Descentrados Chile

En “puntillitas”: Los niños y niñas cuidan a sus padres

Fotografía: Victoria, 5 años

Por Ana Vergara del Solar
Académica, Universidad de Santiago.

Los niños y niñas cuidan a sus padres, se preocupan por ellos, se preguntan cómo ayudarlos, los apoyan a través de acciones visibles y otras menos visibles. Es lo que hemos observado en varios estudios cualitativos que, desde hace años, realizamos con niños y niñas de distintas ciudades, estratos socioeconómicos y tipos de familia en Chile (Chávez y Vergara, 2017; Vergara et al., 2018, 2020a, 2020b). Es lo que han observado también los estudios sociales de la infancia europeos, africanos, y latinoamericanos (Mayall, 2001 y 2002; Brannen y Heptinstall, 2003; Frankel, 2017; Martin et al., 2021; Henze-Pedersen, 2022; Zapata, 2022; Fatyass y Llobet, 2023).

No se trata de una situación particular, vinculada a condiciones como la pobreza o la enfermedad; en esas condiciones los niños y niñas cuidan tal vez por más tiempo y con más regularidad (Evans y Becker, 2009; Wihstutz, 2011; Henderson, 2012), pero lo relevante es que ello está presente en su vida cotidiana en general. Algunos psicólogos usan términos como “parentalización”, para indicar que los niños o niñas están ocupando un lugar incorrecto. Es que los psicólogos hablamos mucho de lo correcto, de lo normal, y lo hacemos a partir de patrones ahistóricos y descontextualizados. Pero ello no es tan distinto de lo que hacemos el resto de los adultos: observamos poco, e imaginamos a unos niños y niñas abstractos y, por supuesto, inexistentes.

Por su parte, de modos más silenciosos, los niños y niñas son agudos en observar las condiciones de vida de sus padres, y, especialmente, de sus madres. Los ven cansados e irritables por los trabajos que realizan dentro y fuera del hogar, por el cuidado de los hijos, por los bajos sueldos, por el endeudamiento, por los largos desplazamientos por ciudades desreguladas, por la demanda de proveerles un colegio lo más distante posible de la figura de la “escuela pública” hoy temida. E intentan ayudarlos, siendo “considerados” con ellos, no exigiendo más gastos de los posibles, tratando de no tener problemas en el colegio, acompañándolos, conversando con ellos, llevándoles un té cuando se sienten mal, haciéndoles caso para que no se molesten, cocinando u ordenando, controlando su rabia para no producir más irritación. Y estando al tanto de lo que les ocurre, aun cuando los padres queramos ocultárselo. En “puntillitas”, como nos decía una niña, escuchando tras las puertas, moviéndose sin hacer ruido (Sepúlveda y Ubiergo, 2023).

Para cuidar a sus padres no se requiere estar en la misma posición, en términos jerárquicos, ni contar con los mismos recursos. La reciprocidad entre padres e hijos no implica “hacer lo mismo”, sino que cada uno “haga su parte”, según su lugar social y sus posibilidades; en el caso de los niños y niñas, su condición de devaluación y subordinación social hace que estas posibilidades sean más limitadas, pero ello no implica que no existan (Vergara et al, 2020a). Los niños constantemente buscan movilizar los límites de esas posibilidades y lo hacen de formas, muchas veces, novedosas y subrepticias (Giberti, 1997).

De ese modo, el cuidado recíproco y el compromiso ético con sus cercanos es fundamental para ellos, tanto así que suele ser el modo como definen la participación social, como ser parte y hacer su parte (Durán, 2022), mucho más, al parecer, que pensarla a partir de formas institucionalizadas de participación que prácticamente no existen en Chile, ni para los niños ni para los adultos.

