Descentrados Chile

Lo común como trinchera: cuidar en tiempos de repliegue

Fotografía: Pinterest

Por Camilo Bass del Campo

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria (Universidad de Concepción) y en Salud Pública. Magíster en Administración de Salud. Desempeño académico en el Programa de Salud Colectiva y Medicina Social de la Escuela de Salud Pública (Universidad de Chile), dedicado a los temas de: Docencia y Atención Primaria de Salud, Talento Humano en Salud, Seguridad Social y Políticas Públicas.

 

Chile se aproxima a un gobierno de extrema derecha, expresión no solo de un resultado electoral, sino del desgaste acumulado de fuerzas que ofrecieron transformación y terminaron administrando el modelo neoliberal. El progresismo, al ceder a los límites impuestos por el mercado y renunciar a disputar el sentido común, abrió el camino a una restauración conservadora que hoy avanza con fuerza. No es el triunfo de una idea nueva, sino la consolidación de un viejo orden que muta para sobrevivir.

Venimos de un ciclo de movilización social que cuestionó los pilares del neoliberalismo: el lucro en la educación, las AFP, las ISAPREs, la represión, el racismo estructural, el extractivismo. Millones en las calles no solo exigieron derechos, sino también dignidad, comunidad, pertenencia. Pero esa fuerza popular fue traicionada por una institucionalidad que convirtió las demandas en frases vacías, las promesas en simulacros, y la revuelta en gobernabilidad. La desmovilización fue activa: presupuestada, pactada y criminalizada.

La frustración no nace con la ultraderecha; se cocina en los gabinetes del progresismo tecnocrático que privilegió la estabilidad sobre el compromiso, la imagen internacional sobre el arraigo territorial. Se legisló para la élite y se gobernó para los mercados. El resultado es visible: los sectores populares desconfían y se repliegan. Así, las derechas autoritarias encuentran espacio para presentarse como “orden”, frente al caos que ellas mismas ayudaron a producir.

Este panorama no es solo local. En América Latina, la ofensiva neoliberal se rearma: persecuciones judiciales e intentos de deslegitimar toda experiencia que dispute el control hegemónico. La soberanía popular se convierte en blanco. Lo vimos en Bolivia, lo vemos en Venezuela. A escala global, el orden neoliberal ya no ofrece ni estabilidad ni futuro: se desmorona en guerras, migraciones forzadas, crisis ecológicas y violencia sistémica. El genocidio en Palestina desnuda la brutalidad de un sistema que decide qué vidas merecen protección y cuáles pueden ser arrasadas.

En este contexto de colapso democrático, el modelo de salud chileno aparece como símbolo del despojo institucionalizado. Durante años se prometió su reforma. El actual gobierno llegó al poder con la propuesta de terminar con las ISAPREs y avanzar hacia un sistema universal. No solo no cumplió: profundizó la lógica aseguradora y sostuvo los privilegios del sistema privado. El debilitamiento de la atención primaria, la precarización del personal de salud y la mercantilización del cuidado son parte de un mismo diseño: administrar vidas con el menor costo posible para el Estado y el mayor margen para el negocio.

El problema ya no es solo de políticas públicas. Es una crisis de legitimidad del capitalismo como forma de organizar la vida. Y esa crisis se siente en los cuerpos: en la ansiedad cotidiana, en la soledad, en la salud mental fracturada por la incertidumbre, la inseguridad y la ausencia de comunidad. En estos tiempos, cuidar (en todas sus formas) se vuelve un acto de resistencia.

Pero no todo es repliegue. En los territorios florecen experiencias de reapropiación colectiva de la vida: centros de salud autogestionados, redes de apoyo mutuo, brigadas de salud popular, espacios de acompañamiento emocional, asambleas de cuidado. Son prácticas que, sin pedir permiso, reconstruyen lo común desde abajo. En esos espacios, la política no se reduce a la gestión institucional, sino que se despliega como potencia vital: la capacidad de los pueblos de sostenerse, de protegerse, de imaginar horizontes donde la vida sea posible y digna.

Frente al repliegue de lo público, emerge lo común. Frente al abandono del Estado, se organiza el cuidado. Y frente a la ofensiva autoritaria, se construye una trinchera profundamente humana: la defensa de la vida en todas sus formas. Porque cuidar, en esta coyuntura histórica, no es un acto neutral: es un acto profundamente político.