Descentrados Chile

¿Identidad o libertad de género?

Fotografía: Tullio Pericoli

Por Juan Pablo Correa Salinas
Psicólogo social. Analista del discurso. Investigador de las relaciones de reconocimiento, violencia y poder y sus efectos en los procesos de subjetivación.

Existen dos interpretaciones de las actividades del 8 de marzo (8M) en nuestro país. La primera es la de quienes sitúan en esa fecha una serie de conmemoraciones y reivindicaciones sociopolíticas. Estas personas levantan las banderas de los derechos de las mujeres y, en un sentido más amplio (que no toda(o)s comparten) los derechos de las minorías sexo-genéricas. Las agrupaciones feministas y el movimiento LGTBIQ+ asumen por lo general esta perspectiva, participando en la marcha de ese día con un discurso sociopolítico.

Un grupo distinto entiende el 8M como una fiesta. Estas personas (también empresas y medios de comunicación) celebran la condición femenina a través de un “día de la mujer”. Desarrollan actividades alegóricas destacando el género femenino. Recuerdan la obra de “grandes mujeres” -científicas, artistas, políticas, heroínas, etc.- felicitando y celebrando a todas las mujeres por sus aportes a la sociedad. Además de valorar sus logros en actividades “fuera del hogar”, aplauden el ejercicio de roles tradicionales asignados a las mujeres: madre, esposa y cuidadora del hogar y la familia. Los medios de comunicación realizan programas especiales, las redes sociales se llenan de saludos, las empresas entregan regalos a las trabajadoras (flores, almuerzos, tarde libre, etc.) e, incluso, algunos grupos realizan rituales y actividades alegóricas dentro de la gran marcha del día de la mujer.

La diferencia entre ambas perspectivas es significativa. La primera enfatiza un proyecto político que busca terminar con las discriminaciones y abusos a propósito del género. Y un proyecto político no tiene ni puede tener identidad de género. La segunda se centra en la condición identitaria de la mujer y la aborda desde el punto de vista de un “eterno femenino”, es decir, la concibe como una condición inmutable. Por sí sola, sin embargo, la identidad de género no constituye un proyecto político. Distinto es, por supuesto, que los proyectos políticos referidos al género determinen -parcialmente al menos- la forma que asumen las identidades sexo-genéricas. De cualquier manera, en el 8M ambos enfoques se entrelazan en múltiples actividades, resultando difícil distinguir el sentido que en las mismas prevalece.

Si nos preguntamos por la relación que podemos establecer entre los compromisos identitarios y las reivindicaciones de derechos, nos encontramos con la llamada “política identitaria” (centrada en la identidad) y, en especial, con un tipo particular de política identitaria que hoy identificamos con la “perspectiva woke” (del inglés “wake up”: despertar). Se la ha definido como la actitud de estar “alerta ante la injusticia en la sociedad, especialmente el racismo” (Diccionario Oxford). Esta disposición inicialmente crítica derivó en Estados Unidos y otros países en una defensa irreflexiva de lo “políticamente correcto”. La llamaremos “wokismo”.

La discusión sobre el sentido y el carácter del wokismo ha revivido últimamente en Chile con la visita de Susan Neiman. Neiman es una filósofa estadounidense que ha venido a presentar su libro Izquierda no es woke (2023). La tesis central de Neiman es que el wokismo no es de izquierda ni es progresista. Más bien, dice ella, se trata de una forma de pensamiento conservador, inspirado en ideas de derecha, que no ayuda a detener el enorme crecimiento del ideario autoritario y antidemocrático de la extrema derecha -protofascista- en muchos lugares del mundo.

Desde el punto de vista de Neiman, la perspectiva woke “arranca con la preocupación por las personas marginadas y termina reduciendo a cada una de ellas al prisma de su marginalización” (p.17). Las razones teóricas de este proceso, dice Neiman, están asociadas a que quiénes piensan de ese modo han abandonado tres ideas filosóficas que, en su opinión, “son centrales para cualquier punto de vista de izquierda: un compromiso con el universalismo frente al tribalismo, una distinción clara entre justicia y poder y una creencia en la posibilidad de progreso” (p.13). Al final de su libro, Neiman cita una cuarta idea sugerida por Harsh Mander, escritor y activista indio: “el compromiso con la duda” (p.197),

