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Descentrados Chile

Tinta y latidos

Fotografía: Pinterest

Por Cecilia Aravena Zúñiga12

 

El día que mi madre murió, el viento aulló como una bestia herida, sacudiendo las calles con su aliento helado. La tarde se desangraba en tonos plomizos, y el cielo, se inclinó sobre el mundo. Ella se fue entonces, consumida hasta los huesos, con los ojos hundidos y los dedos aferrados a los míos en un último temblor. No pude decir nada, tampoco lloré. Las ráfagas golpeando las ventanas hablaron por mí y en su furia helada viajó mi reclamo y mi grito de auxilio. 

Cuando llegué al orfanato, las monjas, las cuidadoras y los otros quince niños me miraron con lástima. Dejé mi bolso en la única litera vacía y me desplomé. Recuerdo el olor a humedad del colchón, las baldosas sucias del piso y las cortinas opacas, como testigos de la soledad y el abandono del lugar. Durante años, mi mutismo fue un manto, una barrera invisible que me aisló del resto del mundo. Hubiese querido tener un padre o un hermano mayor que hablara por mí, que me explicara lo que estaba viviendo, alguien a quien abrazar.

Mientras los demás jugaban, yo me guarecía en el silencio y la soledad de los pasillos. Me gustaba mirar las vitrinas de madera de las religiosas, adosadas a la pared con gruesos libros de lomos oscuros y letras doradas. Un par de veces intenté abrirlas, pero siempre estaban con llave. Soñaba con leer alguno de esos tomos, descubrir sus secretos.

La única ocasión en que se podía salir del orfanato, eran los domingos. Esos días el aire me parecía más fresco y las mañanas más luminosas, aun cuando estuviera nublado. La promesa de salir del viejo edificio se convertía en sonrisas en el rostro de todos nosotros. Se compensaba el abandono, la soledad en la que vivíamos, con unas horas de atenciones y mimos de algunos parientes. Los domingos nos bañaban y cambiaban ropa. Con el pelo aplastado hacia atrás o hacia el costado, pegado al cuero cabelludo, como a lengüetazo de vaca, esperábamos nuestras visitas sentados en la galería después de la misa. Los familiares llegaban temprano, y se iban apurando el paso del afortunado, tirándolo tanto del brazo que los pies apenas rozaban el suelo. A la vuelta de esos paseos mis compañeros se ufanaban y exhibían sus regalos. Yo aparentaba indiferencia y salía al patio rehusando los dulces que compartían. 

Mi tía no me visitaba muy seguido, así es que aprovechaba cada domingo para escaparme a recorrer el centro de Santiago. Yo también podía divertirme. Las cuidadoras lo tenían libre y las monjas se daban un festín al almuerzo, que alargaba sus siestas hasta después de las cinco de la tarde. A esa hora recién volvían los niños y, entre recepción y despedidas, la cena y el control de asistencia se retrasaban hasta las siete. Conseguía, entonces, cuatro horas de libertad desde las tres de la tarde. 

Me ganaba unas monedas ayudando al bodeguero a ordenar los alimentos no perecibles. A veces me alcanzaba para un helado de chocolate y me iba a mirar los juegos Diana. En otras ocasiones, si tenía más dinero, iba al cine con una bolsa de gomitas o dulces con forma de gajos de naranja y de limón. El tipo de la boletería me dejaba entrar, a veces incluso, sin tener todo el dinero de la entrada. Creo que sabía que era del orfanato.

Muchas veces disfruté la matinée del cine Rex viendo dos películas de vaqueros o de charros mexicanos. Con los spaghetti western, me veía cabalgando en esos paisajes áridos, convertido en un héroe seguro de sí mismo, temido por todos. También me ensoñaba imaginándome como un charro de esos que aparecían en las pelis de Jorge Negrete, llevando con orgullo un sombrero grande de alas anchas con decoraciones bordadas y una chaqueta corta con un pantalón ajustado, realizando maniobras con el lazo o cambiando de caballo en plena huida. Quería dejar el orfanato y vivir esas aventuras. Mientras tanto, me las arreglaba para hacerme invisible, evitando castigos y controles. A los retraídos se les ignora y con eso se gana libertad de movimiento. 

