Por Felipe Valdebenito Leiva
Periodista, cientista social y habitante del Wallmapu
La reciente decisión del Frente Amplio de definirse como un partido socialista abrió un debate que, en apariencia, gira en torno a una identidad política. ¿Es o no es socialista? Sin embargo, esa discusión resulta secundaria frente a una pregunta mucho más relevante: ¿Qué significa hoy pensar el socialismo desde América Latina?
Buena parte del debate contemporáneo continúa atrapado en una cronología europea. La caída del Muro de Berlín, el derrumbe de la Unión Soviética y el triunfo del neoliberalismo aparecen como el cierre definitivo de una época. A partir de entonces, la izquierda occidental reorganizó su horizonte político. La transformación de las relaciones de producción dejó de ocupar el centro de la reflexión y fue reemplazada por una agenda de ampliación de derechos, regulación del mercado y redistribución del ingreso.
No cabe duda de que esas conquistas representan avances importantes. Pero también expresan una derrota más profunda, una derrota que rara vez se reconoce como tal: La renuncia a producir nuevas categorías para comprender y transformar el capitalismo contemporáneo.
Paradójicamente, la mayor victoria del capitalismo no consistió en derrotar un determinado modelo de organización económica. Consistió en imponer la idea de que ya no era necesario pensar otro. Desde entonces, buena parte de la izquierda dejó de preguntarse cómo producir una sociedad distinta y comenzó a preguntarse únicamente cómo administrar con mayor justicia la sociedad existente.
Sin embargo, esa derrota tiene un rasgo que en América Latina deberíamos mirar con mayor distancia: Es una derrota europea. ¿Por qué la crisis del socialismo europeo debería definir los límites de la imaginación política latinoamericana? ¿Por qué aceptar que la caída de un modelo histórico clausuró también nuestra capacidad para producir teoría desde nuestras propias condiciones materiales?
José Carlos Mariátegui había advertido este problema décadas antes. Cuando insistía en que el socialismo no podía ser “calco ni copia”, no proponía una adaptación folclórica del marxismo. Planteaba algo mucho más radical: Que toda teoría emancipadora debía surgir del análisis concreto de la realidad concreta. No había un socialismo universal esperando ser aplicado. Había una tarea permanente de creación política. Ese desafío sigue vigente.
El capitalismo que organiza hoy la vida latinoamericana ya no es el mismo que estudió Marx en la Inglaterra industrial, ni el que enfrentaron las revoluciones del siglo XX. Nuestra región vive atravesada por el extractivismo, las plataformas digitales, la financiarización, la dependencia tecnológica, las cadenas globales de valor, la concentración del conocimiento, la economía de los cuidados y nuevas formas de desposesión sobre los territorios y los bienes comunes.
Pretender comprender esta realidad únicamente con las categorías heredadas del siglo pasado resulta tan insuficiente como aceptar que el capitalismo constituye el único horizonte posible.
Aquí adquiere especial relevancia la propuesta filosófica de Enrique Dussel. Para Dussel, la política no puede reducirse a la administración del Estado ni a la distribución del ingreso. Su criterio ético fundamental es la producción y reproducción de la vida. Esa formulación desplaza completamente el eje del debate. La pregunta deja de ser cuánto crecimiento existe o cuántos recursos distribuye el Estado. La cuestión pasa a ser cómo una sociedad organiza materialmente las condiciones que hacen posible la vida.
Producir no significa únicamente fabricar mercancías. Significa producir comunidad, conocimiento, cuidados, naturaleza, tiempo, cultura y relaciones sociales. La economía deja de ser simplemente una ciencia de la riqueza para convertirse en una reflexión sobre la reproducción de la existencia humana.
Álvaro García Linera profundiza esta misma intuición desde la experiencia latinoamericana. El Estado puede redistribuir riqueza, pero el excedente siempre nace antes. Se genera en determinadas formas de producción, bajo determinadas relaciones de poder y dentro de específicas correlaciones materiales de fuerza. Mientras esas estructuras permanezcan intactas, el Estado administra un excedente cuya lógica continúa siendo definida por el capital.
La transformación política no comienza cuando cambia el gobierno. Comienza cuando cambian las formas mediante las cuales una sociedad produce y reproduce la vida. Vistas desde esta tradición latinoamericana, las discusiones actuales sobre el socialismo adquieren otra profundidad.
El problema ya no consiste en determinar si un partido utiliza correctamente una determinada etiqueta ideológica. La pregunta es mucho más exigente: ¿Qué teoría de la producción sostiene ese proyecto político?
Es precisamente aquí donde la definición del Frente Amplio merece una reflexión crítica. Más que representar una renovación del pensamiento socialista, parece expresar la continuidad de la renovación europea iniciada tras 1989. Su horizonte político descansa sobre tres premisas ampliamente naturalizadas: Que el capitalismo constituye el único horizonte económico posible; que la economía de mercado seguirá organizando la producción de la riqueza; y que la tarea histórica de la izquierda consiste principalmente en corregir sus desigualdades mediante derechos, regulación y redistribución.
No se trata de negar la importancia de esas políticas. Se trata de advertir que ellas desplazan la pregunta que históricamente dio origen al socialismo. ¿Quién produce la riqueza? ¿Cómo se produce? ¿Quién controla las condiciones materiales de la vida?
Cuando esas preguntas desaparecen, el socialismo corre el riesgo de convertirse únicamente en una ética redistributiva. La política administra las consecuencias del capitalismo, pero deja de interrogar su forma de producir el mundo.
Quizás esa sea la derrota más profunda que heredamos después de 1989. No la caída de un muro ni el fracaso de un Estado, sino la pérdida de la capacidad de producir teoría. El capitalismo siguió transformándose mientras buena parte de la izquierda dejó de elaborar nuevas categorías para comprenderlo.
La tarea pendiente del socialismo latinoamericano no consiste en restaurar el siglo XX. Tampoco en administrar con mayor sensibilidad el capitalismo realmente existente. Consiste en volver a producir teoría desde América Latina. No para repetir a Marx, sino para hacer con nuestro tiempo lo que Marx hizo con el suyo. No para convertir a Mariátegui en una cita obligatoria, sino para continuar su método creador. No para leer a Dussel y García Linera como autoridades intelectuales, sino para asumir la invitación que ambos formulan: Comprender cómo se produce hoy la vida para descubrir, precisamente allí, las posibilidades históricas de su emancipación.
Porque el socialismo nunca fue una doctrina cerrada. Fue, ante todo, una manera de preguntar por las condiciones materiales de la libertad. Y quizás haya llegado el momento de que esa pregunta vuelva a formularse desde América Latina.
No escribo estas palabras para defender una nueva versión del socialismo ni para restaurar una tradición derrotada. Las escribo porque sospecho que el capitalismo transformó profundamente las formas de producir la vida, mientras la izquierda dejó de transformar las categorías con las que intentaba comprenderlo. Si esa sospecha es correcta, entonces nuestra tarea no consiste en administrar mejor las viejas respuestas, sino en volver a producir teoría desde el sur del mundo.

