Por Mirennis Sánchez Mora
Socióloga
Directora editorial Descentrados.cl
Chile llega a un nuevo ciclo presidencial en un clima incierto, movedizo, en el que las certezas que parecían sólidas se fragmentan con facilidad. Las convicciones políticas, los afectos públicos, incluso la idea de futuro, parecen desplazarse bajo nuestros pies. En medio de este tránsito, el poder —ese que rara vez se nombra, pero que ordena silenciosamente lo que sentimos, tememos y esperamos— como advertía Foucault (1988), “circula” y no sólo se posee.
Hoy más que nunca necesitamos comprender cómo funciona el poder que atraviesa nuestra vida cotidiana. No el poder de los discursos oficiales, ni el de las élites que ocupan cargos, sino el poder que se cuela entre conversaciones, decisiones, miedos y hábitos. Ese que define quién es escuchado, quién queda afuera y quién se permite imaginar. Ese poder que, para Bourdieu (2007), es una fuerza que se vuelve invisible cuando logra instalarse como “sentido común”, no está sólo en La Moneda, sino en los barrios, en los cuerpos, en los silencios que evitamos y en las historias que dejamos de contar.
Comprender el poder es el primer paso para desmontarlo. Y desmontarlo es devolverle su capacidad transformadora al sujeto común, a la persona que sostiene el país incluso cuando el país no la ve. Es el poder que define quién tiene derecho a ser escuchado y quién queda fuera del cuadro, quién puede vivir sin miedo y quién debe adaptarse a él. Un poder mucho más cotidiano que político; más emocional que ideológico.
El estallido social abrió una discusión intensa respecto de dignidad y derechos, acerca de cómo queríamos vivir juntos. Por un tiempo, el país pensó proyectos colectivos. Pero el fracaso de dos procesos constituyentes dejó un desgaste profundo, una sensación de cansancio y sospecha que hoy se traduce en un nuevo orden emocional. La urgencia ya no es transformar: es controlar. La seguridad dejó de ser un tema para convertirse en un clima, un sentido común que respira en la prensa, en la calle, en las conversaciones mínimas. El miedo se volvió la emoción organizadora del presente, desplazando la imaginación política.
No es que la ciudadanía haya girado hacia posiciones conservadoras; es que el miedo actúa más rápido que la política. Simplifica, divide, ofrece soluciones fáciles, promete protección inmediata. Y el poder, que sabe operar sobre emociones y no sólo sobre instituciones, encuentra allí un terreno fértil: un país tenso, agotado, dispuesto a sacrificar derechos si eso promete un alivio momentáneo.
Pero no es únicamente político: es cultural. Es emocional. Y por lo mismo, es cotidiano. El poder opera en las pantallas que insisten en ciertos relatos, en las ciudades segregadas donde algunos territorios se vuelven invisibles, en la burocracia que vuelve la pobreza un castigo, en los servicios que colapsan y en los silencios que se vuelven norma. Se cuela en la manera en que aprendemos a sospechar de determinados cuerpos, a evitar ciertos barrios, a clasificar quién “merece” oportunidades y quién “debe esforzarse más”.
Ese poder también fabrica un tipo de ciudadanía: la obediente, la disciplinada, la que no reclama. Y produce a su contraparte: el sujeto sospechoso, el peligro potencial, el que incomoda. Esta fabricación no es casual: sostiene un orden que necesita miedo para funcionar. Por eso comprender el poder no puede limitarse a entender instituciones; implica mirar hábitos, emociones, precariedades, cansancios. Implica aceptar que el poder se reproduce en la vida diaria más que en los grandes discursos.
Ahí aparece el sujeto común, que suele quedar fuera del análisis político. Ese que sostiene el país incluso cuando el país no le devuelve la mirada. No es desinterés lo que nos aleja de la conversación pública: es agotamiento. Un cansancio político, emocional y material que se acumula.
Ese sujeto común no está apático: está saturado. Saturado de promesas abstractas, de un lenguaje político que no dialoga con la vida concreta, de agendas que hablan “de la gente” pero no con ella. Y es allí donde la reconstrucción del poder comienza: devolviendo centralidad a quienes lo viven, no sólo a quienes lo administran.
Deconstruir el poder, entonces, no es destruirlo. Es iluminarlo. Es preguntarse qué miedos sostienen el orden actual, qué desigualdades lo hacen posible, qué relatos lo legitiman y qué cuerpos lo cargan. Es reponer la dignidad como principio organizador, no como eslogan. Es ampliar la noción de seguridad para incluir lo social, lo económico, lo emocional, lo ambiental. Y es recuperar la imaginación colectiva, porque sin nuevas narrativas, las viejas opresiones regresan con nombres nuevos.
Las próximas presidenciales no son sólo una elección; son un momento para decidir qué lugar le damos al sujeto común en nuestro horizonte de país. Para preguntarnos si seguiremos administrando miedos o si volveremos a imaginar posibilidades. Para reconocer que el poder está en la construcción diaria de nuestras emociones políticas.
Si no comprendemos cómo opera el poder que hoy organiza el clima social, seguiremos defendiendo —sin querer— aquello mismo que nos limita. Comprender el poder es quitarle el disfraz. Deconstruirlo es devolverle su relato a quienes lo viven. Sólo ahí comienza realmente la transformación.
Referencias:
Bourdieu, P. (2007). La dominación masculina. Barcelona: Anagrama. (p.133).
Michel Foucault (1988). El sujeto y el poder. Revista Mexicana de Sociología, Vol. 50, No. 3 (jul. – Sep., 1988), pp. 3-20.

