Descentrados Chile

Implicancias de ser niña en contextos patriarcales: un desafío en torno a los derechos humanos y al género

Fotografía: Florencia , 10 años.

Por Marjoreyn Barrientos Donoso
Trabajadora Social y Arterapeuta
Diplomada en Género y Políticas Públicas
Asociación Pro-Naciones Unidas- ACHNU

El preguntarnos en torno a las implicancias para las niñas y adolescentes de nacer, vivir y desarrollarse en escenarios marcados y determinados por el sistema patriarcal es una urgencia -y deuda histórica del mundo  adulto- a partir de las diversas vulneraciones arraigadas en el sistema sexo/género y que van determinando patrones de abuso y sometimiento, lo que sumado a interseccionalidades como el adultocentrismo[1], generan escenarios fértiles para la vigencia del abuso, sometimiento y de las violencias de miles de niñas y adolescentes en el mundo.

El patriarcado es una creación histórica elaborada por hombres y mujeres que demoró aproximadamente 2.500 años en instalarse. La unidad básica de su organización era la familia patriarcal, que expresaba y generaba constantemente sus normas y valores, lo cual sumado a instituciones como el Estado y la iglesia posibilitaron su rápida expansión.  Si miramos la definición del sistema patriarcal -como sistema sociopolítico que, define patrones de género, desde lo binario- tal como señala Adrianne Rich[2], “contiene en sí la comprensión de un sistema familiar y social, ideológico y político con el que los hombres, a través de la fuerza, la presión directa, los rituales, las tradiciones, la ley, el lenguaje, las costumbres, la educación y la división del trabajo, determinan cuál es o no el papel que las mujeres deben interpretar con el fin de estar, en toda circunstancia, sometidas al varón, descartando además la emergencias de diversidades fuera del sistema heterosexual”. Así, entendido el patriarcado, se trata de un sistema de dominio institucionalizado que mantiene la subordinación e invisibilización de las mujeres y todo aquello considerado como ‘femenino’, con respecto a los varones y lo ‘masculino’, creando así una situación de desigualdad estructural basada en la pertenencia a determinado sexo biológico.

Es así como, durante casi cuatro mil años, las mujeres -y las niñeces- han desarrollado sus vidas en un sistema sociopolítico de dominación, opresión y subordinación, en el que las agresiones, vulneraciones y malos tratos surgen como una consecuencia de los mecanismos de control establecidos y legitimados por este sistema.

En relación con lo anterior, la hegemonía masculina en el sistema de símbolos adoptó dos formas: la privación de educación a las mujeres y el monopolio masculino de las definiciones.

En este contexto, no es lo mismo nacer niña que niño, nos enfrentamos a procesos de socialización distintos, uno, el de la mujer volcada al cuidado, a la sumisión/obediencia y al mundo de lo privado, y el del varón marcado por el fomento de la creatividad, la expansión, la agresividad y el dominio.

La socialización de género es el proceso mediante el cual, niños, niñas y adolescentes aprenden las expectativas sociales, actitudes y comportamientos típicamente asociados con cada cual. En función de esto, dicho proceso constituye uno de los mecanismos mediante el cual se expresa la cultura política, se transmiten valores, creencias, mitos, símbolos, modelos de comportamiento y actitudes que asumen las personas en las diferentes etapas de su desarrollo sociocultural.

La socialización de género empieza durante la infancia, desde casi el momento en el cual los padres biológicos empiezan a socializar a sus hijos/as, como niños o niñas sin siquiera darse cuenta, y que se refleja en ejemplos tales como la tendencia a designar el género antes del nacimiento, la elección de objetos, ropa y otros utensilios con características binarias, o bien, el modelamiento de juegos que favorecen la adquisición de roles sociales binarios dentro de la primera infancia- niñas que juegan a cocinar, niños que juegan al fútbol- (Begley, 2009; Eliot, 2009). De allí que, sea beneficioso entonces, distinguir el rol que juegan los diversos agentes socializadores como la familia, la escuela, las relaciones entre iguales, los medios de comunicación de masas, las pautas y valores que las infancias y adolescencias van asumiendo como propias.

En este sentido surgen diversas interrogantes ¿Cómo aportamos a desmantelar dicho sistema, y su consiguiente socialización de género? ¿Cómo generamos quiebres en la transmisión de pautas transgeneracionales de sometimiento? ¿Cómo tensionamos las causas a la base de las vulneraciones de derechos que afectan a miles de niños, niñas y adolescentes en nuestro país, en el mundo?

Sin duda son preguntas difíciles de responder, pero necesarias para impulsar procesos de transformación social, empezando por la concientización del mundo adulto respecto a las niñeces como sujetos/as plenos/as de derechos, completos/as, importantes, necesarios/as y el trabajo de las causas sociales, estructurales y culturales de las vulneraciones, imbricadas en un sistema orientado a la perpetuación de la dominación a partir del sistema sexo/género.

En el ámbito nacional y mundial, los movimientos de mujeres han impulsado la acción a favor de la igualdad de género, de la visibilización de las violencias y de tensionar el sistema sexo/género binario que releva el sistema heterosexual como única identidad “normal”. Es así, que podemos definir al feminismo como un movimiento político, social y filosófico radical que afirma a las mujeres como personas con derechos y, que busca crear conciencia y condiciones para transformar las relaciones sociales, la igualdad entre las personas y la eliminación de cualquier forma de discriminación o violencia contra las mujeres, y también de las niñeces.

Cabe indicar que el enfoque de género -desarrollado ampliamente por el movimiento de mujeres- es profundamente cuestionador de las relaciones de poder, al develar una relación social entre hombres y mujeres establecida sobre la base de patrones culturales que instalan y justifican la desigualdad y la subordinación de éstas, de las niñeces y de las diversidades. Además, constituye una base teórica, una forma, una metodología de interpretación y un instrumento de análisis que, orienta las decisiones, amplía y cambia la mirada, permitiendo identificar y enfrentar los condicionamientos de género. A partir de lo anterior, es profundamente necesario que las diversos programas, instituciones que trabajamos con niñas, niños y adolescentes anclemos nuestras acciones desde el enfoque de género -complementario al enfoque de derechos humanos- cuestionando los procesos de socialización binarios, generando discusión/tensión de los estereotipos de género, desarrollando herramientas situadas que posibiliten a niñeces y adolescencias contar con una educación (formal e informal) en sexualidades que promuevan el quiebre de los patrones culturales/transgeneracionales a la base de las vulneraciones que les afectan.

No obstante lo anterior, el desafío de nosotras/os como adultos/as es desmantelar nuestros prejuicios, nuestras crianzas patriarcales, ejerciendo un rol efectivo de garante de derechos humanos, generando espacios libres de discriminación, visibilizando las violencias que les afectan en tanto niñas, niños y niñes y capacitándonos en nuevas miradas que posibiliten avanzar interseccionalmente a crear mundos más protectores, conscientes y lúcidos para nuestros niñeces y adolescencias.

Referencias:

[1] El adultocentrismo se refiere a “cualquier comportamiento, acción o lenguaje que limita o pone en duda las capacidades de los adolescentes por el solo hecho de tener menos años de vida” que un adulto (UNICEF, 2013)

[2] Adrianne Rich, lesbiana, poeta, ensayista, académica, intelectual y una de las escritoras más influyentes del movimiento feminista. Cita extraída de “Ensayos Esenciales”.