Descentrados Chile

¿Qué pasó contigo Costa Rica, dónde está el «pura vida»?

Fotografía: Pinterest

Por Shirley Ruiz

Artista, Costa Rica 

 

En el 2014 vivía lejos de casa, en Argentina, un país inmenso que me abrió sus puertas y me enseñó, sin saberlo, a mirar distinto. Cada vez que alguien escuchaba mi acento, la pregunta era inevitable: “¿De dónde sos?”. Y yo respondía con una sonrisa que me nacía desde lo más profundo: soy de Costa Rica. A veces venía el silencio, la duda, la curiosidad. Muchos no sabían ubicar mi país en el mapa, y entonces empezaban conversaciones largas, intensas, casi como un intento de entender ese pequeño rincón de Centroamérica que parecía caber varias veces dentro de Buenos Aires.

Pero también estaban quienes sí conocían Costa Rica, quienes la habían caminado, sentido, respirado. Hablaban de sus playas, del verde interminable de su naturaleza, del calor de su gente y de esa frase que parecía resumirlo todo: “pura vida”. Algunos me decían que soñaban con vivir allá cuando se jubilaran, que querían terminar sus días en la tranquilidad de mi país. No era la primera vez que escuchaba algo así, pero nunca dejaba de sorprenderme. Había algo en Costa Rica que el mundo veía con claridad, algo que yo también había sentido siempre: la paz, la sencillez, la idea de un lugar pequeño, pero profundamente humano, casi maternal, seguro.

Yo sonreía. Siempre sonreía. Hablar de mi país era un orgullo que se me instalaba en el cuerpo.

Cuando regresé a finales del 2015, Costa Rica seguía siendo la misma, pero yo ya no. En Argentina había aprendido a cuestionar, a observar con otros ojos. Entre cafés largos, conversaciones profundas y encuentros con personas que vivían la política desde la memoria, la lucha y la historia, entendí que no todo era tan simple como parecía. Caminé, escuché, leí, acompañé procesos que me hicieron ver lo que antes no veía. Y entonces comprendí algo que incomoda: había crecido en un país hermoso ante los ojos del mundo, sí, pero también en un país que había aprendido a no mirarse demasiado hacia adentro. Un país cuya inocencia permitió silencios, y en esos silencios se instalaron intereses, abusos, decisiones que poco a poco fueron deformando aquello que creíamos intocable.

¿Qué pasó contigo, Costa Rica? ¿En qué momento se nos empezó a romper el “pura vida”?

Después del primero de febrero, la sensación es clara: hay un antes y un después. La continuidad fue elegida, y lo que ya pesaba ahora parece volverse más denso, más largo, casi interminable. Se va un gobierno que deja más ruido que respuestas, más confrontación que acuerdos, más berrinches que verdaderas gestiones eficientes. Y, sin embargo, su sombra parece extenderse en lo que viene, como si el cierre de una etapa no significara realmente un cambio, sino una prolongación de lo mismo.

Se siente un país que se inclina, que cede, que se aleja de lo que alguna vez fue. Las señales están ahí, acumulándose: el conflicto por el financiamiento de la educación pública, las tensiones con la Organización de los Estados Americanos, los acuerdos con Donald Trump y con Estados Unidos, la crisis de seguridad que ya no se puede ignorar, las rupturas diplomáticas, los señalamientos sobre concentración de poder. Todo parece formar parte de una misma corriente que empuja al país hacia un lugar desconocido.

Incluso nuestra voz en el mundo ha cambiado. Se condena a Irán, pero no se mide con la misma vara a otros actores, no se condena al estado genocida de Israel. Se toman posiciones que rompen con esa idea de neutralidad que durante tanto tiempo nos definió. Y entonces uno se pregunta si seguimos siendo ese país que apostaba por la paz, por el derecho internacional, por el equilibrio en medio del conflicto.

Y en esa guerra —porque lo es— mi conciencia camina junto a aquellos que han luchado por las garantías sociales. No hay duda en ello. No es ingenuidad, ni comodidad, ni una postura romántica. Es memoria. Es entender que detrás de cada decisión geopolítica hay vidas que se rompen. Es saber que la violencia no es abstracta, que siempre tiene rostro, nombre, historia.

Comprendo los mapas, las tensiones, los intereses que se disputan el mundo como si fuera un tablero. Pero hay algo que no estoy dispuesta a negociar: que mi voz se convierta en eco de la muerte. No nací para justificar la sangre, ni para normalizar la destrucción como si fuera un precio inevitable.

Porque ninguna causa debería convertir la vida en daño colateral.

Hoy Costa Rica parece tensarse entre extremos. Se habla de una sociedad que se divide cada vez más entre quienes tienen todo y quienes apenas sobreviven, mientras la clase media se va diluyendo lentamente, como si se deshiciera en silencio. Y en medio de todo esto, lo que queda es una sensación difícil de nombrar: una mezcla de tristeza, incertidumbre y pérdida.

En medio de esa oscuridad, recuerdo una idea que alguna vez leí del Che Guevara: que la verdadera lucha no nace del odio, sino del amor profundo por la justicia. Y entonces pienso que tal vez lo que duele no es solo lo que estamos viendo, sino lo que sabemos que podríamos ser y no estamos siendo.

Y, aun así, en medio de la incertidumbre, queda un hilo de esperanza. La nueva fracción del Frente Amplio se levanta como un espacio desde donde defender la democracia, como un recordatorio de que no todo está perdido, porque hay principios que no se negocian, y existimos personas que no nos rendimos del todo, gente dispuesta a defender la justicia social porque “mientras exista el Frente Amplio, existirá la democracia”.  No será un camino fácil; nunca lo ha sido para quienes luchan desde la convicción y no desde el poder. Pero hay algo que no se puede permitir: ceder ante una derecha corrupta que, poco a poco, va vendiendo los sueños, desmontando las conquistas sociales y debilitando las luchas que costaron años construir.

A veces quisiera volver al 2014, a esas conversaciones en las que Costa Rica era un sueño para otros, un refugio, un destino de paz. Quisiera volver a escuchar esas palabras y sentirlas verdaderas sin que algo por dentro se quiebre. Quisiera volver a decir de dónde soy sin que la nostalgia pese más que el orgullo.

Pero, sobre todo, quisiera que mi país volviera a ser ese lugar que el mundo veía con esperanza… y que nosotros también creíamos que éramos.