Por Francisco Rivas
Vive en La Paloma, Rocha, Uruguay. Trabajó en radios y agencias de publicidad de Uruguay y Argentina. Realizó campañas políticas y publicitarias en Montevideo y Buenos Aires. Estudió Publicidad, Periodismo, Ciencias Políticas, Análisis Crítico del Discurso entre otras. Actualmente desde el tranquilo balneario en la costa atlántica se dedica a la Comunicación desde varias de sus aristas. Militante de izquierda no se identifica con ningún partido.
La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela no aparece de un día para el otro.
Es el resultado previsible de años de simplificación deliberada, de bombardeo mediático constante, de titulares repetidos hasta el cansancio que fueron moldeando una percepción única, cerrada, incuestionable.
El Premio Nobel a la —por ser amable— cipaya de María Corina fue el inicio de una muerte anunciada.
Antes de que caigan bombas, caen palabras. Antes de la intervención militar, hay una intervención simbólica. Está clarísimo.
Y cuando esa intervención simbólica dura años, la violencia real ya no sorprende: se nos presenta hasta como razonable.
Venezuela fue convertida, pacientemente, en un concepto simple. Un eslogan. Una advertencia. Un significante vacío donde entran todas las acusaciones posibles. Dictadura. Fracaso. Amenaza. Narco Estado. Todo junto, sin historia, sin contexto, sin matices. Lo vemos en cualquier campaña política: la derecha usa a Venezuela como comodín cuando se queda sin argumentos en un debate.
Giovanni Sartori lo advirtió mucho antes de las redes sociales, cuando todavía hablábamos de televisión: “La televisión produce imágenes y anula los conceptos”.
Cuando los conceptos desaparecen, desaparece el análisis y la comprensión. Solo nos queda reacción.
Ese proceso no es neutral. Pierre Bourdieu lo describió: la televisión, y hoy podríamos decir que el sistema mediático en su conjunto ejerce un monopolio de hecho sobre la formación de los cerebros, y lo hace a través de discursos rápidos, simplificados, listos para consumir, una suerte de fast food cultural.
Mientras monopolios de banqueros, mega capitalistas y empresarios sean propietarios de medios de comunicación, la izquierda va a seguir teniendo los mismos problemas para poder meterse en la agenda.
Durante años, la realidad de Venezuela fue tratada con titulares cortos. Historias incompletas. Repetición constante. Ninguna explicación sobre el bloqueo, las sanciones, los intereses energéticos, el rol histórico de Estados Unidos en la región. Nada de eso entraba en los “informativos”. Porque nunca les interesó que entendamos nada. Lo que quieren es darle sentido a la realidad. La de ellos.
Cuando un tema es simplificado durante años, la intervención deja de parecer una barbaridad y empieza a presentarse como una solución.
El problema es que, frente a ese proceso, buena parte de los progresismos y de las izquierdas renunciaron a disputar el relato. Aceptaron la “verdad” sobre la revolución chavista que impuso la derecha, el marco liberal en la economía como inevitable. El capitalismo como horizonte único. La regulación mínima de los mercados, la banca privada, la concentración de la propiedad, el control de los medios de comunicación y de producción como reglas dadas. Ya casi no le quedan espacios a la izquierda para disputar.
El sentido de la izquierda quedó huérfano. La izquierda que siguió hablando de poder, de estructura, de intereses, del imperialismo, de propiedad, fue empujada a un rincón cómodo para el sistema e incómodo para ella. Ahora es la radical, la extrema, la anacrónica, la “pasada de moda”.
Aunque sea la única que no claudicó. La única que fue fiel a sí misma. La única que puede dormir tranquila por las noches.
La intervención sobre Venezuela es un marco trabajado durante años que termina habilitando una acción extrema. La última pincelada de una operación cultural prolongada.
Pablo Iglesias lo leyó en esos términos al hablar de una segunda guerra, menos visible pero igual de decisiva:
“Hoy seguirá otra guerra, la de la desinformación”.
Por eso el desafío es disputar el sentido antes de que sea tarde.
Simplificar sin mentir. Hablar claro sin rendirse. Volver a poner en discusión lo estructural, lo incómodo, lo que molesta.
Los progresismos, las izquierdas tibias, los economistas de izquierda abrazados a la no intervención del Estado, los políticos que nos llevaron a esta crisis de identidad deberían hacer mea culpa y sincerarse. Primero con ellos mismos, después con la gente:
¿Queremos ser de izquierda? Porque la izquierda incomoda, rompe, cambia.
Si no es eso lo que quieren, no engañen a las personas.

