Descentrados Chile

Niñeces en la ciudad: apropiación de espacios desde una nueva mirada

Fotografía: emicristea de Getty Images

Por Xaviera González Bermúdez
Psicóloga de la Universidad Diego Portales, Magíster en Psicología Social, de la Universidad Alberto Hurtado, defensora de niñeces y juventudes y amante de las conversaciones profundas sobre transformación social.

Hablar de seguridad pública siempre es complejo, porque vivimos en tiempos muy convulsionados y las noticias sobre hechos delictuales se encuentran a la orden del día. Poco se habla de todo lo no-delictual que transcurre día a día en nuestro territorio y de cómo podemos potenciar esas formas de vida que sostienen ambientes más amigables para las personas.

Los espacios públicos de la ciudad (plazas, calles, lugares abiertos) son el campo social por excelencia, al constituirse como el principal lugar en el cual se lleva a cabo la vida social y donde se ponen en juego las relaciones de poder. Los espacios públicos debieran cumplir un rol de encuentro ciudadano y democracia, enmarcado en ciertas reglas que permitan la sana convivencia, la justicia, y la participación equitativa. No obstante, sabemos que hoy en día el espacio público se encuentra cada vez más degradado y en desuso, impidiendo que los ciudadanos participen de él en igualdad de condiciones.

La creciente industrialización y tecnologización de nuestras ciudades, junto con el fortalecimiento de los valores neoliberales de libre mercado y competencia, han tenido como efecto que, sobre todo en los conos urbanos, las personas nos hayamos encerrado en una cultura de individualismo hiperconectado. Estamos al tanto de todo lo que sucede en el mundo en tiempo real, sin embargo, nuestras oportunidades de encuentro genuino con otros, de conexión y cohesión social, son cada vez más escasas.

Las sociedades urbanas han cambiado de manera bastante evidente: vivimos en un mundo acelerado e hiperalerta, donde la violencia, el conflicto y la defensividad permean nuestras interacciones más de lo que quisiéramos. Nuestro entorno está sucio y no solo por la basura, el ruido y la contaminación; la falta de condiciones dignas para existir, trabajar y movernos en la ciudad nos ha llevado a una olla de presión en nuestra salud mental que busca sus escapes cada vez que puede y de la peor manera.

Si bien la vida en la ciudad presentó en algún momento una oportunidad para muchas familias de zonas rurales para salir de la pobreza y acceder a mejores trabajos, es evidente que también existió una merma en la calidad de vida de dichas familias al tomar en consideración las desigualdades territoriales presentes en nuestro país.

Las ciudades modernas comprenden toda una serie de desafíos, cada vez más inéditos y complejos. Si bien cada territorio en nuestro país presenta condiciones particulares de apropiación de espacios públicos, tendiendo algunos a mayor segregación y precariedad material que otros, la marginalidad es particularmente patente en la zona Metropolitana, donde niños, niñas, adolescentes y jóvenes de sectores vulnerables se ven mayormente afectados en sus condiciones de desarrollo y bienestar.

Según el Comité de los Derechos del niño, en el mundo los niños más pobres están expuestos a los peligros de ciudades sobrepobladas, tráfico no controlado, sistemas de alcantarillado abiertos, aguas contaminadas, calles mal alumbradas y congestionadas, transporte público inadecuado, falta de espacios verdes y áreas de juego, escasos servicios culturales, asentamientos irregulares, ambientes peligrosos y situaciones de violencia (Comité de los Derechos del Niño, 2013). Los riesgos a nivel humano en las zonas urbanas también son grandes: la delincuencia, la violencia relacionada con la droga, el riesgo de trata infantil, la violencia sexual, entre otras.

La vida actual de los NNAJ transcurre a un ritmo distinto que la vida de los NNAJ de generaciones anteriores, particularmente después de la Pandemia. Quizás algunos somos capaces de apreciar cómo la forma en que ha cambiado nuestra rutina cotidiana no es más que un espejo del modelo de sociedad que hemos creado: una cultura centrada en el individualismo, la competencia y la desconfianza. Pero para los NNAJ de hoy, encerrarse en casa y en las pantallas es la manera más fácil de protegerse de los peligros del exterior y a la vez de desconectarse de todo lo malo que está sucediendo. El encierro hiperconectado es la nueva normalidad.

Nuestras ciudades modernas no contemplan la participación de niños y niñas en la planificación urbana, lo cual sigue una tendencia de histórica exclusión de este grupo etario de toda instancia de decisión o de la posibilidad de tener un rol activo en la construcción de la convivencia social. No participar de la planificación espacial tiene como consecuencia una falta de apropiación de los espacios, al no ser estos “idóneos” para la actividad diaria de niños, niñas y adolescentes, quienes quedan, consecuentemente, marginados de dichos espacios.

El espacio público puede verse como un lugar peligroso para NNAJ, tanto por los riesgos a los cuales pueden verse expuestos, como porque su comportamiento pudiera ir en contra de las normas establecidas por el mundo adulto para regular el uso de dicho espacio. Sobre todo, en los últimos años y en parte producto de lo anterior, niños y niñas han quedado relegados a los espacios privados, los cuales son considerados “más seguros” para ellos, perjudicando sus posibilidades de sano desarrollo y limitando su capacidad de participar, apropiarse y construir ciudadanía en conjunto con sus pares y con adultos (Maïa, 2016).

