Por Diego Pérez Hernández
Académico de la Facultad de Educación de la UC de Temuco
“El miércoles tomaron preso al profesor Santos. Nada de raro en estos tiempos. Solo que el profesor Santos es mi padre”. Con estas palabras comienza Los días del arcoíris, de Antonio Skármeta. Publicada en el 2011, la novela narra ciertos acontecimientos anteriores al plebiscito de 1988, particularmente, el exitoso proceso creativo que hay detrás de la campaña del No. Uno de sus protagonistas sea el publicista Adrián Bettini, quien verá en sueños el arcoíris que, como el símbolo bíblico, promete la llegada de mejores tiempos. En sintonía con el optimismo que este anuncio encarna, felizmente, el profesor Santos será liberado.
En parte, el “héroe” de Los días del arcoíris es Bettini. En cambio, el profesor Santos casi se convierte en una víctima de la dictadura: Si se salvó, fue porque los esbirros lo secuestraron mientras realizaba su clase de filosofía. Había demasiados testigos de su detención. ¿Qué ocurre luego? El narrador se encarga de transmitírnoslo: “Después que se llevaron al profesor Santos vino el inspector Riquelme y nos hizo un ejercicio de comprensión de texto”. Resulta significativa la función que, en ese contexto, adquiere la comprensión lectora: Si se quiere, llenar el vacío que deja la desaparición del profesor de Filosofía.
¿Qué habrán leído los estudiantes? Si aceptamos que la historia narrada transcurre en 1988, entonces, ya habían aparecido importantes obras sobre la dictadura: En 1978, se publica Casa de campo, de José Donoso, Los convidados de piedra, de Jorge Edwards, y Las malas juntas, de José Leandro Urbina; en 1980, ve la luz No pasó nada, del propio Skármeta; en 1982, aparece La casa de los espíritus, de Isabel Allende; en 1985, Un día con su excelencia, de Fernando Jerez; en 1986, La gran ciudad, de Omar Saavedra Santis y Óxido de Carmen, de Ana María del Río. La lista no pretende ser exhaustiva; simplemente, busca enumerar algunas obras que los estudiantes podrían haber leído.
Como es obvio, en un contexto como el que envuelve a los personajes, de ninguna manera habría sido posible leer libros como estos. Afortunadamente, los estudiantes también contaban con otro docente: Rafael Paredes. Profesor de literatura inglesa, este personaje cumple un gran papel en la novela porque genera instancias que permiten reflexionar sobre temáticas tan universales como la ambición y el poder, y proyectarlas en las propias circunstancias. (Seguramente, Harold Bloom no estaría muy de acuerdo con esta afirmación). Así, a propósito de la lectura de Macbeth, de Shakespeare —Paredes lo llama “tío Bill”—, el narrador dice: “lo que pasa es que Macbeth está tentado de ser rey y el camino más directo es asesinar al rey mismo. A la Pinochet, digamos. Pero le cuesta su poco decidirse. Aunque su vieja le echa carbón. La vieja es todavía más mala que Macbeth”.
Si bien aún no se ha constituido como ciencia, la educación literaria cuenta con objetivos bastante decentes. Uno de ellos, como bien señala Felipe Munita, consiste en desarrollar una autoimagen como lector y una implicación personal con el mundo literario, gracias a lo cual, las y los jóvenes lectores sean capaces de emplear la literatura como medio para comprenderse a sí mismos, a los otros y el mundo. Esto es lo que hace el narrador de Los días del arcoíris: A partir de la lectura de una de las grandes tragedias shakesperianas sobre la ambición, el personaje establece asociaciones significativas entre Augusto Pinochet y su esposa, por una parte, y Macbeth y su temible consorte, por otra. En función de las asociaciones, el hijo del profesor Santos parece comprender que, detrás de lo contingente, existen ciertas constantes que podrían describirse como universales que ayudan a encontrar sentido en medio del horror; la situación del país, por su parte, adquiere la condición de tragedia. Skármeta, eso sí, se preocupó de no conferirle a la pareja una estatura trágica: Pinochet no pasa de ser una manera de acceder al poder; la esposa, por su parte, es “la vieja”.