¿Por qué no hemos podido darnos cuenta de ello? Probablemente, porque no vemos aquello que no logramos concebir ni comprender. Nuestras sociedades occidentales han pensado a los niños y niñas en base a un “desarrollismo secuencial” (Alexander, 1974), a partir del cual parecen avanzar desde un estado presocial, impulsivo y primitivo, hacia uno plenamente social, racional y civilizado (Prout y James, 1997). Ello nos recuerda prontamente a la idea de que existen sociedades subdesarrolladas, o pueblos primitivos, siempre en contraste con aquellas plenamente civilizadas y desarrolladas, pues ambas miradas se hacen parte de un evolucionismo y una racionalidad colonizadora que han resultado devastadoras. Y la supuesta incompetencia de los niños ha justificado, a la vez, el control adulto sobre el conjunto de su vida cotidiana, con sus tiempos, sus espacios y sus acciones (Short, 1999; Frankel, 2017). Un control que se incrementa día tras día en nuestras sociedades, hasta el punto de la asfixia, no solo de los niños y niñas, sino también de los padres que deben ejercerlo y que son culpabilizados si no lo hacen (Furedi, 2002; Faircloth, 2014) a la vez que se les exige formar sujetos “independientes”, capaces de insertarse en las coordenadas del libre mercado con agresividad (Lister, 2003).

En particular, los niños y niñas latinoamericanos han tenido, históricamente, papeles relevantes de cuidado y trabajo doméstico al interior de sus familias. No se trata, como se ha supuesto muchas veces, de que carezcan de infancia, sino de que no hemos logrado comprender, justamente, sus infancias (Liebel, 2026; Llobet y Vergara, 2022). Ello porque seguimos imaginando una infancia distante de las responsabilidades, de las preocupaciones, de los compromisos éticos con los demás, de los trabajos, de la economía, de la política (Zelizer, 2002; Corsaro, 2017). Una infancia moldeada por una noción europeizada que ni siquiera ha operado plenamente en Europa (Lavallette y Cunningham, 2002), por una noción clasializada que ni siquiera funciona plenamente en los estratos altos (Vergara et al, 2020a). Imaginar que cuidar a otros les quita su infancia obedece a nuestra insistencia en pensar a niños y niñas como intrínsecamente dependientes y receptores de cuidado (Fatyass y Llobet, 2023). Nadie lo es; incluso, aunque algunas cosas nos cuesten más que otras, más que a otros, o más en algunos momentos, ello no resulta totalizante, porque siempre habrá otras cosas que nos sean más fáciles y que podamos ofrecer al otro.

Desafortunadamente, incluso el feminismo y los estudios del cuidado se han hecho, muchas veces, parte de ello; a pesar de cuestionar de modos profundos las dicotomías entre naturaleza y cultura, entre dependencia e independencia (Pérez, 2006), o entre vulnerabilidad y agencia, cuando se trata de los niños y niñas-y de los adultos por contraste- pareciera que esa ilusión de alternativas volviera a ponerse en escena. Pero esos adultos plenamente independentes no existen, como no existen tampoco niños plenamente dependientes, ni personas discapacitadas. Participamos todos de redes de interdependencia, desplegamos nuestra agencia a partir de nuestra vulnerabilidad (Wall, 2010) y en conjunto con otros (Keller, 1997; Spyrou et al., 2019; Cortés-Morales, S. y Morales-Retamal, 2022), formamos parte de relaciones de cuidado contingentes y posicionales, en que los lugares del cuidador y del cuidado se movilizan según el momento, las circunstancias y las posibilidades de cada uno. En ese mismo sentido, para comprender las vidas cotidianas de los niños y niñas, pero también las de las mujeres y hombres adultos, requerimos ir más allá de una concepción liberal individualista, masculinizada, adultizada, clasializada y racializada de los cuidados, de la racionalidad, de la ética, de los sujetos y de la vida social misma.

 Referencias

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-Chávez, P.; Vergara, A. (2017) Ser niño y niña en el Chile de hoy: La perspectiva de sus protagonistas acerca de la infancia, la adultez y las relaciones entre padres e hijos. Santiago, Chile: Ceibo.

-Corsaro, W. (2017) The Sociology of Childhood. Bloomington: Indiana University.

-Cortés-Morales, S.; Morales-Retamal. C. (2022) Vaulting the turnstiles: dialoguing and translating childhood and agencies from Chile, Latin America. Third World Thematics: A TWQ Journal 7 (1-3): 162-180.

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-Frankel, S. (2017) Negotiating childhoods. Applying a moral filter to children’s everyday lives. London: Palgrave MacMillan.

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-Short, G. (1999) Children’s grasp of controversial issues. En M. Woodhead, D. Faulkner y K. Littleton (eds.) Making sense of social development. Oxon: Routledge, 153-169.

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-Zelizer, V. (2002) Kids and commerce, Childhood, 9(4): 375–96.