicos generados por la aplicación de hormonas cruzadas no pueden ser revertidos. Se trata de una decisión con consecuencias definitivas adoptada a muy temprana edad y con una experiencia todavía reducida del sexo, el género y las relaciones de género.

En Chile, el reportaje de Drysdale motivó opiniones desfavorables sobre la aplicación de estas terapias a personas menores de edad. Por su parte, el Ministerio de Salud (MINSAL) decidió suspender la iniciación de nuevos tratamientos mientras no se construyan lineamientos técnicos que regulen su implementación. Obviamente, los lineamientos técnicos también involucran decisiones éticas y políticas. Con la finalidad de construir esos lineamientos, el MINSAL creó un comité experto al que encargó esta tarea.

La distinción entre sexo y género fue acordada por la Organización de Naciones Unidas (ONU) en la conferencia de Beijing, el año 1995. En su informe final la conferencia recomendó a los Estados miembros adaptar su legislación y sus políticas públicas a esta distinción.

El tema había sido planteado en 1947 por Simone de Beauvoir en su libro El segundo sexo, donde realizó implícitamente la distinción entre sexo y género. La filósofa señaló que “no se nace mujer, se llega a serlo” (p.207), separando la condición del cuerpo sexuado que nos permite diferenciar entre machos y hembras, del comportamiento culturalmente pautado de quienes detentan esos cuerpos. Distinguió así entre hombres y mujeres con independencia de las características biológicas de sus cuerpos.

En opinión tanto de Simone de Beauvoir como de la ONU, sexo y género son asuntos distintos que no se implican mutuamente, aunque exista una correlación estadísticamente significativa entre ellos, La mayoría de las personas con cuerpos hembras son reconocidas como mujeres y la mayoría de las personas con cuerpos machos son reconocidas como hombres. Pero existen casos en que no es así. Esto significa que se puede crecer como hombre o como mujer a partir de un cuerpo sexuado de diferente manera,[1] porque no existe una relación secreta entre, por ejemplo, el pene y la corbata o entre el cromosoma XX y el maquillaje facial.

Una consecuencia lógica de la distinción entre sexo y género es que nadie puede nacer en un “cuerpo equivocado” como, desgraciadamente, han declarado personas que dicen estar encerradas en un “cuerpo de hombre” o un “cuerpo de mujer” sin sentirse hombres o mujeres respectivamente. La razón de esta situación es que para que un cuerpo sea de hombre o de mujer basta con que la persona que lo detenta vaya de hombre o de mujer por la vida, esto es, que se sienta hombre o mujer y/o sea reconocido(a) como tal por las personas con las que se relaciona. Los genitales, cromosomas, gónadas, hormonas, así como las características cerebrales y la morfología fenotípica, no determinan el género de una persona. En otras palabras, no existen hombres y mujeres trans o cis, sólo existen hombres y mujeres. La condición trans o cis es el resultado fallido del esfuerzo por instalar una relación de sentido no arbitraria entre sexo y género.[2]

El género es el resultado del comportamiento socioculturalmente pautado (estereotipado) para hombres y mujeres y de la interpretación que momento a momento hacemos del mismo. Por eso es un error hablar de un cuerpo de hombre o un cuerpo de mujer para aludir a cuerpos machos y cuerpos hembras. Aunque no es lo más común, existen hombres con cuerpos hembra y mujeres con cuerpos macho. En algunos casos, estas personas se sienten incómodas o desagradadas con su cuerpo, en otros no. Es posible decir, entonces, que algunas personas nacieron en un cuerpo que no les gusta, pero no en un cuerpo equivocado, pues no existe un cuerpo asignado al género por la biología del organismo.

En su libro Investigaciones filosóficas (1953), Ludwig Wittgenstein desarrolló la noción de “juegos de lenguaje” para referirse a las interacciones pautadas y reguladas por reglas que las personas realizan en múltiples temas y que en conjunto constituyen una forma de vida. El género es uno de estos juegos. En nuestra cultura tiene un carácter binario -establece sólo dos categorías: hombre y mujer- varía a lo largo del tiempo y el espacio -es diferente en distintos momentos históricos- y, como señala Paul B. Preciado (2002), asume un carácter prostético, esto es, se integra al cuerpo como una prótesis.

Aunque el género es un juego binario, quienes lo juegan no son plenamente binarios jamás, pues participan de diferentes maneras en sus múltiples dimensiones. En este sentido, se trata de un juego con altas dosis de ambigüedad. Las personas participan en el binarismo de género por énfasis: más hombre que mujer en su expresión emocional, más mujer que hombre en su manera de vestir, etc. Pero todo/as desempeñan el género con algún grado de ambigüedad. Cuando la ambigüedad es muy alta no es posible asignar o reconocer un género, o este debe asignarse o reconocerse de un modo fluido (cambiante). Demás está decir que los juicios sobre el desempeño del género también varían, pudiendo existir diferencias de apreciación respecto a la masculinidad o feminidad de una misma persona.

