Andrea Velasco Leiva
Psicóloga Social y Feminista, directora de la Corporación MINKA Psicólogas Feministas, Cofundadora de Fundación Infancia Plena FIP. Magíster en Psicología Social y becaria en Doctorado en Psicología de la Universidad Alberto Hurtado. Investigadora en violencia feminicida, memoria y trauma.
¿Cuántos niños, niñas y adolescentes perdieron a sus madres por un feminicidio en nuestro país este año? ¿Cuántos hijos e hijas presenciaron ese feminicidio? ¿Qué pasa con los huérfanos por femicidio en nuestro país?
Responder a estas preguntas duele, y mucho. No quisiéramos seguir contando mujeres asesinadas por un hombre, por el solo hecho de ser mujeres, y menos quisiéramos sumar al conteo y registro a las niñeces y adolescencias que quedan sin sus madres (y padres) después de un feminicidio.
Pero esta es la paradoja de la violencia, ya no queremos tenerla presente en nuestras estructuras sociales, pero tenemos que hacerla explícita, nombrarla y registrarla, mas no sólo como una función administrativa de suma de “casos”, sino como un acto político de denuncia y memoria que nos permita cuestionar también la responsabilidad estatal en sus orígenes y reproducción. En este sentido, que el Estado llegue tarde a proteger a una mujer también es que llegue tarde para esos hijos e hijas.
En esta paradoja, comenzar a visibilizar a los hijos e hijas de las mujeres asesinadas en nuestro país por la violencia feminicida es urgente y fundamental.
La violencia feminicida en Chile reconoce, desde la lucha y denuncia feminista, distintas formas de manifestación, las más reconocidas social y legalmente son el feminicidio y el suicidio feminicida y la menos visibilizada hasta ahora, es el castigo feminicida que hace referencia al asesinato de los hijos e hijas de la mujer para causarle un grave daño psíquico, atribuyéndose el hombre el derecho a castigarla por desobedecer a sus normas y deseos.
Como se puede apreciar, cuando hablamos de violencia feminicida, las niñeces y adolescencias siempre están presentes, ya sea como observadores-testigos, como víctimas (in)directas o como receptores finales de la violencia letal.
Actualmente, quedar huérfano o huérfana por feminicidio sería otro tipo de maltrato infantil no nombrado y no visibilizado por las políticas públicas de salud, educación y protección. Y es que en estas sociedades autoritarias donde la violencia pasa a ser esa normal anormalidad como señaló Martín Baró, los impactos de la opresión y la muerte son minimizados y negados, y si hablamos de niñeces y adolescencias, simplemente inexistentes para ellos.
Ser testigo del continuum de violencia hacia su madre hasta su feminicidio es, sin lugar a duda, otra violencia infantil y significa un quiebre profundo en la vida de esos hijos e hijas.
Sin madre y sin padre (ya sea por las medidas punitivas o porque se quitó la vida), el mundo de estos NNA debe reestructurarse, comenzar en un nuevo lugar, dejar su escuela, liceo, a sus amigos y quedar al cuidado de nuevas personas, sean estas familiares o estatales. Muchas veces la vida de ellos y ellas se vuelve más precaria, más bocas que alimentar para quienes los adoptan, una pensión insuficiente y con fecha límite que no alcanza para sostener la vida, débiles lazos sociales por estigmatización y un abandono estatal posterior al delito que vuelve a invisibilizarlos.
Con un dolor inimaginable en su corazón, con muchísimo miedo y terror, con atrocidades vistas y vividas que se vuelven innombrables e indecibles (al igual que en la tortura) y con una experiencia traumática que ha dejado huellas en su mente y su cuerpo, los hijos e hijas de nuestras muertas siguen con nosotras/os y tenemos que verlos y verlas.
¿Cómo los y las podemos hacer presentes?… con una escucha profundamente respetuosa y validadora de sus vivencias, con una mirada crítica a nuestra normalización patriarcal y machista de las violencias estructurales, con una comprensión informada en trauma y con una irrestricta creencia en sus Derechos Humanos, de manera que podamos garantizarles la vida, la verdad, la justicia, la reparación y que estos hechos de violencia feminicida e infantil no se volverán a repetir.

