Descentrados Chile

El sueño chileno

Fotografía: Bastián, 11 años.

Por Iskra Pavez Soto
Trabajadora Social, Máster en Escritura Creativa y Dra. en Sociología, académica, escritora y poeta.

Jesús (pseudónimo) se llama el joven caminante, sus ojos de color pardo y los labios gruesos hacen contraste con la mandíbula fina. Su piel morena se ha resquebrajado en los pómulos. Se nota que ha estado expuesto a los rayos del sol americano. Tiene el pelo crespo y enredado en una cola. Su ropa se ve sucia o descuidada. Lleva una camiseta de algodón que alguna vez fue blanca y ahora luce manchas delatoras, los pantalones de mezclilla están rasgados y las zapatillas rotas. Ha caminado más de cinco mil kilómetros desde Venezuela para llegar a Chile.

Jesús dice que allá no hay futuro y él tiene la vida por delante. A sus 16 años ya ha desarrollado masa muscular y ha logrado un buen porte. Quiere trabajar y ayudar a su madre y a sus tres hermanitos, porque su padre nunca ha estado presente y la crisis no da tregua. Durante el periplo, llama y le escribe a su madre a diario para contarle sobre su trayecto y saber cómo están los pelaos.

Jesús es uno más de los millones de venezolanos que se han visto obligados a salir al extranjero debido a una crisis política sin precedentes en la región latinoamericana. La mayoría de las personas emigra en busca de mejores condiciones de vida para sus hijas e hijos. Se trata de una migración con un marcado carácter familiar. Durante el último tiempo, la localidad fronteriza de Cúcuta ha sido testigo de la llegada de grandes masas de población que hacen la travesía hacia Colombia, allí reciben asistencia en albergues gestionados por congregaciones religiosas.

Durante la pandemia de COVID 19, los gobiernos decretaron diversas medidas para evitar su propagación, como las cuarentenas y el cierre de las fronteras. Sin embargo, esto último por sí solo no detiene los flujos migratorios, por el contrario, genera la búsqueda de alternativas que casi siempre implica la intervención de bandas delictuales dedicadas al tráfico de migrantes, como los llamados “coyotes”. Son grupos armados que cobran por el cruce o el ingreso de las personas extranjeras por pasos no habilitados o donde no haya policías o militares resguardando. Jesús y los migrantes empobrecidos como él saben que echar mano de los coyotes significa un delito y la eventual deportación, si son detectados. Pero, no tienen nada que perder, porque ya lo perdieron todo, en su país de origen y en el tránsito han quedado en situación precaria y solo tienen a su haber un desaseado cuerpo hambriento cansado de caminar y dispuesto a todo, con tal de alcanzar el sueño dorado.

En el centro de migraciones de Cúcuta, Jesús conoce a un par de muchachos que andan solos, igual que él, deciden agruparse y se acoplan a una caravana de migrantes para cruzar la selva colombiana. En el camino, la guerrilla paramilitar los amenaza con metralletas, las guaguas lloran y las mujeres gritan, los hombres se ven obligados a pelear. Jesús corre sin mirar atrás, pierde a sus amigos y algunas pertenencias, pero logra zafar. Luego cruza a Ecuador, ahí trabaja cuidando automóviles y consigue subsistir, alterna con otras personas caminantes y todas juntas se dan compañía y protección. Como es su costumbre, llama a su madre, pero dulcifica la escena y monta una verdadera aventura en la imaginación de sus hermanitos, quiere que lo vean fuerte y defensor. En Perú le gritan “arepa, devuélvete a tu país”, “policía, cuidado con ese chico andrajoso, seguro que anda robando”. Para cruzar la frontera hacia Bolivia los coyotes le piden su teléfono celular y Jesús debe entregarlo, porque es lo único valioso que lleva a cuestas.

Logra llegar al último pueblo boliviano llamado Písiga Bolívar y alcanza a cruzar la frontera hacia Chile, antes de que coloquen el pequeño candado en la puerta de fierro del complejo fronterizo Colchane a las seis de la tarde en punto. Primero ingresa a la Aduana para que lo revise el Servicio Agrícola Ganadero (SAG), pero no encuentran nada sospechoso en su atavío, no lleva equipaje; luego lo atiende la Policía de Investigaciones (PDI), quien no puede ver sus datos personales en línea. El chico está indocumentado, no tiene papeles, la fotocopia de la fotocopia de su carnet de identidad se volvió un puñado de pedacitos mojados y arrugados al cruzar un río en una lejana frontera. Le cuenta al policía de turno en medio de lágrimas y pucheros que en el camino lo asaltaron bandas de delincuentes y que le robaron su mochila y el celular, que poco a poco fue perdiendo sus objetos personales hasta quedar con lo puesto.

La policía le aplica un cuestionario estándar y notifica al juzgado de garantía de Pozo al Monte que tal vez se trate de un menor no acompañado. El juez sentencia que Jesús es un adolescente separado de sus familiares y encarga su protección temporal al dispositivo transitorio Colchane, instalado al costado del complejo fronterizo. Esta noche Jesús va a pernoctar en el primer campamento de refugiados de Chile. Se trata de un dispositivo administrado por el gobierno regional de Tarapacá y asistido por organizaciones no gubernamentales (ONG) y organismos internacionales (ONU, ACNUR, etc.).

Al joven migrante le dan una colación: un té hirviendo en un vaso de cartón y un pan con margarina y queso gouda envuelto en una servilleta. Le informan que tiene acceso a bañarse y puede dormir en una litera, ya que le conceden una unidad habitacional de refugiado. Mientras sigue a la espera de la resolución judicial que dicte su ingreso a una residencia del servicio público de protección de la infancia o la asignación de una gift card que le permita comprar el pasaje de un bus rumbo a Santiago, donde podría reunificarse con parientes lejanos que asegura lo van a recibir.

Colchane es un caserío ubicado en medio del desierto y el altiplano, a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, donde el oxígeno escasea y se dificulta el respirar y las labores más simples o cotidianas se vuelven una odisea. Además, el clima es extremo, hace mucho calor durante el día y un frío bajo cero en la noche. En la zona habitan pocos habitantes, gran parte de ellos son indígenas aimaras que practican la trashumancia, es decir, van recorriendo la tierra acompañando a sus animales en busca de alimentación. Colchane está ubicado de forma estratégica en este lugar, con el objetivo de hacer soberanía y patria en la frontera norte chilena.

Desde hace un par de años se observa la llegada de población venezolana a Chile, en los inicios de la diáspora eran profesionales de clase media que vieron afectada su situación por la crisis, llegaban por vía aérea con un proyecto migratorio claro, que involucraba empleo y hogar. No obstante, durante la Pandemia y en la época postpandemia, el patrón migratorio ha cambiado y hoy en día es habitual ver llegar gente empobrecida e incluso menores de edad que hacen la ruta a pie por el cono sur y podrían ser considerados refugiados, tal como el caso de Jesús.