Descentrados Chile

Relato de invierno

Fotografía: Pinterest

Para mi hija Mariana Gabriela 

Por Taína1

 

Siempre apura las manecillas del reloj con los ojos. Lo hace como si, al hacerlo, pudiera disipar la ansiedad. Cuando toma el metro compara los minutos que sobran en el reloj de la pantalla del celular, con los que dicen los de la TV de la estación; y cuando da “enviar” un mensaje de WhatsApp, espera que se marque el azul del “visto”.

Las madrugadas son distintas porque, en la rutina deliciosa de velar el sueño de su hija, abraza la taza de café y aprecia consciente las arrugas que vislumbran sus manos. 

—Mamá…

—Shhh. Duerme.

—¿Te vas?

—No. Estoy aquí.

Le gusta despertar a ritmo de guitarras, y, si el corazón lo amerita, les manda una canción a las amigas, señal de cómo anda todo. En un tramo de este invierno hubo lluvia y cordillera nevada; pero cuando el horizonte cambió, lo reconstruyó para vivirle el lado amable a las cosas. Aprendió que la vida es una yegua cerrera que hay que domar. Como los sentimientos que quieren desbocarse dentro de ella, le pone frenos. Se sofoca muchas veces, temerosa, despejando la rabia, porque sabe que enferma, que mata. 

Los humanos no somos animales superiores por nuestra subjetividad, piensa mientras observa, sin tanta sorpresa ya, cómo dos carabineros expulsan con violencia avasalladora a las personas en situación de calle que se refugian en el patio de Moneda 1326, al lado del Palacio. Que cinismo vergonzoso: Tanta hambre y tanto frío habitando el mismo espacio que los políticos que se palmotean en el Blue Jar. Eso no se llama contraste, es la desigualdad incrustada, invisible, como una foto folclórica sacada del tiempo. 

 Y como una cosa lleva a la otra, frente al restaurant francés, en la esquina de Amanda Labarca, el joven de harapos tapado con cajas de cartón le grita desorientado a un perro, cuidando su cama, su territorio, que es el banco, el lecho duro donde pernocta. 

—Ándate.
—No te voy a hacer nada, ya.

—Hace frío.

Jadea de frío, abriendo sus brazos desnudos para que el animal se aleje y lo deje dormir.

A veces se imagina como una enredadera. Aguanta silenciosa, se dobla sin quebrarse, busca luz. Como las plantas, no grita. No duele como duele el cuerpo humano. Pero algo en ella se gira siempre hacia donde haya un poco de calor. 

Y el día se escurre con un rayo de Sol que no calienta, pero da esperanza. Cuando llega a casa, se unta aceite en las manos resecas, prende un incienso, respira hondo. No tiene certezas, pero sí rutinas que la salvan.

—¿Llegaste bien?

—Sí.

Piensa que tal vez no se trata de domar la yegua, sino de aprender a cabalgar con el miedo sin caerse. Se acuesta despacio al lado de su hija, la abraza por detrás y le besa la nuca tibia.

Afuera, el país duele. No hay promesas, ni discursos. Solo el gesto mínimo de arraigarse. Cuidar. No rendirse. El cuerpo cálido de una niña, y una mujer que aún decide habitar. Porque a veces, resistir también se parece a amar sin ruido.

  1. Mirennis Sánchez Mora: Nació en Holguín, Cuba, en 1986. Socióloga. Desde 2013 reside en Chile, país donde ha tejido su vida entre la docencia universitaria, el trabajo público y la escritura. Es fundadora y codirectora de la revista digital Descentrados.cl, donde ha publicado, entre otros, el cuento “Las fechas importantes”. Su cuento “De líquido a vapor” fue publicado en el libro Grandes pequeñas historias virtuales de cuarentena, del Centro de Estudios de la Administración del Estado (2020). Durante 2025 participó en el taller Poli Délano, dirigido por el escritor Eduardo Contreras Villablanca y la escritora y poeta Cecilia Aravena. ↩︎