Los fines de semana eran los mejores días porque los sábados almorzábamos empanadas de pino y los domingos cazuela de ave y yo podía arrancarme.  

Al término del otoño en el que cumplía diez años, un domingo, quedamos muy pocos niños en el orfanato y decidí escaparme al cine. A la salida, se desató un temporal, uno de esos a los que hay que temerles. En medio del apuro y agitación de la gente, bajo la lluvia persistente, me llamó la atención un anciano que se movía con mucha calma. Era flaco, y su ruana negra de lana, empapada, se adhería a su cuerpo como una sombra. El agua corría por los pliegues de la tela y goteando desde los bordes de su sombrero de fieltro, escondía su rostro. Era el único que parecía disfrutar del aire filoso que raspaba las narices de todos. A pesar de avanzar arrastrando una maleta, pasó muy plácido e indiferente. Era de otro mundo. Algo me cautivó, tal vez el contraste entre su tranquilidad y las correrías del resto, su actitud digna a pesar de su aspecto modesto, no lo sé. 

El viento comenzó a galopar en su ropa impidiéndole avanzar. Con la cabeza más adelante que el cuerpo, perseveraba sin inmutarse. Me quedé embelesado mirándole y volví al orfanato justo antes del llamado a la cena y el último control. Esa noche, antes de dormirme inventé historias en que veía al anciano como un hechicero. 

Pasaron apenas un par de semanas y cuando salía del cine otra vez, volví a encontrarme con el anciano, de nuevo en una tarde plomiza de lluvia y temporal, tirando la maleta vieja. Me pareció muy misterioso. Comencé a caminar detrás del viejo, temiendo que el viento lo desplomara. Sus piernas flacas tambaleaban. Tenía poco tiempo para volver al orfanato sin que se dieran cuenta de mi ausencia, pero me arriesgué. No lo pensé demasiado. Iba unos pasos atrás, con cuidado de no llamar su atención. En mi cabeza, él no era un hombre común. Me imaginaba un brujo retirado, uno sin capa ni varita, pero que todavía podía hacer que las cosas sucedieran con solo pensarlas. Me parecía obvio que debía tener una casa rara, con pasadizos, gatos silenciosos y relojes que funcionaban al revés.

Pero lo que encontré fue una casa vieja en un cité, casi escondida, con una puerta angosta y una pequeña ventana. Lo vi entrar, encender una lámpara y desaparecer detrás de unas repisas. Me quedé un rato afuera, sin animarme a más, hasta que la hora me empujó de vuelta al orfanato.

Volví el siguiente domingo a la entrada del cité. No sé qué esperaba. De repente el anciano salió arrastrando la maleta vieja de cuero. El hombre avanzaba muy lento, cada pisada se le hacía más difícil. De pronto voló su sombrero por el aire y vino hasta mí. De un salto logré atraparlo. Al viejo más le hubiera valido tirar la ruana que llevaba puesta, parecía que el viento la convertiría en grandes alas negras y se lo llevaría volando en cualquier momento. 

Se cortó la luz y la oscuridad en las calles me asustó aún más que la tormenta. Apuré el paso hasta él. Sólo un par de personas se cruzó en nuestro camino, iban agachadas evitando la lluvia. Él no pidió auxilio. Estábamos solos. La cortina de agua que caía, restallaba como un latigazo sobre ambos. Al lado del viejo se detuvo una camioneta y un joven le hacía ademanes por la ventanilla. El viejo negaba moviendo su cabeza. Tardó en retomar su paso y lo alcancé.

  • Lo puedo ayudar con la maleta- le dije agitado, mostrándole su sombrero. 

Me escudriñó de arriba a abajo. 

