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Descentrados Chile

La disputa por el sentido común: la izquierda, la comunicación y el algoritmo

Fotografía: Pinterest

Por Felipe Valdebenito Leiva 

Periodista, cientista social y habitante del Wallmapu

 

Una de las cuestiones más interesantes que deja la reciente experiencia electoral brasileña es la posibilidad de que sectores de la izquierda estén comenzando a comprender algo que va mucho más allá de la comunicación electoral: Las redes sociales no son simplemente herramientas para difundir ideas políticas, sino espacios donde se disputa y se construye sentido común.

El problema histórico de la izquierda no ha sido necesariamente desconocer la existencia o la importancia de las redes sociales. Su dificultad es más profunda: No logra ser escuchada. Puede tener diagnósticos acertados, propuestas transformadoras y una comprensión estructural de las desigualdades, pero eso no garantiza que sus ideas consigan hacerse comprensibles, reconocibles o significativas para las grandes mayorías.

Esto ocurre, en parte, porque continúa intentando comunicar sus proyectos mediante códigos, lenguajes y formatos que no siempre corresponden a las formas en que las personas producen y consumen comunicación, interpretan su realidad, toman posición y construyen sus expectativas de futuro.

La cuestión, por tanto, no consiste simplemente en aprender a utilizar TikTok, Instagram o WhatsApp. Se trata de comprender que la comunicación no es una operación posterior a la política, una instancia en la que se traduce un programa previamente elaborado. Es una dimensión constitutiva de la propia disputa política.

Desde una perspectiva gramsciana, esto obliga a reconsiderar el lugar de la comunicación en la construcción de hegemonía. La lucha por el sentido común no ocurre únicamente en los partidos, los sindicatos, las instituciones educativas o los medios tradicionales. También se desarrolla en los espacios cotidianos de consumo cultural, en las narrativas audiovisuales, en los símbolos, en el humor, en las imágenes y en las conversaciones que organizan nuestra experiencia del mundo.

Las personas no interpretan la realidad exclusivamente mediante argumentos racionales o programas políticos. Lo hacen también a través de experiencias, afectos, identificaciones, aspiraciones y representaciones que les permiten reconocer su lugar en la sociedad. Una política que desatiende estas mediaciones corre el riesgo de producir discursos correctos en sus diagnósticos, pero incapaces de intervenir en la manera en que la sociedad comprende sus propios problemas.

El desafío de la izquierda no es solamente tener razón, sino construir las condiciones comunicacionales para que sus ideas puedan adquirir sentido social.

La guerrilla de la comunicación: intervenir en los códigos del poder

Aquí aparece una herramienta teórica y práctica particularmente interesante: la guerrilla de la comunicación.

Esta perspectiva, desarrollada por autores como el colectivo alemán autónomo autonome a.f.r.i.k.a.-gruppe, John D. H. Downing y otros pensadores de la comunicación alternativa, permite pensar intervenciones que no se limitan a contraponer un mensaje a otro, sino que alteran, parodian, resignifican o interrumpen los códigos mediante los cuales se naturalizan determinadas relaciones de poder.

Su importancia radica en comprender que los discursos hegemónicos no se reproducen únicamente porque sus argumentos sean aceptados. También lo hacen porque sus símbolos, formatos y narrativas se incorporan a la vida cotidiana hasta volverse familiares, intuitivos y aparentemente naturales.

La guerrilla de la comunicación busca intervenir precisamente en ese terreno: Hacer visible lo que el lenguaje dominante presenta como evidente, desarticular sus significados y abrir posibilidades de interpretación que antes parecían inexistentes.

Para los proyectos de transformación social, esto supone una tarea distinta de la simple divulgación doctrinaria. No basta con explicar las contradicciones del capitalismo mediante categorías teóricas; también es necesario encontrar formas de hacerlas perceptibles en la experiencia cotidiana, intervenir en los imaginarios dominantes y producir representaciones capaces de conectar las estructuras sociales con la vida concreta de las personas.

No se trata de abandonar la complejidad del pensamiento político para adaptarse superficialmente a las tendencias digitales. Se trata de desarrollar una capacidad de traducción cultural que permita disputar los significados desde los propios espacios donde estos se producen y circulan.