En mi opinión, las cuatro ideas planteadas por Neiman se contraponen a una serie de planteamientos característicos de la perspectiva woke. En primer lugar, la creencia en que la multiplicidad de identidades reivindicadas por la movilización social no puede asumir una representación política unificada. En este sentido, el wokismo exige al sistema político que genere espacios institucionales independientes para la representación política de mujeres, homosexuales, transexuales, indígenas, afrodescendientes, etc., de un modo permanente. No sólo como una acción afirmativa reparatoria para resolver una crisis de representación -derivada de una historia de discriminación- sino como una forma permanente de vehiculizar la participación política igualitaria en una sociedad que se asume fragmentada en identidades que no se pueden homologar.

En segundo lugar, el wokismo reconoce racionalidades distintas en las diferencias culturales. Las culturas son asemejadas a paradigmas (en su acepción más fuerte). Es decir, se entienden las diferencias culturales como cosmovisiones, racionalidades e incluso lógicas distintas, que hacen imposible la discusión crítica de ideas. Dado que no se podría aspirar a sostener una conversación reflexiva y argumentativa con quienes pertenecen a culturas distintas y/o experimentan identidades diferentes, el wokismo promueve dos vías para resolver la cuestión. La primera es la convivencia tolerante con los diferentes a través de una representación política dividida que entregue un lugar a cada colectivo. Aunque difícil de implementar, se trata de una propuesta compatible con la democracia liberal. La segunda es la reeducación (y, a veces, exigencia de conversión) de quienes piensan distinto o no participan del estilo de vida y los valores del wokismo. Esta propuesta puede llegar a ser abiertamente totalitaria.

En tercer lugar, la perspectiva woke fija las identidades personales en categorías sociales referidas al género, la orientación sexual, la etnicidad e, incluso, los estilos de vida. El wokismo concibe la identidad como una decisión personal -no como una relación social- no obstante la asocia recurrentemente con la pertenencia a categorías sociales definidas por la cultura (y a veces también por la biología). En el wokismo existen personas que no hacen en todos los casos la distinción sexo-género. De no mediar una situación muy especial, vinculan la condición genérica de las mujeres a la condición sexuada de las hembras y la condición genérica de los hombres a la condición sexuada de los machos. Esta es una de las razones por la que el movimiento de mujeres -que en Chile tiene alta presencia woke– no va siempre de la mano con el de las “disidencias sexogenéricas”. Las mujeres trans, por ejemplo, no son consideradas mujeres plenas por aquella parte del movimiento de mujeres que llamamos “hembrista”.

La idea que unifica o articula las creencias fundamentales del wokismo es la inconmensurabilidad. Esto es, la imposibilidad de interpretar adecuadamente una identidad, una cultura, una racionalidad o un momento histórico / biográfico, desde otro(a) diferente. La inconmensurabilidad es la actualización de la metáfora bíblica de la torre de Babel. En la filosofía de la ciencia de Thomas Kuhn es la condición que determina las diferencias paradigmáticas. Básicamente, consiste en una declaración de imposibilidad. En el caso del wokismo la declaración sería: “jamás podremos conversar y entendernos en aspectos sustantivos que involucren nuestro género, orientación sexual, etnicidad, fenotipo, generación y estilo de vida con quienes difieren de nosotros en alguno de esos aspectos”.

El desarrollo de una cultura de la cancelación en reemplazo de la discusión crítica de ideas y el rechazo a la incorporación de aspectos o rasgos de otras culturas en la propia vida (por tratarse de una forma de “apropiación cultural” considerada ilegítima) serían manifestaciones de esta misma perspectiva. El supuesto de la inconmensurabilidad lleva al tribalismo e, incluso al solipsismo: “si no eres mujer no puedes entender cómo se siente una mujer”, “si no eres afroamericano no puedes participar en las marchas que reivindican los derechos de los afroamericanos”. De esta interpretación surge, por ejemplo, la idea de que un hombre no puede ser feminista. Para los hombres que se identifican con los propósitos u objetivos del feminismo, la perspectiva woke reserva el nombre de “aliados”. Es decir, personas que apoyan el movimiento desde lejos. Pueden aplaudir, pero no tomar decisiones. Pueden asumir papeles de apoyo, no adoptar “roles protagónicos”. El lenguaje que se emplea es el del escenario, el de la expresividad identitaria, no el de la acción política colectiva. En este punto, la versión woke del movimiento de mujeres está mucho más cerca del “eterno femenino” que del ideario progresista del feminismo. Este último adopta su forma más radical con la famosa afirmación deconstructiva de la identidad de género que hizo Simone de Beauvoir en El segundo sexo (1947): “no se nace mujer, se llega a serlo” (p.207). Afirmación que no es consistente con el punto de vista woke.

