Por Camila Soto Ramírez
Diseñadora industrial, especializada en diseño de procesos, modelos y productos para el parto humanizado. Ex presidenta de RELACAHUPAN Chile. Fundadora de HUM CHILE y miembro de la Coordinadora Nacional por los derechos del Nacimiento.
En las últimas semanas, el debate público en Chile ha estado marcado por el anuncio del nuevo gobierno de implementar un plan de austeridad que incluye un recorte transversal del 3 % en el gasto de todos los ministerios, como parte de una estrategia para reducir el déficit fiscal y ajustar el presupuesto del Estado. La instrucción busca que cada cartera reduzca gastos en bienes, servicios y contrataciones con el objetivo de generar ahorros significativos para las cuentas públicas.
En términos macroeconómicos, el argumento parece sencillo: Si el país enfrenta restricciones fiscales, todos deben apretarse el cinturón, pero cuando las políticas públicas se diseñan con recortes parejos, surge una pregunta inevitable: ¿Qué ocurre con aquello que no se percibe inmediatamente como “de vida o muerte”?
En salud, muchas de las transformaciones más importantes no tienen que ver con nuevas tecnologías, medicamentos costosos o procedimientos complejos. A veces se relacionan con algo aparentemente más simple: la manera en que organizamos los espacios donde ocurren las experiencias humanas más significativas.
Una de ellas es el nacimiento.
El nacimiento: un momento fundacional
El parto no es solo un evento clínico. Es un momento fundacional en la vida de una persona, una experiencia que puede dejar huellas profundas en la memoria de quienes lo viven: mujeres, recién nacidos, familias y equipos de salud.
Por eso, en los últimos años se ha vuelto cada vez más evidente que prevenir la violencia obstétrica no depende únicamente de cambiar protocolos o capacitar al personal. También implica revisar el entorno en el que ocurre el nacimiento.
Los espacios influyen en el comportamiento humano. Lo sabemos desde hace décadas gracias a la psicología ambiental, el diseño basado en evidencia y, más recientemente, la neuro arquitectura.
Los lugares modelan nuestras conductas, nuestras emociones y nuestras interacciones.
En una sala de parto, el espacio puede favorecer la calma, la intimidad y el protagonismo de la mujer. Pero también puede reforzar dinámicas de control, exposición y prisa.
Por eso algunos especialistas hablan del ambiente del parto como un “tercer cuidador”.
Porque el espacio también cuida, o cuando se diseña sin intención, también puede fallar en hacerlo.
Cuando el diseño del espacio facilita —o dificulta— el cuidado
Durante décadas, las salas de parto hospitalarias se diseñaron bajo un paradigma centrado en la vigilancia clínica y el control del riesgo y es en ese contexto que la cama obstétrica ocupa el centro del espacio, los equipos médicos dominan la escena y la organización del lugar privilegia la circulación del personal; el mensaje implícito que transmite este diseño es claro: el protagonismo del proceso está en el procedimiento médico.
Sin embargo, hoy sabemos que el parto es un proceso fisiológico profundamente sensible al ambiente: la luz, el ruido, la privacidad, la libertad de movimiento y la sensación de seguridad influyen directamente en la respuesta del sistema nervioso de la mujer. Un entorno percibido como invasivo puede activar mecanismos de alerta que interfieren con el proceso hormonal del parto. Por el contrario, un ambiente que favorece la intimidad y la confianza puede facilitar su desarrollo fisiológico.
Cuando estos factores no se consideran, el espacio puede transformarse —sin intención explícita— en un facilitador de experiencias negativas o incluso en un cómplice silencioso de la violencia obstétrica.
Lo que parece pequeño, a veces es decisivo
La paradoja es que muchas de las mejoras que permiten transformar la experiencia del parto no requieren grandes inversiones.
A veces se trata de reorganizar el espacio para permitir el movimiento, incorporar elementos que faciliten posiciones verticales, reducir estímulos invasivos o diseñar ambientes que devuelvan protagonismo a la mujer que está pariendo.
Son cambios relativamente modestos desde el punto de vista presupuestario, pero profundamente significativos en la experiencia humana, sin embargo, cuando las decisiones se toman únicamente bajo la lógica del ahorro inmediato, estos aspectos suelen ser los primeros en desaparecer de las prioridades institucionales:
Porque no parecen urgentes y porque no entran en la categoría de “vida o muerte”.
Pero esa clasificación es engañosa…
El costo invisible de ignorar la experiencia
La violencia obstétrica no siempre ocurre a través de acciones deliberadamente agresivas. Muchas veces se produce en entornos que, por diseño, dificultan el respeto, la intimidad o el protagonismo de la mujer.
Cuando el espacio limita el movimiento, expone permanentemente a la mujer o favorece dinámicas de intervención constante, el ambiente se vuelve parte del problema.
El diseño de espacios y ambientes es una forma concreta de prevenir experiencias traumáticas, fortalecer el vínculo temprano entre madre y recién nacido y mejorar la calidad del cuidado en uno de los momentos más sensibles de la vida. Incluso es posible señalar que un mejor espacio diseñado no solo para la madre sino pensado funcionalmente para los equipos de salud, disminuye la hostilidad en el trato y por lo tanto previene el maltrato y la falta de respeto que, muchas veces es resultado de malas condiciones laborales o cansancio excesivo. Si reunimos esto último con menos personal y menos presupuesto para reemplazos que resultarán en extenuantes jornadas, no es tan difícil imaginar un resultado adverso en la atención del parto.
La verdadera pregunta
La discusión sobre el gasto público es legítima y necesaria. Ningún sistema puede sostenerse indefinidamente sin responsabilidad fiscal. Pero en momentos de ajuste presupuestario surge una pregunta que las políticas públicas no deberían eludir:
¿Qué tipo de sociedad queremos cuidar cuando decidimos dónde ahorrar?
Si el nacimiento es uno de los momentos más significativos en la vida de una persona, entonces el entorno donde ocurre no debería considerarse un detalle secundario; porque cuando el espacio cuida, protege y acompaña, el nacimiento puede convertirse en una experiencia positiva y reparadora y cuando no lo hace, el costo humano de ese descuido puede ser mucho más alto que cualquier ahorro presupuestario.

