Descentrados Chile

Polivictimización: definición y principales consecuencias psicosociales en niños, niñas y adolescentes.

Fotografía: Emi, 6 años

Por Miguel Urrutia Labrín
Psicólogo

El investigador Finkelhor (2007) identificó que los niños, niñas y adolescentes, por su condición de vulnerabilidad y subordinación tienen más probabilidad, a lo largo de sus vidas, de padecer múltiples tipos de violencia, lo cual puede generar graves consecuencias psicológicas. Esta situación fue descrita por el autor como polivictimización, cuya definición corresponde a la experiencia que tiene un individuo de sufrir múltiples victimizaciones de diverso tipo, tales como abuso sexual, abuso físico, bullying o exposición a violencia familiar, definiéndolo por lo tanto como la ocurrencia, durante el crecimiento, de más de una forma de victimización, dando paso a experiencias disruptivas y/o maltratos multifocales que impactan y generan daño en el desarrollo de un niño, niña o joven. Esta definición hace hincapié en los diferentes tipos de victimización, en lugar de sólo múltiples episodios del mismo tipo de victimización, indicando una vulnerabilidad más generalizada (Finkelhor et al., 2011).

Según esta definición, es posible establecer ciertas hipótesis respecto del fenómeno de la polivictimización y las consecuencias psicosociales que pueden asociarse como afectación en las diferentes áreas del desarrollo de los niños, niñas y adolescentes. Es tal, que en diferentes investigaciones revisadas para esta columna, se ha determinado que existen coincidencias en algunos estudios respecto de cuáles son las principales consecuencias psicosociales correlacionadas con el fenómeno de la polivictimización, sus caminos conducentes y sus características, dependiendo de los contextos evaluados, de las muestras seleccionadas, las diferencias etarias entre los grupos de niños, niñas y adolescentes, así como de los objetivos específicos de cada estudio en relación con la temática de polivictimización.

En estudios realizados se ha pesquisado que el número medio de síntomas psicológicos infantiles fue mayor en los grupos de adolescentes de mayor polivictimización, asimismo los problemas cognitivos y psicológicos son más frecuentes entre quienes tienen más experiencias de victimización. También se encontró una asociación altamente significativa con la polivictimización entre los adolescentes de 12 a 18 años y las características cognitivas y psicológicas medidas como: la inteligencia, depresión, síntomas psicóticos, síntomas internalizantes y externalizantes y déficit atencional con hiperactividad (Tanksley et al., 2020).

Se tiene que, el experimentar polivictimización se asocia con una menor presencia de recursos protectores en los dominios de resiliencia individual, familiar y comunitaria en una muestra de adolescentes de 12 a 17 años pertenecientes a residencias de protección, resultando que las puntuaciones altas en los dominios de resiliencia obtenidos en el Cuestionario de Resiliencia Adolescente, se asociaron con menos síntomas internalizantes y externalizantes, proveyendo, además, que los factores protectores individuales y ambientales están doblemente involucrados con la resiliencia, porque están asociados negativamente con la acumulación de experiencias de victimización y también relacionados con la salud mental (Segura, Pereda, Guilera y Hamby 2017).

La polivictimización se relacionó positivamente con la salud mental de los niños, niñas y adolescentes en un estudio cuyo objetivo fue examinar la relación entre la polivictimización y la salud mental en los niños en situación de calle en la ciudad de Lahore en Pakistán (Bashir & Dasti 2015). A nivel global se encontró que las subescalas de angustia psicológica eran positivas, mientras que el bienestar psicológico se relacionó negativamente con la polivictimización, indicando que la polivictimización predice significativamente la ansiedad, la depresión y la pérdida del control conductual y emocional, el afecto positivo general, los lazos emocionales y la satisfacción con la vida (Bashir & Dasti 2015) teniendo en cuenta, además, que la acumulación de experiencias de victimización a lo largo de la vida debe considerarse al evaluar los efectos de la polivictimización en la salud mental, siendo la polivictimización el predictor más preponderante respecto del deterioro psicológico en relación con cualquier otra victimización individual, incluso la victimización crónica (Álvarez-Lister et al., 2016).

También, el fenómeno de la polivictimización está asociado fuertemente con la aparición de múltiples efectos negativos en el desarrollo infantil, incluyendo traumas complejos del desarrollo (Pinto-Cortez y Venegas Sanhueza 2015) y sus consecuencias en la deficiente regulación emocional y afectación de relaciones interpersonales, siendo jóvenes en alto riesgo de padecer problemas psicológicos o verse involucrados en conductas delictivas (Pereda, Abad y Guilera, 2015).