La guerrilla de la comunicación puede aportar métodos para esa tarea, siempre que la intervención no se reduzca a la provocación o la viralidad, sino que contribuya a construir interpretaciones alternativas de la realidad.

Disputar el algoritmo: la visibilidad también es poder

Sin embargo, existe una dimensión adicional que no podemos ignorar: El algoritmo.

Las plataformas digitales no son espacios neutrales donde todas las ideas compiten en igualdad de condiciones. Sus sistemas de recomendación ordenan la visibilidad, seleccionan contenidos y contribuyen a configurar los entornos informativos y culturales en los que las personas se relacionan con el mundo.

Esto introduce una contradicción fundamental para cualquier proyecto de transformación. Puede producirse un contenido relevante, desarrollar una interpretación rigurosa de la realidad y encontrar un lenguaje culturalmente significativo, pero su circulación seguirá condicionada por infraestructuras privadas que responden a modelos de negocio, sistemas de recomendación y criterios de distribución que no necesariamente coinciden con los objetivos de ese proyecto político.

Por eso, disputar el algoritmo no puede significar únicamente aprender a optimizar publicaciones, publicar a determinadas horas o perseguir tendencias para obtener más visualizaciones. Esas capacidades pueden ser útiles, pero no resuelven el problema estratégico.

La disputa exige comprender cómo funcionan los mecanismos de visibilidad, cómo se forman las comunidades de atención, qué formatos favorecen la circulación y qué prácticas permiten construir redes de distribución propias, sostenibles y capaces de conectar la comunicación digital con la organización social.

También requiere reconocer los límites de esa disputa: Una organización política no controla los sistemas de recomendación de las plataformas y no puede garantizar que un contenido se vuelva visible. Puede, sin embargo, desarrollar estrategias de producción, circulación y organización que amplíen su capacidad de intervención en esos espacios.

En este sentido, la disputa por el algoritmo es también una disputa por las condiciones materiales de la comunicación. No basta con discutir qué ideas circulan; es necesario preguntarse quién controla las infraestructuras que hacen posible su circulación, bajo qué criterios se distribuye la atención y qué posibilidades existen para construir espacios de comunicación menos dependientes de esas lógicas.

De la comunicación electoral a la construcción de hegemonía

La experiencia brasileña invita a examinar si estamos ante una innovación táctica para competir electoralmente o ante una transformación más profunda en la manera en que determinados sectores de la izquierda comprenden la disputa política.

La diferencia es sustantiva. Una estrategia electoral puede incorporar las redes sociales para conseguir votos sin modificar su concepción de la política. Una estrategia de construcción hegemónica, en cambio, debe integrar la comunicación a la producción de sentidos, la formación de subjetividades, la articulación de identidades colectivas y la organización de fuerzas sociales.

No basta con tener presencia digital. Tampoco basta con reproducir en las plataformas los discursos que históricamente han circulado en los espacios militantes. El desafío es producir contenidos que puedan ser escuchados en los códigos culturales contemporáneos, disputar los significados que organizan la interpretación cotidiana de la realidad y transformar esa capacidad comunicacional en vínculos, participación y acción colectiva.

Esto no implica sustituir la organización territorial por la comunicación digital, ni confundir viralidad con conciencia política. Implica reconocer que ambas dimensiones se encuentran relacionadas y que la construcción de un proyecto transformador requiere intervenir en los espacios donde se forman las percepciones, las sensibilidades y las posibilidades de acción de la sociedad.

La pregunta estratégica ya no puede ser solamente cómo comunicar mejor las ideas de la izquierda. Debe ser cómo construir una capacidad política y cultural para disputar la producción social del sentido común.

Porque la hegemonía no se juega exclusivamente en la capacidad de explicar el mundo, sino también en la capacidad de intervenir en las formas mediante las cuales ese mundo se vuelve inteligible para quienes lo habitan.

Y hoy, una parte decisiva de esa disputa ocurre en las pantallas, en los códigos culturales que circulan por ellas y en los algoritmos que organizan nuestra atención.

Un proyecto de transformación que aspire a cambiar la sociedad necesita, además de una interpretación crítica de la realidad, la capacidad de disputar las formas en que esa realidad es percibida, narrada y experimentada colectivamente.