La comprensión que alcanza el narrador posee ciertas características singulares: Por un lado, implica ir más allá de la barbarie, del terrorismo estatal que padecen los personajes en su aquí-y-ahora; Macbeth, por su parte, aparece como una suerte de faro que, a pesar de los siglos, ayuda a orientarse y hallar en los símbolos sentido en medio del horror y del absurdo. Por otro lado, la comprensión que se alcanza tiene algo de finta respecto de la censura. Esto se debe a que el entendimiento profundo del presente que logra el hijo del profesor Santos es a pesar de que no habría sido posible leer obras como las de Donoso, Edwards, Urbina, etc., es decir, obras que habrían ayudado a comprender en términos simbólicos la dictadura. Por eso, la comprensión que propicia la lectura literaria puede tener algo de finta, de evasión: Porque permite entender ciertos fenómenos relevantes para la comunidad, a pesar de que existen fuerzas que no quieren que aquello sea comprendido.
La literatura ayuda a comprender simbólicamente experiencias que, por el horror que generan, pueden parecer absurdas, irracionales; la literatura permite ahondar mediante símbolos en el corazón de los verdaderos bárbaros, es decir, según Todorov, quienes consideran que los otros, porque no se parecen a ellos, pertenecen a una humanidad inferior y merecen ser tratados con desprecio o condescendencia.
Desde luego, el planteamiento según el cual la literatura permite asomarse comprensivamente al horror no tiene nada de novedoso. En el Origen de la tragedia, Nietzsche sostiene que los griegos conocieron y experimentaron las angustias y los horrores de la existencia. Para poder vivir, fue menester evocar el deslumbrante y protector ensueño olímpico. Y, muchísimos siglos antes, como observa Hannah Arendt al final de Sobre la revolución, Sófocles había señalado en Edipo en Colono que aquello que hacía soportable “la carga de la vida era las polis, el espacio donde se manifiestan los actos libres y las palabras del hombre”.
La lectura literaria no solo ayuda a conocer y, en cierto modo, experimentar las angustias y los horrores de la existencia, sino que también, parafraseando a Nietzsche, ayuda protegernos de ellos; es, asimismo, política. ¿Por qué entonces no brindarle un mayor protagonismo en nuestras reflexiones, investigaciones y prácticas educativas a la literatura sobre la dictadura? De acuerdo con los lineamientos ministeriales para la asignatura de Historia, existe al menos una unidad sobre este oscuro período histórico: en segundo medio, “Dictadura militar, transición política y los desafíos de la democracia en Chile”. No hay nada que objetar al respecto. Ahora bien, de acuerdo con Grínor Rojo, existen al menos doscientas novelas chilenas sobre la dictadura o la postdictadura. Parece ser, por tanto, que el régimen cívico-militar no solo es un problema histórico, sino también literario, un problema con profundas implicancias simbólicas e imaginarias.
Es, asimismo, un problema estético. En Casa de campo, cada vez que surge una situación incómoda, la tía encargada del “buen gusto” de la familia dice que es mejor “correr un tupido velo”. Es preciso descorrer el tupido velo que todavía parece ocultar el hecho de que la dictadura no solo es un problema histórico, sino también literario y seguir avanzando en la conceptualización de una didáctica de la literatura chilena sobre la dictadura: Se puede comprender que el hijo del profesor Santos y sus compañeros no hayan podido leer obras literarias sobre el régimen cívico-militar; que actualmente persista ese vacío resulta incomprensible.
Para ello, es necesaria la intervención de muchos factores. Sin duda, la literatura misma está entre los más importantes. Hannah Arendt sostiene que los poetas (es decir, los autores de obras literarias) son los custodios y vigilantes del depósito de la memoria, y que su misión “consiste en descubrir y crear las palabras con las que vivimos”. Pero difícilmente los más jóvenes podrán comprenderse a sí mismos y el mundo a partir de las obras literarias sin la mediación de excelentes profesoras y profesores de Literatura, docentes capaces de ir más allá de la mera comprensión de textos.

