Por Marcial Edgardo Vega Rubilar
… “en cambio continuo”
Hay inviernos que duran bastante más de lo que dice el calendario.
Vivo en una localidad precordillerana de la Región de Ñuble y, cuando el frío se instala de verdad, las mañanas comienzan con una negociación silenciosa entre el cuerpo y el termómetro. Los dedos apenas responden, uno camina más lento, el café demora en hacer efecto y hasta prender la estufa exige una voluntad que la helada dejó congelada durante la noche.
Si a eso se suma ese ánimo medio desteñido con el que andamos tantos por estos días —noticias que pocas veces invitan al optimismo y esa sensación de precariedad que parece haberse vuelto parte del paisaje—, cuesta encontrar motivos para entusiasmarse.
Pero hace unos días encontré una solución sorprendentemente barata.
Conecté el teléfono al amplificador de mi guitarra, busqué el debut de Stray Cats, publicado en 1981, y apreté play.
No exagero: Fue como encender otro tipo de calefacción.
Mientras le servía comida a la Lorena —mi gata, dueña indiscutida de la casa— empecé a recuperar la movilidad. Primero fue un pie marcando el ritmo. Después los hombros. Al rato ya estaba bailando torpemente en la cocina como si nadie me estuviera mirando.
Bueno… salvo la Lore, que observaba todo con esa mezcla de paciencia y superioridad que solo los gatos manejan.
Fue inevitable pensar en ellos.
Dicen que los gatos tienen siete vidas. Otros aseguran que nueve. Da lo mismo el número. Los Stray Cats parecen haberlas probado todas. Se separaron, volvieron, desaparecieron, se reencontraron y una vez más encontraron el camino de regreso. Como buenos gatos callejeros, siempre supieron volver.
La historia comenzó en 1979, en Massapequa, Nueva York. Mientras buena parte del mundo miraba hacia los sintetizadores, la new wave y los sonidos del futuro, Brian Setzer, Lee Rocker y Slim Jim Phantom decidieron hacer exactamente lo contrario: Rescatar el espíritu del rockabilly de los años cincuenta y tocarlo como si acabara de nacer.
Pero no hicieron una simple reconstrucción del pasado. Tomaron el ADN de Eddie Cochran, Carl Perkins, Gene Vincent, Chuck Berry y Bill Haley, le sumaron la velocidad y la insolencia del punk y encontraron una mezcla que no sonaba nostálgica.
Sonaba peligrosamente viva.
Eso se percibe desde los primeros segundos de “Runaway Boys”, la canción que abre el disco. Entra con una energía inmediata. Es de esas canciones que dan ganas de escuchar con la ventana abierta, incluso cuando afuera hay dos grados bajo cero.
Después llega “Rock This Town”, probablemente una de las canciones fundamentales del rockabilly moderno. Tiene ese tipo de ritmo que no pide permiso. Uno empieza moviendo un pie y, cuando se da cuenta, el resto del cuerpo ya tomó la decisión.
Entonces aparece “Stray Cat Strut” y el disco cambia de paso. Baja las revoluciones, pero gana elegancia. Avanza con la tranquilidad de un gato que conoce cada esquina del barrio y sabe exactamente dónde está parado.
Setzer canta con una seguridad natural. Nunca parece estar haciendo un esfuerzo por impresionar a nadie. Y su Gretsch tampoco. La guitarra conversa con las canciones en lugar de competir con ellas. Sus solos tienen la precisión de alguien que sabe cuánto decir y cuándo guardar silencio.
Lee Rocker, por su parte, convierte el contrabajo en un instrumento protagónico. Lo golpea, lo abraza, lo hace bailar y cantar al mismo tiempo. Es imposible no quedarse mirando cómo logra que un instrumento enorme parezca ligero y juguetón.
Y Slim Jim confirma que una batería no necesita parecer una ferretería para sonar enorme. Cada golpe está donde corresponde y además tocándola de pie.
Quizás por eso este disco sigue funcionando tan bien después de más de cuarenta años. No porque venga a entregar una gran enseñanza ni porque haya envejecido mejor que otros, sino porque conserva algo que a veces se vuelve difícil de encontrar: Tres músicos disfrutando de tocar juntos y canciones capaces de transmitir esa energía.
Ahora entiendo por qué este disco apareció justo cuando lo necesitaba.
No hizo subir la temperatura. No bajó el precio de la leña. Tampoco arregló las noticias.
Pero durante cuarenta minutos consiguió algo bastante más sencillo y, por eso mismo, más valioso: Hizo que el invierno pesara un poco menos y cambiara mi ánimo.
Mientras termino de escribir estas líneas, el volumen sigue bastante alto. No me extrañaría que en cualquier momento golpearan la puerta para pedirme que bajara la música.
Puede que tengan razón.
Aunque, después de un invierno como este, uno también tiene derecho a calentarse como pueda.
Y, al menos por hoy, estos tres gatos callejeros resultaron ser mucho más efectivos que cualquier estufa.