Una alta prevalencia de polivictimización es un predictor significativo de casos con graves problemas de pensamiento, conducta transgresora de normas y síntomas de ansiedad y depresión, siendo los niños, niñas y adolescentes polivíctimas más propensos a desarrollar síntomas clínicos como pensamientos intrusivos, problemas para dormir, actos repetitivos, ver cosas que no existen o que no están ahí, tener ideas extrañas o ejecutar autolesiones, incluso, algunos de estos problemas podrían ser compatibles con síntomas de reexperimentación intrusivos postraumáticos, como flashbacks o sueños recurrentes (Segura et al., 2016).

Referente a la aparición de síntomas según nivel de victimización, en un estudio cuyo objetivo, entre otros, fue determinar el efecto acumulativo de las victimizaciones sobre la salud mental, se encontró que un alto porcentaje de polivíctimas (el 45% de la muestra estudiada), alcanzó el rango clínico en la escala YSR (Youth Self-Report) que mide el nivel general de síntomas psicológicos, donde la probabilidad de alcanzar un nivel clínico, fue 26 veces mayor que la de los adolescentes no víctimas, observándose una progresión del efecto de la victimización sobre el desajuste psicológico, concluyendo que la probabilidad de presentar síntomas psicológicos a nivel clínico es considerablemente mayor en el grupo de polivíctimas que en el grupo de no víctimas (Kirchner et al., 2017). Lo anterior, hace referencia a la necesidad de mirar en profundidad los entornos clínicos, debido a que la polivictimización es un problema prevalente para los adolescentes en dichos contextos, mostrando que en comparación con la población general, estos pacientes tienen casi el triple de riesgo de victimización, triplicándose los riesgos de ser víctima de delincuencia convencional, victimización por parte del cuidador, testigo del cuidador y victimización indirecta en comparación con los adolescentes que no son usuarios de la atención en salud mental. Por tanto, se revela que la polivictimización es el predictor más preponderante respecto del deterioro psicológico en relación con cualquier otra forma de victimización individual, incluso la victimización crónica, lo que puede señalar, en consecuencia, que la acumulación de experiencias de victimización a lo largo de la vida debe considerarse al evaluar los efectos de la polivictimización en la salud mental (Álvarez-Lister et al., 2016) sobre todo, prestar principal atención a los grupos con altas tasas de polivictimización, haciendo énfasis en la necesidad de identificar y ayudar a las polivíctimas para evitar problemas de salud mental y el riesgo de reproducir comportamientos violentos (Méndez-López y Pereda 2019).

En los niños, niñas y adolescentes polivictimizados, los síntomas depresivos aumentan y su autoestima es más baja que en el grupo de no polivíctimas (CONSEJO NACIONAL DE LA INFANCIA 2018), lo que resulta interesante de relevar, ya que se ha encontrado que el apoyo social mejora la autoestima, especialmente entre las niñas y, por lo tanto, es plausible que la naturaleza protectora del apoyo social de amigos y familiares para las niñas expuestas a polivictimización pueda explicarse en parte, las mejoras en la autoestima.  En el estudio de Crush, Arseneault y Fisher (2018), se encontró que la baja autoestima predice fenómenos psicóticos en poblaciones no clínicas y mostró que media en las asociaciones entre la victimización y las experiencias psicóticas de los adolescentes (refiriéndose exclusivamente al grupo estudiado).

En otro estudio referente a las experiencias psicóticas reportadas por adolescentes entre los 12 y los 18 años, estas fueron más comunes en quienes estuvieron expuestos a un tipo de victimización, y más aún, entre los expuestos a dos o más tipos de victimización frente a los no expuestos a ninguna victimización. Donde, además, el grupo de polivictimizados, presenta una mayor probabilidad de reportar experiencias psicóticas a los 18 años, manteniéndose esta asociación después de controlar como variables, el nivel socioeconómico de la familia, los antecedentes psiquiátricos familiares, los síntomas psicóticos con aparición a los 12 años y otros problemas de salud mental a los 12 años (Crush, Arseneault, Moffitt, et al., 2018).

