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Descentrados Chile

La desarticulación del tejido social

Fotografía: Pinterest

Ricardo Álvarez 

Sociólogo, Investigador y Escritor

 

Hablar de desarticulación del tejido social en Chile exige una precaución inicial: no confundirla con la desaparición de la organización colectiva. La historia reciente muestra, más bien, una transformación de las formas mediante las cuales los individuos se vinculan, construyen identidades comunes y desarrollan acciones colectivas. La pregunta, por tanto, no es simplemente cuándo los chilenos dejaron de organizarse, sino qué ocurrió con las formas de asociación, confianza y construcción de proyectos comunes que caracterizaron otros momentos de nuestra historia.

La dictadura constituye un punto de inflexión fundamental en este proceso. Sin embargo, incluso bajo condiciones de profunda transformación política y social, la acción colectiva no desapareció. Espinoza (1998), al reconstruir la trayectoria de los pobladores de Santiago entre 1957 y 1987, distingue diferentes articulaciones entre acción reivindicativa, participación institucional, acción comunitaria y ruptura política. Su análisis permite observar que el tejido social no constituye una estructura que simplemente existe o deja de existir: sus componentes se transforman y establecen relaciones diferentes bajo determinadas condiciones históricas.

Las décadas posteriores agregaron otra transformación relevante: la creciente individualización de las trayectorias sociales. Yopo (2013) muestra que este concepto ha constituido uno de los marcos utilizados por las ciencias sociales chilenas para interpretar las transformaciones culturales recientes de los individuos y la sociedad. La individualización, sin embargo, no equivale necesariamente al individualismo ni supone que las estructuras sociales hayan perdido importancia. Por el contrario, permite observar la creciente exigencia hacia los individuos para construir sus propias trayectorias, aun cuando las condiciones y recursos para hacerlo continúan distribuyéndose de manera desigual.

Este proceso permite comprender una de las tensiones de la sociedad chilena anterior a 2019. El debilitamiento o transformación de determinados soportes colectivos convivió con la emergencia de movimientos estudiantiles, territoriales, laborales, feministas y otras expresiones de acción colectiva. Resultaría insuficiente, por ello, describir las últimas décadas únicamente como el tránsito desde una sociedad organizada hacia otra atomizada. Una interpretación alternativa es que ciertas formas tradicionales de articulación perdieron centralidad mientras emergieron nuevos actores, identidades y demandas que no necesariamente encontraron mecanismos permanentes para constituirse en proyectos comunes.

Desde esta perspectiva, la desarticulación puede entenderse menos como ausencia de vínculos que como dificultad para relacionar una multiplicidad de experiencias, organizaciones y malestares. Octubre de 2019 vuelve especialmente visible esta tensión. Morales (2020) identifica antecedentes previos relacionados con crisis de participación, representación, confianza institucional y probidad, dimensiones que, aunque diferentes entre sí, confluyeron en el escenario del estallido social. La extensión adquirida por las movilizaciones obliga entonces a problematizar la imagen de una sociedad simplemente desmovilizada. El interrogante no es solo cómo una sociedad caracterizada por procesos de individualización pudo movilizarse masivamente, sino si aquella movilización expresó la reconstrucción de un tejido común o la convergencia de malestares y demandas previamente diferenciados.

Existe, sin embargo, una segunda dimensión del problema. Las ciencias sociales chilenas no llegaron a 2019 ignorando estas transformaciones. Existían investigaciones sobre individualización, desigualdad, acción colectiva, movimientos sociales, territorio, precarización y confianza. La revisión realizada por Yopo (2013), por ejemplo, identifica un campo interdisciplinario que llevaba años intentando interpretar las transformaciones culturales experimentadas por los individuos y la sociedad chilena. Esto desplaza el problema desde la mera existencia del conocimiento hacia su capacidad de articulación: ¿producir conocimiento sobre distintas dimensiones de una sociedad equivale necesariamente a comprender las relaciones existentes entre ellas?

Es aquí donde el concepto de capitalismo académico adquiere relevancia. Slaughter y Leslie (1997) lo desarrollaron para analizar las transformaciones de la educación superior asociadas a cambios en la economía política, el financiamiento público, la relación entre universidades y mercados y sus consecuencias sobre el trabajo académico. Posteriormente, Slaughter y Rhoades (2004) ampliaron este enfoque mediante la noción de un régimen académico-capitalista de conocimiento y aprendizaje, prestando especial atención a las estructuras, redes y circuitos mediante los cuales se organiza la producción y circulación del conocimiento.

No se trata de afirmar que el capitalismo académico haya producido la desarticulación del tejido social chileno, ni de responsabilizar a las ciencias sociales por no anticipar octubre de 2019. Ambas afirmaciones establecerían relaciones causales que requieren demostración. La pregunta es diferente: ¿las condiciones institucionales bajo las cuales producimos conocimiento favorecen la construcción de interpretaciones capaces de relacionar fenómenos sociales diversos o incentivan principalmente la profundización de objetos especializados?

Una sociedad puede producir abundante conocimiento sobre sí misma y, al mismo tiempo, experimentar dificultades para convertir esos conocimientos parciales en una interpretación de conjunto. Si antes de 2019 existían investigaciones sobre individualización, precariedad, segregación territorial, endeudamiento, movimientos sociales, desigualdad y desconfianza institucional, entonces el problema no consiste únicamente en determinar qué sabíamos. También debemos preguntarnos qué relaciones construimos entre esos saberes.

La desarticulación del tejido social constituye, por ello, un primer problema y abre simultáneamente otro. Mientras la sociedad chilena transformaba sus vínculos, identidades y formas de acción colectiva, las ciencias sociales producían conocimientos diversos sobre esas mismas transformaciones. Examinar hasta qué punto esos conocimientos consiguieron dialogar entre sí será una cuestión distinta. Pero quizá sea precisamente allí donde debamos comenzar a interrogarnos no solo por la sociedad que investigamos, sino también por las condiciones bajo las cuales producimos conocimiento sobre ella.

 

Referencias

Espinoza, V. (1998). Historia social de la acción colectiva urbana: Los pobladores de Santiago, 1957-1987. EURE, 24(72), 71–84. https://doi.org/10.4067/S0250-71611998007200004

Morales Quiroga, M. (2020). Estallido social en Chile 2019: Participación, representación, confianza institucional y escándalos públicos. Análisis Político, 33(98), 3–25. https://doi.org/10.15446/anpol.v33n98.89407

Slaughter, S., & Leslie, L. L. (1997). Academic capitalism: Politics, policies, and the entrepreneurial university. Johns Hopkins University Press.

Slaughter, S., & Rhoades, G. (2004). Academic capitalism and the new economy: Markets, state, and higher education. Johns Hopkins University Press.

Yopo, M. (2013). Individualización en Chile: Individuo y sociedad en las transformaciones culturales recientes. Psicoperspectivas, 12(2), 4–15. https://doi.org/10.5027/psicoperspectivas-Vol12-Issue2-fulltext-254