Por Fidel Lajara
Psicólogo
Así como enfrentamos una crisis climática —en la que el deshielo de los glaciares y el aumento del nivel del mar son hechos objetivos—, desde el fin de la Guerra Fría asistimos también a otra forma de deshielo: una ebullición y aceleración de la descomposición institucional que libera un clima social tan tóxico como la emanación de gases atrapados durante milenios en los polos.
Mientras Oriente y Occidente se enfrentan en una disputa geopolítica abierta por el control del planeta, el Polo Norte y el Polo Sur liberan gases que, poco a poco, harán del mundo un lugar cada vez menos habitable para el ser humano.
Cuando era niño, era habitual escuchar historias sobre la aparición de monstruos y seres extraños que habrían permanecido congelados durante miles de años: criaturas siniestras que serían liberadas una vez que el hielo que las aprisionaba comenzara a derretirse.
Si miramos nuestro tiempo con algo de perspectiva, después de la Guerra Fría también han emergido monstruos: figuras y prácticas que, poco a poco, se han liberado y hoy exhiben su bestialidad, sin Dios ni ley. Es lo que Jean Baudrillard, en La transparencia del mal, describe como el “paso de la fase histórica a la fase mítica y mediática de los acontecimientos”.
Si esto se analiza desde la realidad nacional, resulta sugerente observar cómo la memoria de la última dictadura civil-militar ha adquirido un carácter mitológico y mediático, descomponiendo su inscripción histórica en las generaciones actuales.
¿Ha sido la incapacidad de construir una memoria capaz de subvertir la nostalgia y la impunidad?
La museificación y la reducción a archivo de los crímenes de lesa humanidad —junto con la gestión neoliberal de los sitios de memoria, que debilita el lazo social entre organizaciones y subordina su subsistencia a la lógica de fondos concursables— forman parte de un escenario en el cual la historia se descompone en la mediación de datos. Un ejemplo claro es la relación entre datos y opinión pública: según encuestas, Augusto Pinochet aparece entre las figuras históricas más admiradas en Chile.
Lo que emerge de esta ebullición —de este progresivo deshielo de las fronteras institucionales— es la posibilidad de que prácticas que creíamos contenidas por la ley reaparezcan sin un límite claro que las detenga. Esta deriva comienza a hacerse visible en hechos concretos: el sobreseimiento de Claudio Crespo, la proyección de Sebastián Zamora como congresista, la performance de la diputada disfrazada de carabinero —exhibiendo en su espalda la consigna “No más pensiones de gracia”, en un gesto dirigido contra Gustavo Gatica, cegado por Crespo— y los eventuales indultos de José Antonio Kast a condenados por crímenes de lesa humanidad dan cuenta de este proceso.
Esta deriva resulta análoga a los estragos del cambio climático: tornados o diluvios donde jamás los hubo, nevazones en zonas inéditas y ballenas desorientadas, varadas en costas inesperadas. Es lo que Baudrillard describe como la “transparencia retroactiva de todos los signos de la modernidad, acelerados y de segunda mano: casi un remake posmoderno de nuestra propia historia, donde los signos positivos y negativos se confunden; no sólo los Derechos Humanos, sino también los crímenes, las catástrofes y los accidentes”.
Se trata del desencadenamiento de afectos y de alteraciones de la vida civil que expresan la descomposición de las democracias modernas. Esto exige repensar la verdad y la mentira, así como es posible pensar más allá del bien y del mal. No se trata del fact-check, sino de atender a aquello que vuelve cada vez más difícil la vida humana en todos los rincones del mundo.
Gilles Deleuze, lector de Baruch Spinoza, recuerda el episodio en que Dios advierte a Adán: “No comerás del fruto”. Lo que para el primer hombre aparece como una prohibición moral es, en realidad, un aviso sobre sus consecuencias.
“Adán cree que se le prohíbe moralmente, cuando en realidad se le advierte sobre los efectos de una indigestión”. Spinoza lo recuerda con insistencia: aquello que llamamos mal —la enfermedad, la muerte— responde a un mal encuentro, a una intoxicación, a una descomposición de la relación.
Desde esta perspectiva, la catástrofe contemporánea no puede pensarse sólo en términos morales. Así como objeto y sujeto son indisociables, también lo son naturaleza y cultura. El calentamiento global y la descomposición institucional son dimensiones entrelazadas de un mismo cambio de estado: la actividad humana desplegada como fuerza geológica.
Más que una crisis moral, lo que enfrentamos es una modificación en las condiciones mismas de producción de la realidad.
La verdad no es lo verdadero, así como la mentira no coincide necesariamente con lo falso. No porque los hechos hayan dejado de importar, sino porque su inscripción en lo social ya no depende de la evidencia, sino de su circulación. Es verdadero que Augusto Pinochet haya sido directamente responsable de crímenes de lesa humanidad, pero lo decisivo es que esa verdad puede ser vivida como mentira por una parte significativa de la sociedad.
El vaciamiento histórico de su responsabilidad como criminal opera como representación espectral —hoy reciclada mediante el uso de la inteligencia artificial—. El dictador reaparece como mito: su figura y su eventual rehabilitación simbólica en el Chile actual se hacen patentes.
¿Se trata sólo de distinguir entre verdad y mentira o de comprender las condiciones bajo las cuales algo logra existir como realidad?
El deshielo político y su toxicidad no radican únicamente en lo que destruyen, sino en lo que vuelven posible: aquello que, hasta hace poco, parecía imposible. Así como el cambio climático se piensa en escala planetaria —aunque para muchos este fenómeno sea una mentira— y en procesos irreversibles, también resulta necesario analizar el carácter —quizás igualmente irreversible— de la descomposición institucional, cuyas señales, aunque recientes en apariencia, llevan ya tiempo acumulándose.
Referencias:
CADEM (2025). Encuesta Plaza Pública.
Gilles Deleuze (1981). Spinoza: filosofía práctica. Barcelona: Tusquets.
Jean Baudrillard (2006). La transparencia del mal. Ensayo sobre los fenómenos extremos. Barcelona: Anagrama.

