Por Dr. Diego Pérez Hernández
Investigador de MRACE. Académico de la Facultad de Educación de la UC de Temuco.
Como es ampliamente conocido, el 23 de abril se conmemora el Día del Libro y de los Derechos de autor. La elección de la fecha no es antojadiza: fue un día como ese que se celebraron las exequias de Miguel de Cervantes, y que murieron William Shakespare y el Inca Garcilaso de la Vega. En consecuencia, como cada año, ya podemos notar que, en lo que va de abril, los libros y la lectura están concitando diversas reacciones: desde atractivos descuentos en librerías físicas y virtuales (que las y los lectores impenitentes hallarán particularmente irresistibles) hasta concursos de creación literaria, pasando por talleres, conversatorios, tertulias, lanzamientos de libros, invitaciones de autores y autoras.
Muchas de estas actividades tienen lugar en establecimientos de enseñanza básica y media. Se trata de algo natural, puesto que es allí donde se espera que nuestros niños y jóvenes desarrollen las competencias necesarias para poder participar con propiedad en los desafíos que implica la comunicación literaria. Apenas si es necesario recordar los beneficios tanto individuales como colectivos que ello supone: permite que las nuevas generaciones entren en contacto con una cultura que, como señala el profesor Grínor Rojo, desconfía de los dogmas por principio, que fomenta un pensamiento libre y sin cortapisas, que se pregunta por los fines que hay detrás de unos medios a menudo harto cuestionables; contribuye, en fin, a la formación de individuos pensantes, que son capaces de ponderar y juzgar con conocimiento y profundidad entre los diferentes caminos que les presenta el mundo que habitan.
Parte de esa formación pasa por leer en las obras literarias y las realidades que representan las jerarquías que organizan las sociedades, legitimando privilegios a costa del sometimiento, la exclusión y la degradación de amplios sectores de la población. Una de esas insidiosas jerarquizaciones corresponde a la racial, problemática que de ninguna manera es ajena a la literatura. Para constatarlo, basta con releer las páginas de los autores cuyas muertes dieron origen al Día del Libro. En el Quijote, por ejemplo, la figura de un morisco, Ricote, exhibe una identidad marcada por la sospecha y el desarraigo. No corresponde únicamente a un episodio histórico —la expulsión, en 1609, de los moriscos (cristianos de origen musulmán)—, sino de la experiencia de quien ha sido desplazado de la comunidad y debe habitar una identidad dividida. También está el caso de Sancho Panza, que fantasea con esclavizar a los vasallos negros del rey Micomicón, con “traerlos a España, donde los [podrá] vender, y a donde [se] los pagarán de contado, de cuyo dinero [podrá] comprar algún título o algún oficio con que vivir descansado todos los días de [su] vida”.
Problemáticas similares suscita la lectura de Otelo: el moro de Venecia. En esta tragedia de Shakespeare, el personaje homónimo no es simplemente víctima de prejuicios individuales, sino que su identidad se construye a partir de una estructura que necesita la producción de un “Otro” para sostenerse. Como la crítica ha mostrado, Otelo es progresivamente excluido de la posibilidad de ser plenamente un sujeto, al quedar atrapado en un sistema de prejuicios que lo define por lo que no es. En ese sentido, la tragedia de Shakespeare no solo representa el racismo, sino que permite comprender cómo opera, cómo se infiltra en la percepción de uno mismo hasta terminar destruyéndonos. Es importante, además, no perder de vista cómo el racismo opera en la forma en que la obra ha sido leída: en 1835, por ejemplo, el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge advertía: “No se debe concebir a Otelo como un negro, sino como un oficial moro noble y caballeresco”.
Por último, la escritura del Inca Garcilaso de la Vega, desde una postura atravesada por la experiencia colonial, desafía o cuestiona la mirada europea sobre América y le da voz y peso a quienes fueron silenciados. A partir de allí, sus Comentarios reales permiten comprender que las jerarquías también pueden ser narradas, cuestionadas y reconfiguradas desde otros lugares de enunciación.
Leer así a estos autores y otros autores en ningún caso implica “cancelarlos” o forzarlos dentro de una lectura anacrónica. Muy por el contrario, lo que se busca es que sean tomados más en serio. Adoptar una mirada crítica del colonialismo, una visión antirracista de la educación literaria no busca expulsar los textos por problemáticos, sino abordarlos críticamente, incorporando en la lectura las dimensiones históricas, políticas y raciales por la que toda obra literaria es recorrida. Para ello, es necesario avanzar hacia una mediación lectora antirracista que no simplifique ni moralice, sino que enriquezca la lectura. Esto implica, por ejemplo, hacer visibles las jerarquías que el texto construye: quién habla, quién es representado como inferior, qué atributos se asocian a lo valioso o lo despreciable. Supone también evidenciar que esas representaciones no son naturales ni inevitables, mostrando que responden a contextos históricos específicos. Y, finalmente, abrir la interpretación, permitiendo que los estudiantes tensionen el texto, discutan sus ambigüedades y reconozcan tanto sus gestos críticos como sus complicidades.
El Día del libro conmemora la muerte de tres grandes autores, autores cuya lectura es fundamental en la formación de las nuevas generaciones. Aprovechemos esta fecha para que, en el marco de la mediación lectora, nazca en los niños, niñas y jóvenes el deseo de habitar un mundo donde el racismo sea leído críticamente.