Desgraciadamente, la ley Nº 21.120, conocida como “ley de identidad de género”, que nuestro país promulgó el 10 de diciembre de 2018, confunde sistemáticamente sexo y género en su redacción. En la guía elaborada por el Poder Judicial para “garantizar el ejercicio del derecho a la identidad de género de personas usuarias e integrantes del Poder Judicial”, se señala que la ley “reconoce y da protección a la identidad de género” y “tiene como objetivo dar respuesta a un gran problema que las personas trans en Chile han debido enfrentar por años: la falta de reconocimiento legal de su identidad de género cuando no corresponde con el sexo asignado al nacer”. Pero ¿cómo podría “corresponder” el género actuado por una persona con el sexo que se le asignó al nacer, si hablamos de asuntos distintos que no están relacionados biológicamente? ¿O será que el legislador y el poder judicial creen que efectivamente existe una relación de sentido entre el pene y la corbata y/o entre el cromosoma XX y el maquillaje facial?

Para comprender el error cometido por el legislador en la “ley de identidad de género” conviene hacer un poco de historia. Mis abuelos fueron contemporáneos de Simone de Beauvoir y nunca hicieron la distinción entre sexo y género. Nacidos en una sociedad heteronormativa y cisnormativa,[3] consideraban obvio que un recién nacido con cuerpo de hembra creciera como mujer y desempeñara un género femenino en su vida adulta. Lo mismo ocurría cuando el recién nacido tenía las características corporales de un macho. Debía crecer como hombre y actuar un género masculino en su adultez. A esto sumaban la idea de que “una mujer bien mujer” se sentiría atraída sexualmente por los hombres y un “hombre bien hombre” sólo podría tener interés sexual por las mujeres. Curiosamente, sin embargo, la generación de mis abuelos (y muchas otras antes de la suya) reforzaban el aprendizaje del género y la orientación sexual a través de una socialización estricta y extremadamente diferenciadora: “los hombres no lloran”, “las mujeres deben sentarse con las piernas cruzadas”, etc. Aunque defendían que el comportamiento de género era un efecto “natural” de la condición sexuada del cuerpo e incluía la heterosexualidad, se preocupaban de hacérselo saber a las personas más jóvenes para asegurarse de que su “naturaleza” no se equivocara, corrigiendo cualquier ambigüedad.

No cabe duda que quienes crearon y aprobaron la “ley de identidad de género” lo hicieron con la misma racionalidad de mis abuelos, esto es, asumiendo que existe una relación “natural” entre sexo y género, sólo que con un pequeño cambio: aceptando la posibilidad de que una persona pueda nacer “en un cuerpo equivocado”. Es decir, agregaron a las formas cisnormativas de organización social, la posibilidad de transitar entre géneros legales a la vez que entre cuerpos sexuados y considerando, además, que debe existir una cierta “correspondencia” entre los mismos. De ahí vino, entonces, la idea de que si una persona que nació con un cuerpo hembra quiere crecer como hombre o una persona nacida con un cuerpo macho quiere crecer como mujer, es necesario apoyar su deseo a través de la instauración de un “género legal” y su fijación en el mismo. También sería necesario ayudarle a “reforzar” su condición a través de “terapias de afirmación de género” que no modifican el género sino algunas características del cuerpo sexuado. Características susceptibles de ser transformadas con la suspensión de la pubertad y/o la administración de “hormonas cruzadas”.

La instalación de estas ideas por campañas de activismo de género, que no asumen que no existe otra correlación entre sexo y género que la de una mayoría estadística que asocia mayormente los cuerpos machos con una masculinidad predominante y los cuerpos hembra con una feminidad predominante, ha generado un aumento considerable de niños, niñas y adolescentes con la intención de transitar en todo occidente. También en nuestro país.

Aunque no existen estudios estadísticamente significativos sobre las causas del fenómeno, es posible especular cualitativamente sobre las razones del mismo, a partir de conversaciones con niños, niñas y adolescentes. Para efectuar este comentario, recurro a mi experiencia personal y profesional. Lo que parece más evidente es que el deseo de transitar supone un malestar muy grande con la identidad de género que les ha sido propuesta, y no necesariamente con la condición sexuada del propio cuerpo. La violencia de género aplicada por la sociedad cis y hetero normativa no consiste sólo en la promoción, a veces validación e insuficiente represión sobre el abuso sexual. También existe violencia de género en la socialización rígida -y en múltiples sentidos desventajosa- para ambos géneros en los estereotipos predominantes. Los niños que no quieren crecer rechazando fóbicamente su lado femenino y las niñas que buscan evitar su hiperexposición como objetos sexuales (estereotipos dominantes para cada género) encuentran una oportunidad en la actuación de un género distinto al que se les asignó al nacer. Pero de eso no tendría por qué seguirse una transformación hormonal -y eventualmente quirúrgica en la edad adulta- de su cuerpo sexuado. Tampoco se sigue de ello la necesidad de un “tránsito” genérico y/o sexual.

