Descentrados Chile

El pensamiento no es una divisa

Fotografía: Pinterest

Por Carla Núñez Matus

Psicóloga comunitaria

Miembro red de investigadoras en temas de niñez (RIN)

Miembro Sociedad Chilena de Psicología Comunitaria (SOCHPSICO)

 

La Economía clásica nos enseñó que el mercado es una institución donde confluyen oferta y demanda, y en la actualidad vivenciamos como toda producción humana termina siendo absorbida por la lógica del intercambio mercantil. Todo acto humano, al ingresar al mercado, se vuelve monetizable: se le asigna un precio, una retribución, una tasa de retorno, y, lo que es más, se le asigna la posibilidad de existir.

Hoy hay una imposibilidad creciente por concebir prácticas humanas fuera de este principio, una acción sólo adquiere valor real si puede someterse a un análisis de costo-beneficio, si se puede medir su eficiencia o eficacia. Y por supuesto, se vuelve valioso y relevante si al final de la suma y resta, el valor no da números rojos. 

La mera existencia de una persona o de un proyecto se justifica en la medida en que arroje resultados cuantificables. Pero ¿qué ocurre cuando intentamos aplicar esta lógica a la investigación social? Allí chocamos con un muro: la realidad social está llena de variables imposibles de controlar, factores emergentes, subjetividades, resistencias silenciosas y procesos largos de maduración que ningún indicador de rendimiento puede capturar a tiempo.

El Trabajo Social, la Psicología Social, la Sociología Crítica, entre muchas otras disciplinas lo saben bien. Por eso han desarrollado metodologías cualitativas que intentan rescatar lo incipiente, lo latente, lo que aún no tiene forma de dato: una comunidad que empieza a organizarse, un malestar sin nombre, una confianza que se construye, una nueva práctica que no es contenida por una etiqueta o un designio y que puede devenir en todo, y también en nada. Estas dimensiones, que frecuentemente quedan fuera de las evaluaciones tradicionales, son justamente las que contienen las claves del cambio social, de su pulso, de su vida. 

Lo que “no vale” en una tabla de Excel —un diálogo incierto, un descubrimiento fallido, una pregunta sin respuesta— es, paradójicamente, lo más valioso para comprender un problema en su complejidad, por ello en Ciencias Sociales tan importantes como las respuestas son las preguntas.

Sin embargo, la tendencia actual a limitar todo quehacer humano a la evaluación de lo medible —bajo el argumento del “buen uso de recursos públicos”— esconde algo más grave: el abandono del pensamiento crítico, el desprecio por la filosofía, la inutilidad oficial de la pregunta. Porque si solo sirve lo que se puede contabilizar, ¿de qué sirve pensar antes de actuar? ¿De qué sirve la filosofía? 

Y es que las preguntas, el cuestionamiento sirven justamente, para abrir otros horizontes posibles, para combatir lo obvio, para crear tablas fuera del Excel. 

El mercado no lo es todo. Hay bienes que no admiten precio, porque la vida digna exige pausas sin métricas prestablecidas. En una época que idolatra los indicadores, recuperar el valor de lo no monetizable se vuelve urgente. ¿De qué sirve invertir en pensar?, sirve para que no nos convirtamos en meros ejecutores de objetivos ajenos, sirve para habitar la incomodidad de lo inexplicado, para resistir la dictadura del costo-beneficio. Sin pensamiento, sin filosofía, la sociedad no será más eficiente: será una vacuidad con retorno.