Cecilia Aravena Zúñiga1
Hace algunos días, junto a mi esposo, entramos a un bar cercano a nuestro lugar de trabajo. El local estaba lleno de jóvenes. Conversaban animadamente, reían, escuchaban música. Nos pareció un buen lugar para descansar un momento y compartir algo antes de volver a casa.
Nos sentamos a una mesa y esperamos. Pasaron varios minutos. Una garzona pasó frente a nosotros. Después otra. Y otra más.
Intentamos llamar su atención con una sonrisa, un gesto amable de la mano. Nada.
Las vimos atender a personas que habían llegado después que nosotros. Observamos cómo recorrían el local una y otra vez sin detenerse jamás en nuestra mesa. Al principio pensamos que era una casualidad. Después comprendimos que no.
No había ningún cartel en la entrada. Ninguna norma escrita. Ninguna prohibición explícita. Pero el mensaje estaba claro.
Ese espacio no había sido pensado para nosotros. Salimos del local con una sensación difícil de describir. No era rabia. Tampoco tristeza. Era algo más profundo: La experiencia de volverse invisible.
Y quizás ese sea uno de los problemas menos discutidos de la sociedad chilena actual.
Hablamos mucho de discriminación por género, por origen social, por orientación sexual o por etnia. Y con razón. Sin embargo, pocas veces hablamos de la discriminación por edad, una forma de exclusión silenciosa que afecta diariamente a miles de personas mayores. Vivimos en una cultura que glorifica la juventud. La publicidad glorifica la juventud. Las redes sociales glorifican la juventud.
El mercado glorifica la juventud. Pareciera que todo lo valioso estuviera asociado a ser joven, verse joven o aparentar juventud. En ese contexto, envejecer deja de percibirse como una etapa natural de la vida y comienza a experimentarse como una pérdida de valor social.
Los adultos mayores dejan de ser vistos como personas portadoras de experiencia, memoria y conocimiento acumulado. Comienzan a ser percibidos como individuos obsoletos, lentos o desconectados de los tiempos actuales. Lo paradójico es que esta mirada aparece precisamente cuando Chile enfrenta una transformación demográfica histórica.
La tasa de natalidad se encuentra entre las más bajas de nuestra historia. Cada vez más parejas deciden no tener hijos o postergan indefinidamente la maternidad y la paternidad. Los hogares unipersonales aumentan. Las mascotas ocupan muchas veces espacios afectivos que antes ocupaban los hijos. Mientras tanto, la población envejece aceleradamente.
Estamos ingresando a una sociedad donde habrá menos niños y más personas mayores. Sin embargo, seguimos organizando nuestra vida social, cultural y económica como si la vejez fuera una excepción y no una realidad creciente. El problema no es únicamente económico, aunque también lo es.
Miles de adultos mayores sobreviven con ingresos insuficientes. Muchos enfrentan enfermedades crónicas, dificultades de acceso a la salud, problemas de movilidad y crecientes niveles de soledad.
Pero existe otra pobreza menos visible. La pobreza del reconocimiento. La sensación de que la sociedad ya no necesita lo que uno sabe. La impresión de que la experiencia acumulada durante décadas ha dejado de tener valor. La certeza de que muchos espacios públicos, comerciales y culturales han sido diseñados para otros.
Una sociedad envejecida que margina a sus adultos mayores es una sociedad que desprecia su propia memoria. Porque cada adulto mayor representa algo más que una persona que envejece. Representa historias, aprendizajes, errores, conocimientos, afectos y experiencias que ninguna inteligencia artificial, ninguna red social y ningún algoritmo pueden reemplazar. Quizás el verdadero desafío de Chile no sea solamente cómo financiar mejores pensiones o ampliar la cobertura de salud, tareas por cierto indispensables.
El desafío es cultural. Necesitamos resignificar la vejez. Necesitamos dejar de entender el envejecimiento como una derrota y comenzar a comprenderlo como una etapa valiosa de la vida humana. Una sociedad que vuelve invisibles a sus mayores es una sociedad que está perdiendo sus vínculos intergeneracionales y, con ellos, parte importante de su cohesión social.
Necesitamos construir ciudades, espacios públicos, servicios y formas de convivencia que integren a las personas mayores en lugar de empujarlas hacia la periferia social. Y, sobre todo, necesitamos recordar algo esencial: La discriminación por edad tiene una particularidad que la distingue de todas las demás: Si tenemos suerte, algunos días todos perteneceremos al grupo discriminado.
La pregunta es simple: ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo para recibirnos cuando lleguemos allí?
- Cecilia Aravena Zúñiga: Es asistente social, casada, dos hijos y dos nietas. Participa en taller literario de poli Délano desde el año 2007, y es miembro de la Corporación Letras de Chile desde el año 2014. Ha publicado el libro de cuentos Fragmentos de Chile (2018), la novela Proyecto D and D (2022). Coescribió las novelas: La verdad secuestrada (2019), Estación Yungay (2020) y el libro de ciencia ficción Investigando humanos y otros cuentos para el fin del mundo (2020) con Eduardo Contreras Villablanca. Tiene cuentos y poemas publicados en antologías como: Entrepuentes (2007, edición impresa) de Mago Editores y Antología de poesía chilena reciente, Corporación Letras de Chile (2020, edición digital), El taller de Poli Délano (2017), ¿Están escribiendo? (2019), y Polinizando (2020). Participó en antologías de Quimantú, LOM, Espora y Mago Editores, destacando Crímenes con M de mujer (2023) y Martes Negro, 50 años del golpe de Estado (2023) y Jóvenes en dictadura (2023). Ha sido jurado en concursos literarios, incluyendo el de la Municipalidad de Santiago. Escribe reseñas y críticas en el diario digital El Mostrador. Es parte del Comité Editorial de la revista Descentrados.cl, sección “De Letras”. ↩︎

