Descentrados Chile

Ser mujer y estudiar Literatura en la Universidad

Ilustración: Gustavo Lulo Arias

Por Valentina Mallea Oyarzún
Licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica, mención Literatura. Universidad de Chile. Estudiante de Magíster en Literatura. Universidad de Chile.

Es curioso cómo, durante casi toda nuestra vida, las lecturas que nos imponen -o que elegimos- provienen de la pluma de un hombre. Tenía quince años cuando decidí que quería estudiar Literatura, y no solo porque me gustara leer, que es un requisito básico, sino que quería de alguna u otra forma aprender más allá de lo que era posible narrar y comprender.

Durante los primeros años de la Pandemia y el confinamiento, tuvimos clases remotas donde la participación era casi nula y las pantallas en negro abundaban. Fue entonces, en segundo año, cuando elegí la mención Literatura y tomé un curso de teoría literaria. Sinceramente, era como si me lanzara a una piscina de agua helada: le tenía miedo a la teoría, en gran parte era porque casi no había entendido las clases en línea. Éramos alrededor de cinco estudiantes y yo era la única mujer, todos los demás eran de cursos ya mayores. Significó todo un reto, pero fue una experiencia que me permitió dilucidar el por qué decidí esta carrera y no otra.

Era algo más o menos sencillo y didáctico: el profesor nos presentaba un texto y debíamos comentarlo activamente, sin parar. Fue donde adquirí voz. Antes, no era capaz de participar en clases. Sentí que por fin tenía una voz que solo era mía, donde hasta los silencios también me pertenecían.

Pero luego algunas verdades se asomaron. Pasé a tercer año y en breve al cuarto, la pregunta que más me hice fue: “¿Por qué no leemos mujeres?”. Cuando vimos vanguardias, solo estaba Agustini. En un curso troncal apenas vimos dos: María Luisa Bombal y Marta Brunet… ¿Y qué hay de las demás?

La cantidad de mujeres no se condicen con la cantidad de estudiantes que entran cada año a Literatura en diversas universidades del país. No obstante, algo importante noté en aquellas clases de teoría en segundo año: todo el mundo estaba conformado por hombres, los cuales poseían un tono de voz que denotaba la suficiente seguridad como para convencer a alguien tan insegura como yo de creer a ojos cerrados que estaban en lo correcto. Luego, en tercer y cuarto año, volví a tomar teoría, y el panorama casi no cambió en absoluto: incluso el ayudante hablaba por mí y el mansplaining era recurrente.

No me sorprende entonces el por qué todavía muchos creen que pueden hablar por todos y, aún más importante, por nosotras. Tenían que sacarme las palabras para dar una opinión. Mis compañeros hombres no callaban y no sabía cuál de todos estaba menos funado. Sí, las funas abundan en el espacio universitario y todavía no hay políticas que resguarden efectivamente los espacios de representación para mujeres y diversidades sexo-genéricas, como si existiera un recelo a excluirlos de un momento que debiese pertenecernos solo nosotras.

Ser mujer y estudiar literatura, por ende, se volvió más que difícil. Volví a escribir solo para mí, aquella voz que creí tener me la estaban arrebatando en cada comentario que hacía, donde siempre me interrumpía un compañero. Si queremos extrapolar el asunto basta con ver las lecturas domiciliarias y notar cuántas corresponden mujeres. Se dice en Chile que ser mejor en matemáticas se da más en los hombres y lenguaje en las mujeres, ¿por qué permitimos que este dicho sexista persista?

La mujer, hace siglos, debió y debe quedarse en el hogar. Así lo ha dictado la norma. Aquel oikos amedrentado por el cual Virginia Woolf no dudó en elaborar Un cuarto propio. Propio, sí, de nosotras, pero cuando queremos llegar a otros lugares es donde nuestra voz pesa menos, es minorizada y vista desde la distancia, casi como si no se escuchara.

Me apena que nos sigan arrebatando la voz y la vida. Me llena de rabia que el “Mayo feminista” se sienta tan lejos a veces: entregamos todo en cada marcha, en cada grito, en cada consigna, porque ser mujer es también un acto político y no hay que poner jamás en duda que nuestros derechos pueden verse amenazados. Nada es seguro mientras se es mujer. Ni en el colegio, ni en la universidad, ni en los espacios que se conforma la sociedad.

Simplemente, como dicen Los Prisioneros, porque Dios así lo quiso, porque Dios también es hombre.