Incluir las necesidades de los niños en la planificación urbana es algo innovador y poco encontrado a lo largo del mundo. Existen algunas experiencias exitosas que apuntan a esto, tales como el proyecto “Ciudad de las Niñas y los Niños” que llevó a cabo Tonucci en Fano, Italia, en 1991. La ciudad de los niños fue administrada por el municipio y se propuso como primera meta “estudiar y experimentar en modificaciones a la ciudad asumiendo al niño/a como parámetro” (Corvera, 2014).

Esta iniciativa se ha replicado en distintos lugares del planeta a lo largo de los años y ha tomado como principio mandante la inclusión participativa de la opinión de niños y niñas en todo lo que concierne a ellos en el espacio público. Crearon Consejos de Niños que tuvieron la autonomía y respaldo para diagnosticar sus propios problemas y diseñar sus propias propuestas de mejora, avanzando en soluciones creativas que muchas veces escapaban las posibilidades del mundo adulto.

Por ejemplo, en la ciudad de Rosario, Uruguay, el Consejo de Niños y Niñas creó la iniciativa “Siéntese, siéntase parte del juego”, que consistió en diseñar bancas en las plazas que invitan a los vecinos y vecinas a sentarse y hacerle compañía a los niños mientras juegan. La iniciativa surgió de la voz de un niño que opinó que sería bueno algo así como “tener a dos padres tomando mate en una esquina”, en respuesta a las pedidas de más mano dura y policías que hacían los adultos por el problema de seguridad (Corvera, 2014).

La construcción de ciudadanía desde la infancia no es sólo una manera de materializar el ejercicio de derechos de los niños, niñas y adolescentes del país, sino que también permite trazar un camino a largo plazo para promover prácticas de democracia y sana convivencia en la sociedad, contribuyendo positivamente a las relaciones intergeneracionales que se despliegan en el espacio público. La inclusión de los niños y niñas en la vida social les da un reconocimiento y una voz para ser actores protagónicos en la construcción de su bienestar; les permite visibilizar sus necesidades y entablar diálogos con el mundo adulto que apunten a una mejora en sus condiciones de vida.

Más allá del debate respecto de las medidas que deben tomar las autoridades para disminuir la percepción de inseguridad de la población, cabe preguntarse respecto del enfoque desde el cual estamos abordando este fenómeno y cómo éste se relaciona con la calidad de vida de quienes habitan la ciudad.

Las encuestas políticas de turno dan cuenta de que una gran cantidad de personas piensan que la principal medida para enfrentar problemas de seguridad es endurecer las penas para los delincuentes. No obstante, estudios han mostrado que la apropiación de los espacios públicos puede ser un factor disuasivo para el delito.

Un cambio de enfoque en temas de seguridad implica poner el acento en lo que no es punitivo, sin dejar de pensar en cómo disuadir el delito. Hablar de seguridad ciudadana nos lleva necesariamente a reivindicar el lugar funcional que tienen los espacios públicos a la hora de fortalecer la seguridad (Gutiérrez, Miranda, 2018); la capacidad que tienen las personas para sentirse seguras realizando las actividades de su día a día y embarcándose en el complejo entramado de la convivencia social, donde se enfrentan desafíos y problemas comunes.

Algunos teóricos y estudiosos han planteado que una ciudad que es segura para los más débiles y vulnerables, por ejemplo, los niños, es más segura para todos. Si nuestros espacios públicos cuentan con las condiciones para ser utilizados de manera segura por los NNAJ, podemos esperar una disminución en todo tipo de riesgos y peligros para la población.

De esta manera, podríamos decir que un espacio público amigable para NNAJ no es sólo uno que cuente con la infraestructura o servicios adecuados, ya que además es uno que contempla la visión de los niños en el diseño e implementación del espacio. Uno que cuenta con suficientes oportunidades para jugar, crear y convivir, no sólo entre niños, sino que también con los adultos. Un espacio donde ejercer ciudadanía y donde experimentar el espacio público en su dimensión más pura: la que nos permite encontrarnos y vernos sin importar quiénes somos o de dónde venimos.

 Referencias

Comité de los Derechos del Niño (2013). Observación General núm. 17, “El derecho del niño al descanso, el esparcimiento, Espacio urbano, ciudadanía e infancia el juego, las actividades recreativas, la vida cultural y las artes (artículo 31)”, CRC/C/GC/17

Corvera, N. (2014). Niñas y Niños de Rosario y Montevideo: la voz de una nueva ciudadanía. EURE (Santiago), 40(119), 193-216. https://dx.doi.org/10.4067/S0250-71612014000100009

Gutiérrez, J., Miranda, C. (2018). “Espacios públicos seguros: políticas urbanas con enfoque de seguridad ciudadana”. Universidad Nacional Autónoma de México y Asociación Mexicana de Ciencias para el Desarrollo Regional AC, Coeditores.

Maïa, T. (2016). Espacio urbano, ciudadanía e infancia: apuntes para pensar la integración de los niños en la ciudad. En Ramírez, P. (coord.) La reinvención del espacio en ciudad fragmentada. México: UNAM, Instituto de Investigaciones Sociales, Programa de Maestría y Doctorado en Urbanismo, 409-438.