Descentrados Chile

Un niño no debe morir: Una reflexión en torno a las emociones, la intervención, el poder y el sistema de garantía de derechos de la infancia en Chile.

Fotografía: Mariana, 4 años.

Por Leslie Cisternas Troncoso
Trabajadora social. Mamá de bbG. Candidata a Magíster en Trabajo Social (Universidad Católica de Chile) con experiencia en niñez y adolescencia en situación de vulneración de derechos y responsabilidad penal adolescente.

 Ese lunes me enteré. Estaba subrogando en el FAE (Programa de Familias de Acogida Especializada). Pedimos por él en la reflexión de la mañana, aún no podíamos procesar lo que había ocurrido ese domingo, cuando el psicólogo se enteró. La residencia le había avisado que el hermanito de uno de nuestros casos había fallecido. Tenía dos años y estaba en proceso de volver a vivir con sus papás. Ellos habían ido a las visitas al hogar, la mamá asistía a terapia psicológica para recuperar a su bebé. Aun no lo podíamos creer, se nos caían las lágrimas en cada análisis. Yo pensaba en esa mamá, en el dolor de no poder sentir más ese cuerpo chiquitito, el calor de su hijo, su voz, sus risitas y su llanto pidiendo un abrazo, por el que tanto había luchado.

Después de eso, había que pensar como una burócrata, en los procedimientos, en lo correcto, y lo adecuado, contener a la dupla y seguir adelante, pensar en cómo le contaríamos a su hermano mayor, con el que nunca pudieron vivir juntos, que este pequeño con quien se estaba vinculando, no estaba más, explicarle a un niño de casi 5 años, qué significa la muerte.

Vinieron los cuestionamientos, y atravesamos por todas las emociones la dupla y yo; a veces cada uno viviendo su propio tránsito en momentos conectados y en otros nos era difícil tratar de no sentir de disociarnos de la pena, la rabia, la pena de nuevo mezclada con rabia, frustración e impotencia.

Mientras, me era imposible no pensar en mi hijo. Ese día lo fui a buscar al jardín, me vio y me dio un abrazo y fue la mejor contención de ese día en pleno verano, aun así, el más frío. Lo miré, olí, besé, tratando de sentirlo como una mamífera que acicala a su cría. Seguía conectada con esa madre que había perdido a su pequeño, pensaba qué sentiría yo si fuera esa mamá, no obstante, dentro de mí y mis compañeros seguía la duda, ¿Qué habrá pasado para que falleciera?

Sabíamos que había estado hospitalizado y vinieron las preguntas ¿Se le dio el alta con sus papás? ¿Fue negligencia médica? ¿Alguna complicación? ¿Por qué no lo cuidaron en la residencia? ¿Por qué está en el Médico Legal todavía? Nadie nos explicaba nada, ni las curadoras, ni la residencia. Tampoco éramos capaces de responder a las preguntas de la familia de acogida, pues simplemente no teníamos las respuestas.

Nuestro niño ya sabía lo de su hermanito, su familia de acogida se lo logró explicar desde el amor y sabíamos que nos queda un trabajo importante para acompañarlo en este proceso.

Pero, aún nos costaba entender por qué se había iniciado un acercamiento de este niño con sus padres, porque nosotros habíamos decidido que su hermano permaneciera en una familia de acogida, por qué vemos una misma realidad de forma tan distinta.

Nos enterábamos por goteo, cada día se hacía peor, ya era miércoles, y no teníamos claridad de porqué había fallecido. El martes en la tarde habíamos recibido las primeras señales por un Twitter de la PDI en el cual señalaba que pareja de ciudadanos haitianos había sido detenida tras la muerte de un niño de 2 años. Finalmente, los papás fueron formalizados y están en prisión preventiva, por el delito de parricidio.

No lo podíamos creer, leíamos el acta de audiencia y no nos cabía en la cabeza a lo que puede llegar el maltrato. Esa misma mamá con la cual había empatizado, esa misma mamá que otras redes veían como apta para cuidar a sus hijos, ya no importaba su nacionalidad, su idioma, las diferencias culturales que tanto habíamos hablado, la supuesta violencia institucional. Simplemente, era inaceptable, se había ido un pequeño lleno de vida.

En definitiva, aunque todavía no superamos como equipo lo ocurrido, especialmente la dupla psicosocial que trabajaba directamente con esa madre, que promovía que ambos hermanos se vincularan. Nos hace preguntarnos ¿Qué elementos subyacen a la toma de decisiones en los profesionales que intervenimos con infancia vulnerada? ¿Más bien responden al sentido común y prejuicios?, pese a que estamos llenos de procedimientos, instrumentos, inmersos en una red que no logra trabajar en red, en un sistema inflexible, burocrático, jerarquizado y procedimental no articulado,  en el cual me imagino toda la responsabilidad está puesta en esa profesional que estaba a cargo del caso, o si tuvo o no el debido acompañamiento técnico, pero: ¿Cuál es la responsabilidad de los jueces que autorizaron la reunificación, el equipo de curadores, la dirección de la residencia, el centro de atención psicológica donde se atendía esa madre y la responsabilidad de todos como sociedad de mirar a la infancia?

Ya han sido varios niños los que han fallecido bajo el cuidado del Estado. Simplemente pido a los/as lectores/as no olvidar dónde ponemos el ojo y el poder que tienen nuestras intervenciones en la vida de otros, si verdaderamente son conscientes, reflexivas e intencionadas, pues un niño no debe morir.

En memoria de K.