Existe un aspecto en el que la perspectiva woke coincide con el fascismo. Al menos en el sentido amplio que Umberto Eco llamó “fascismo eterno” o “ur-fascismo” en su libro Contra el fascismo. Me refiero a la interpretación de las categorías sociales como si fueran proyectos grupales. Si bien es una distinción que Eco no hace, yo la incorporo aquí.

Las ciencias sociales caracterizan los grupos como proyectos colectivos especificados por los propios participantes. Es la praxis colectiva la que define la identidad de grupo en todos los casos. El feminismo, el socialismo, el facismo, el wokismo, la garra blanca, “los de abajo”, etc., son proyectos grupales.

Las categorías sociales, en cambio, se especifican desde fuera, desde el lugar del otro. Clasifican a los integrantes de una categoría a partir de una condición que comparten: estética, fenotípica, cultural, etc. Mujeres, hombres, jóvenes, viejos, adultos, niños, homosexuales, heterosexuales, transexuales, cisexuales, blancos, negros, ricos, pobres, etc., son categorías sociales. No se requiere de un proyecto común para formar parte de una misma categoría social. Y la pertenencia a una categoría social no implica comportamientos políticos comunes de quienes las integran.

En su sentido original, la política identitaria progresista difiere radicalmente de la política totalitaria (identitaria y cultural) que caracteriza al fascismo. El progresismo surgió, justamente, como un esfuerzo por dar legitimidad a quienes habían sido excluidos de múltiples derechos por formar parte de un colectivo grupal o categorial que las visiones totalitarias de lo social menospreciaban, o consideraban indigno de pertenecer al orden social vigente. Si ese orden social suponía una lectura totalitaria de los géneros, de las relaciones entre los géneros, de la relación entre sexos y géneros, de las orientaciones sexuales, etc., los movimientos sociales identitarios la cuestionaron y exigieron su derecho a participar en igualdad de condiciones en la vida social común. Criticaron la heteronormatividad, la cisnormatividad, la homofobia y la misoginia, al igual que el racismo, la xenofobia y el colonialismo.

De este modo, la política identitaria del progresismo abrazó los ideales del pensamiento crítico -más afín a la duda que a la certeza- que no admite zonas por principio inalcanzables para la indagación, la reflexión y la crítica.

Pero la cooptación woke de la movilización social, reivindicó la inconmensurabilidad, construyendo muros entre las diferencias identitarias y exigiendo una representación política diferenciada para las mismas. El wokismo olvidó que no existen buenas razones para pensar que quienes están ubicados en una misma categoría social (ej: mujeres, hombres) debían apoyar un mismo proyecto político. También desconoció la posibilidad de que un proyecto político sea apoyado por personas categorizadas en identidades diferentes.

Sin embargo, no toda la movilización sociopolítica -en especial aquella que dice relación con la reivindicación de identidades sexogenéricas- lleva en Chile la marca del wokismo. Existen quienes a la ética de la imposición oponen una ética de la libertad y a la estética de la eternidad, una de la diversidad y la transformación permanente. Quienes enfrentan los totalitarismos exigiendo ampliar y profundizar la democracia. Aquello(a)s que están convencidos de que la igualdad sustantiva sólo puede ser el resultado de la ampliación progresiva de los derechos y las libertades -individuales y colectivos- dentro de la institucionalidad democrática. Personas que no ven el género como una condición sagrada sino, más bien, como una oportunidad lúdica que les permite interactuar libremente con otras personas, sin abusos, discriminaciones o exclusiones.

Referencias:

Beauvoir, S. (1947) El segundo sexo, Buenos Aires, Debolsillo, 2017.

Eco, U. (1995) Contra el fascismo, Barcelona, Lumen, 2019.

Neiman, S. (2023) Izquierda no es woke, Santiago de Chile, Debate, 2024.