Descentrados Chile

Por una inclusión escolar de los niños, niñas y adolescentes protagónica y participativa

Fotografía: Amparito, 9 años.

Por Mónica Peña
Psicóloga, Doctora en Educación.
Directora Magister Psicología Social Universidad Diego Portales.
Programa de Estudios Psicosociales en entornos educativos (EPCE). Facultad de Psicología UDP.

En los últimos años hemos visto cómo ha crecido la matrícula de niños, niñas y adolescentes en los Programas de Integración Escolar (PIE) de escuelas que reciben fondos del Estado. Las normativas de base, especialmente el Decreto 170, permiten no sólo la matrícula de niños con diagnósticos transitorios en el área del aprendizaje para cubrir sus necesidades educativas especiales, sino también niños con diferentes tipos de discapacidad.

Los resultados de los PIE en las escuelas son variados. No sabemos mucho qué pasa con los niños que se integran a los programas. La misma normativa lo hace complejo: por un lado, se centran en la idea de diagnóstico individual, pero, por suerte, muchas de las estrategias ocurren en sala de manera general. Pensar, como piensa el modelo de proyectos para recibir subvenciones escolares, que los resultados de aprendizaje medidos con SIMCE o con el rendimiento escolar individual son elementos suficientes para conocer los procesos de integración escolar, es un error. Hay otras medidas mucho más importantes para las comunidades escolares y las familias, como la mejora de la convivencia escolar, el aprendizaje de carácter social, la aceptación y la convivencia con niños y niñas que se salen de la normalidad impuesta por cánones capacitistas.

Es por lo que el éxito o fracaso de los PIE y otras formas de inclusión, debe ser analizado con cuidado. Por ejemplo, la inclusión escolar no depende de la experticia de los profesionales en los diagnósticos que el decreto 170 y que ahora la llamada Ley TEA (trastorno del espectro autista) promueven. Si bien los diagnósticos han sido útiles para las estrategias de tratamiento médico y/o psicológico; la escuela es un espacio donde la experticia que prima es la pedagógica, no la médica. Estrategias de trabajo conjunto entre profesores de aula regular y profesores diferenciales o especiales, así como la presencia en la planificación y en el aula de otros profesionales de apoyo, tales como psicólogos, terapeutas ocupacionales y fonoaudiólogos – entre otros- ha sido relevante para la inclusión real: aquella que no hace diferencia entre estudiantes, pero que a la vez visibiliza nuestras singularidades en un marco de buena convivencia social. Este enfoque enfatiza que la inclusión es un conjunto de prácticas dentro de contextos culturales e históricos que, para empezar, son diversos, donde (a) las diferencias entre los individuos son esperadas y valiosas; (b) las identidades son diversas, cambiantes y productoras de conocimiento; y (c) la participación de los estudiantes produce inclusión, los estudiantes ven que sus perspectivas se integran en sus entornos educativos y su bienestar social y personal es reconocido y valorado.

Un elemento que es crucial para la inclusión escolar es hacer a los niños, niñas y adolescentes protagonistas de los procesos de inclusión. Todos los niños y niñas, no sólo los diagnosticados, los diferentes, los especiales, los extranjeros, los “de color”. La inclusión debe ser una oportunidad para trabajar con todas las diferencias posibles, visibilizarlas y lo más importante: darles la oportunidad de que convivan entre sí. La diferencia no aporta en nada si es puesta a relucir en un insectario, la diferencia es divergencia, conflicto y convivencia, todo a la vez. La inclusión es con toda la comunidad escolar, si no son solo gestos que no generan cambios reales en la vida de las personas.

¿Es posible llevar a cabo esto en la escuela de hoy? No hay que mirar a otros países para ver qué trabajo de adecuación curricular está siendo llevada con éxito en muchas escuelas de nuestro país. Profesoras diferenciales que trabajan con el docente de matemáticas y la intérprete de señas; la llegada de docentes ciegos o sordos en el aula donde hay niños y niñas con diversas discapacidades, la presencia de acompañantes terapéuticos de todo tipo son ejemplos relevantes de trabajo conjunto e interdisciplinar en pro del aprendizaje. La sala cerrada, privada, silenciosa va dando paso de a poco a un espacio abierto, público y diverso.

Ahora bien, lamentablemente no es así en todos los casos. Con preocupación algunos profesionales del área de la inclusión hemos visto que a veces estas adecuaciones curriculares no son tales, y con este nombre se refieren a sacar de la sala e incluso de la escuela, con menos horas o incluso días de clases, a niños y niñas, especialmente con discapacidad intelectual, Síndrome de Down, TEA, u otros diagnósticos similares. Así, en nombre de adecuaciones curriculares muchos niños y niñas se quedan sin asistir a la escuela, comprometiendo a sus familias, especialmente y una vez más a las madres o abuelas que deben ejercer el rol de cuidadoras de manera forzada con el gasto físico, emocional y económico que eso supone. Sacar a un niño de la escuela es ir en contra de su derecho a la educación y es forzar el cuidado familiar con enormes consecuencias negativas, especialmente para las mujeres.

Una cultura inclusiva debe velar por el desarrollo de todos y todas, y tomar decisiones en consonancia con eso. Es comprensible que a veces las escuelas no tengan los profesionales necesarios para cubrir las demandas de trabajo, pero es muy necesario, en nombre del derecho a la educación que todos los niños, niñas y adolescentes de nuestro país tienen, que ellos y ellas puedas asistir a clases y ser parte de las comunidades escolares. Esto se logra con más profesionales y con más preparación, pero también con más desarrollo de una cultura inclusiva. La escuela debería ser el mejor reflejo de la vida social: una vida social diversa y compleja que enseñe a todos y todas a convivir en una sociedad donde los derechos de todos y todas tengan lugar.