Descentrados Chile

Niño/as ciudadano/as: ¿niño/as tiranos/as?

Fotografía: Olivia, 10 años

Por Catalina Castillo Alegría

Académica Facultad de Educación, Universidad Alberto Hurtado. Doctoranda Educación y Sociedad, Universidad de Barcelona. Red de Investigadoras en Niñez. Programa Interdisciplinario de Investigación en Políticas de Infancias y Familias (INFAS).

Lina Meruane en su libro “Contra los hijos”, presenta una interesante visión sobre la maternidad/paternidad y el lugar despótico que en la sociedad actual ocupan los hijos. Inevitablemente al leer su libro, encontré sintonía entre su postura y las miradas excesivamente proteccionistas y controladoras, que someten a los adultos a las vidas de sus hijos, bajo comprensiones de niñez como “seres de cristal” para quienes es necesario dejarles la vida armada, asegurada y alejada de cualquier tipo de dificultad y sufrimiento.

Los últimos años, madres y padres han sido bombardeados por “estilos de crianza respetuosos”, que se presentan como fuertes sistemas de presión sobre los progenitores, generando agobio y estrés constante en las familias. Vemos adultos sobrepasados intentando llevar sus vidas, entre trabajo y labores domésticas, batiéndose entre las demandas laborales, tareas escolares, una fuerte dependencia de los/as hijos/as y una serie de actividades extraprogramáticas vinculadas a los/as niños/as. No es extraño encontrar relatos de adultos con cierta frustración por haber anulado sus vidas por los/as hijos/as. A todo esto, se le suma el cambio en la conformación de la sociedad, quedando atrás comunidades que criaban en red y compartían funciones, espacios solidarios que han ido desapareciendo, dando paso a un sistema social individualista, que obliga a enfrentar los desafíos de la vida adulta en solitario. La escuela como institución tiene responsabilidad e esto también, buscando la participación de las familias en la educación de sus hijos/as por medio de exigencias y una cantidad excesiva de tareas.

La representación social de la infancia ha ido cambiando a través de la historia, atrás quedaron los imaginarios de niños y niñas como adultos en miniatura, la explotación y el maltrato infantil. Los investigadores/as pro-derechos y los nuevos estudios sociales de la infancia han marcado un cambio en la visión hacia la niñez, desde la invisibilización de niños y niñas a la valoración de estos como sujetos sociales y políticos del presente que tienen bastante que decir y que aportar al mundo. Así mismo, la Convención de los Derechos de los Niños desde su aprobación el año 1989 marca un hito en la transformación de la concepción de infancia, promoviendo y garantizando derechos humanos para todos los niños y niñas del mundo. Pasamos de una concepción sobre la niñez de “objeto” a “sujeto”, pasando la infancia del espacio privado al espacio público dejando de ser una “pertenencia” de la familia, de la escuela, de la sociedad. Sin embargo, al parecer, hemos ido transitando hacia una mirada de “incapacidad” bajo lógicas altamente proteccionistas, donde las verdades y capacidades de protección recaen exclusivamente en los adultos, así como el mal entendimiento de la idea de niños/as como sujetos indefensos, ingenuos, confundiendo su posición de sujetos de derechos con una lógica del “todo vale”, olvidando que ejercer derechos, también implica respetar los derechos del otro. Entonces, vale la pena preguntarse si la señal que estamos dando al declarar que la infancia debe estar en el centro, está apuntando a que absolutamente todo debe girar en torno a ellos como pequeños soles. Cuando el adulto resuelve solo, además de no estar fomentando la autonomía, validación de la niñez ni la horizontalidad en las relaciones humanas, está tomando toda la responsabilidad acuestas, volviéndose esclavos de los/as niños/as.

Entonces, nos preguntamos si la ciudadanía infantil implica que los adultos deban someterse a las vidas de los/as niños/as y adolescentes. No nos confundamos, niños y niñas como ciudadanas, sujetos participativos y agentes de cambio, en ningún caso es símil a un sistema dominado por los/as niños/as, más conocido como “niñocentrismo”. Romper con el adultocentrismo implica generar relaciones e interacciones horizontales e intergeneracionales, donde todas las personas que componen una comunidad/ familia debiesen tener los mismos derechos y posibilidades de participar, pero ello no significa que todas las decisiones deban pasar exclusivamente por los/as niños/as.

Un claro ejemplo de ejercicio de la ciudadanía por parte de la niñez es la posición de la infancia en comunidades indígenas, donde niños y niñas son considerados parte importante de la comunidad, participando activamente tanto en el hogar como en la vida sociopolítica de la comunidad. (Defensoría Niñez, 2021).  En culturas indígenas como la mapuche, todas las personas que componen el núcleo, independiente de la edad, poseen el mismo valor, por tanto, se distribuyen labores y responsabilidades domésticas, así como la participación en decisiones comunes es compartida. Es en estos casos donde realmente podemos observar la visión hacia la infancia desde la capacidad, la validación y la autonomía progresiva. En aquellos sistemas en que niños y niñas prácticamente no participan de las funciones del hogar, recayendo todas ellas en los padres, a la base existe una visión de incapacidad, sobreprotección e invalidación hacia la infancia. En aquellos sistemas en que los/as niños/as deciden absolutamente todo (incluso sobre la vida privada de sus padres) y se les posiciona por sobre los intereses, necesidades y emociones de los adultos, no está primando la igualdad, sino la tiranía.

La ciudadanía en ningún caso posiciona a unos por sobre de otros, en una sociedad igualitaria el poder es compartido, así como las responsabilidades. Cruzar la frontera etaria, implica permitir que niñas, niños y adolescentes como seres sociales y políticos, convivan y participen en su comunidad, desde el derecho a opinión, a decisión, como a las responsabilidades y tareas que involucra la pertenencia a una comunidad. En ningún caso se está cuestionando el amor por los niños/niñas ni por los hijos, sino todo lo opuesto, porque justamente amar implica no hacer por otros lo que deben hacer por sí mismo.