En esta línea, otro estudio que seleccionó una muestra de niños, niñas y adolescentes pertenecientes a Residencias de Cuidado Infantil (RCC), demostró que las niñas altamente polivictimizadas reportaron significativamente más problemas de consumo de alcohol que las niñas de los grupos de baja y media polivictimización y, que los niños altamente polivictimizados, reportaron significativamente más problemas de consumo de alcohol que los del grupo de baja polivictimización (Fernández-Artamendi et al., 2020). La polivictimización no se asoció con CUP (Cannabis use problems) ni en niños ni en niñas, mientras que AUP (Alcohol use problems) se vinculó con la polivictimización tanto en niños como en niñas.

Para las niñas y niños polivictimizados existe una alta probabilidad de participar en peleas físicas y de tener múltiples parejas sexuales. Así también, existen asociaciones significativas entre la polivictimización y síntomas de problemas de salud mental, como la aparición de ideas suicidas y los planes para suicidarse, así los niños, niñas y adolescentes que fueron polivictimizados presentan más probabilidades de experimentar síntomas de ansiedad, depresión o estrés, que luego los llevan a tener pensamientos y planes suicidas (Le et al., 2016a).

Al respecto, en otra investigación, la polivictimización se asoció significativamente con el suicidio, observándose que, de los adolescentes con comportamiento suicida, el 72,2% de la muestra fueron polivíctimas, demostrando que las polivíctimas tenían el doble de probabilidades de presentar tendencias suicidas en comparación con los adolescentes que sufrieron menos de ocho tipos de victimización (Suárez-Soto et al., 2019).

La polivictimización aumenta significativamente el riesgo de conducta suicida. Los niños, niñas y adolescentes con comportamientos suicidas presentaron factores de resiliencia bajos en los dominios de familia, compañeros, escuela, comunidad y uno mismo. En cambio, en los niños, niñas y adolescentes sin comportamiento suicida, los factores de resiliencia asociados al dominio individual (insight emocional, regulación positiva de las emociones) proporcionaron mayor protección contra conductas suicidas. Respecto a la observación de los factores relacionados significativamente con la conducta suicida, se menciona que existen aquellos que reducen el riesgo, como el dominio de la auto-resiliencia y la existencia de factores que lo aumentan como la polivictimización, lo que evidencia la gravedad cualitativa de este fenómeno (Suárez-Soto et al., 2019).

El inicio temprano de la exposición a la violencia, así como la exposición recurrente al riesgo durante la niñez y la adolescencia, orientan que la evaluación de la victimización y el trauma debe ocurrir temprano y frecuentemente en la vida de los niños y niñas. Asimismo, que los programas o servicios para abordar formas múltiples y concurrentes de exposición a la violencia podrían implementarse a lo largo de la vida de los niños, niñas y, especialmente durante la adolescencia donde se ve aumentada la probabilidad de polivictimización (DeHart y Moran 2015).

Los adolescentes más victimizados tienden cada vez más a regular su estado emocional a través de estrategias de evitación, siendo esto explicable a partir de la percepción de haber perdido el control sobre su victimización y que la indefensión aprendida entra en juego, por tanto, llegan a pensar que participar en estrategias directas de afrontamiento probablemente sea ineficaz (Kirchner et al., 2017). Así, los síntomas de internalización se relacionaron directamente con la polivictimización y el uso de estrategias de afrontamiento no productivas, detectándose, además, una relación inversa entre síntomas internalizantes y apoyo social (Guerra et al., 2016).

Empero, en otra investigación cuyo objetivo fue investigar si el apoyo social actúa como protector de las experiencias psicóticas de manera similar entre los adolescentes polivictimizados, se encontró que el apoyo social percibido es más protector entre las niñas expuestas a la polivictimización que entre los niños. Además, entrega evidencia de que el apoyo social percibido total y el apoyo de familiares y amigos, son protectores en relación con las experiencias psicóticas entre las niñas expuestas a múltiples formas de victimización, así los niveles más altos de apoyo social percibido por las polivíctimas se asociaron con una menor probabilidad de experimentar episodios psicóticos adolescentes entre los expuestos a la polivictimización (Crush, Arseneault y Fisher 2018) aspecto que es reconocido también en el estudio desarrollado por Crush, Arseneault, Moffitt, et al. (2018), quienes al considerar las subescalas de apoyo social por separado, asociaron dos de ellas significativamente (apoyo de la familia y el apoyo de los amigos) con la ausencia de experiencias psicóticas entre los adolescentes polivictimizados.

 

Referencias

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