Lo que parece descartado en la racionalidad dominante con que hoy interpretamos el género, es la posibilidad de aceptar y fomentar la ambigüedad. La naturalización del género en el sexo prima hoy, como en la época de mis abuelos, sin escuchar a Simone de Beauvoir y Judith Butler y sin atender las recomendaciones realizadas por la ONU en la conferencia de 1995. Si el género no es el sexo, sino un juego de lenguaje en el que todo(a)s participamos con diversos grados de ambigüedad, ¿por qué no apoyar a niños, niñas y adolescentes para que lo jueguen tranquilos, libres y creativos en vez de forzarlos a optar por uno sólo de sus polos y maltratarlos luego con “terapias de afirmación” que no buscan otra cosa que una nueva naturalización del género en la condición sexuada de un cuerpo intervenido autoritariamente por la medicina, la psicología, la psiquiatría y el poder?

 

Referencias:

Butler, J. (1999) El género en disputa, Barcelona: Paidós, 2007, p.55

de Beauvoir, S. (1947) El segundo sexo, Buenos Aires, Debolsillo, 2017.

Drysdale S. (29 de mayo de 2024) “Pubertad interrumpida: niños trans inician tratamiento hormonal en medio de controversias”. Radio Bío Bío. Recuperado el lunes 1º de julio de 2024 de: https://www.biobiochile.cl/noticias/nacional/chile/2024/05/29/pubertad-interrumpida-ninos-trans-inician-tratamiento-hormonal-en-medio-de-controversias.shtml

Naciones Unidas (1995) Informe de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer. Editorial Naciones Unidas, https://www.un.org/womenwatch/daw/beijing/pdf/Beijing%20full%20report%20S.pdf

Preciado, P.B. (2002) Manifiesto contra-sexual. Madrid: Editorial Opera Prima.

Secretaria Técnica Igualdad de Género, no Discriminación. Poder judicial de Chile (2018). Guía Nº21.120 Reconoce y da protección al derecho a la identidad de género. https://secretariadegenero.pjud.cl/index.php/guia-ley-21-120

Wittgenstein, L. (1953) Investigaciones filosóficas. Madrid: Trotta, 2021.

[1] No puedo abordar aquí el tema relacionado sobre la multiplicidad de formas en que un organismo asume una condición sexuada y que no siempre se orientan en una misma dirección. En este sentido, es posible sostener con buenas razones que la unidad del organismo como cuerpo sexuado (su condición de macho o hembra) es el producto de una interpretación social a partir de la distinción entre hombre y mujer. De ahí la reflexión de Judith Butler: “¿Y al fin y al cabo qué es el ‘sexo’?  ¿Es natural, anatómico, cromosómico u hormonal […]? […]  Si se refuta el carácter invariable del sexo, quizá esta construcción denominada ’sexo’ esté tan culturalmente construida como el género; de hecho, quizá siempre fue género, con el resultado de que la distinción entre sexo y género no existe como tal.” (Butler, 1999, p.55) La reflexión de Butler da una vuelta completa al tema. ¿Si todo es género -incluida la condición sexuada del organismo- y sus manifestaciones son múltiples y, a veces, disímiles, por qué esforzarnos tanto en construir su unidad?

[2] El prefijo “cis” viene del latín y significa “de este lado” o “del mismo lado”. Fue incorporado por la teoría de género en oposición al prefijo “trans”, cuyo significado es “del otro lado”. Evidentemente, hablar de “cisgénero” y “transgénero” implica asumir que existe una conexión no arbitraria entre el comportamiento de género y la condición sexuada del organismo. De no existir, no habría comportamientos “de este” o “del otro” lado. La arbitrariedad de la relación entre sexo y género resulta evidente cuando se considera la enorme evidencia antropológica e histórica sobre las formas extremadamente variadas que ha asumido el comportamiento de género en la historia humana.

[3] La sociedad cisnormativa es aquella que pone como norma la condición cisgénero y la sociedad heteronormativa es aquella que pone como norma la heterosexualidad. Ambas condiciones se han instalado conjuntamente en las sociedades occidentales, discriminando a quienes no se ajustan a alguna de esas normas.