  • Sí, tú me podrías escoltar- dijo sonriendo y extendió su mano para recuperar el sombrero, sin soltar la maleta.

Doblamos en calle San Diego hasta una librería. Abrió la puerta y con un leve gesto de su mentón barbudo me indicó que pasara. El olor a humedad me impregnó la garganta. Hacía frío, un frío de ciénaga. El viejo acomodó la maleta en un rincón y se sentó en una silla giratoria de madera. 

  • ¿Tiene una linterna o velas? – pregunté.
  • ¿Velas? Estás loco chiquillo, en mi reino el fuego es el enemigo.

Caminó hacia un estante y tirando el sombrero a un rincón, sacó una linterna y la puso sobre lo que parecía un escritorio. Se hizo la luz. Una luz que iluminó mi vida para siempre. Sentí que el olor a humedad le cedía terreno a la mezcla de papel envejecido y cuero seco. Imaginé que esa esencia se expandía por toda la habitación como un encantamiento. Había repisas en todas las paredes, altas y desvencijadas, eran torres polvorientas que rozaban el techo. Cada una desbordada de tomos de todos los tamaños y colores: tomos encuadernados, ediciones de bolsillo con las tapas dobladas, las revistas Mampato y Barrabases aprisionadas entre volúmenes recostados. Sobre una mesita rectangular, cubierta con un mapa amarillento, descansaba una pila de obras. En el otro extremo del cuarto, una consola de madera se arqueaba en el centro, deformada por el peso de los textos de robustos lomos.

Desde una de las vigas expuestas del techo, colgaba un bombillo eléctrico que de repente se encendió, concertado con la magia del lugar, y justo en el momento en que más sorprendido me encontraba. Parecía que hubiese decidido irradiar esa sala y convertirla en el tesoro de Aladino.

-Ven, acércate, muchacho. Veo la fascinación en tu cara -el viejo, sonreía complacido- los libros son puertas, pequeño, te llevan a otros lugares y tiempos: al pasado, donde héroes y civilizaciones dejaron sus huellas, o al futuro que algunos imaginamos ¿Sabes qué es lo mejor? Cada vez que abres uno, te conviertes en algo más grande. No importa dónde estés o cuánto poseas, las historias y las ideas que encuentres aquí serán siempre tuyas. Ahora, dime, ¿qué historia quieres explorar primero?

-¿Lo dice en serio? Digo, ¿me prestará uno? No sé, hay muchos -le dije como atontado recorriendo con la vista los lomos y estanterías.

Me dio la espalda y poniéndose en puntillas tomó uno y le pasó el codo por la tapa. 

– Toma este, te gustará y cuando lo termines te recomendaré otros. Yo compro y vendo textos, tengo joyas muy valiosas que algún día te prestaré para que las leas.

Al mismo tiempo que estiraba mi brazo para recibirlo, un aire cálido me envolvió, tomé mi tesoro y lo guardé en el bolsillo interior de mi parka. Abracé al viejo y corrí hacia la calle. Alcancé a responderle cuando preguntó por mi nombre, y le dije que vivía en el orfanato. 

-Allá te veo joven Heredia -dijo, y la lluvia apagó su voz. 

Esa misma noche me convertí en el dueño y señor de la isla de Mompracem. Traspasé las paredes azumagadas del orfanato y recorrí las costas de Malasia para recuperar mi reino y vengar a mi familia, dedicándome a la piratería. Cambié el frío del dormitorio por el calor húmedo de una de las islas más grandes del mundo. 

Así conocí a Esteban Ivanković. Me fue a visitar muchos días domingo, con un par de libros bajo el brazo. Era alto, aunque la edad le había encorvado algo la espalda. Su delgadez era de esas que hablan de una vida austera. En su rostro surcado de arrugas, la dulzura de su sonrisa parecía resistirse al paso del tiempo. Su cabello canoso y desordenado caía sobre sus hombros, mientras unos bigotes delgados y su mentón barbudo le daban un aire de otro siglo. 

Pude deambular junto a Holden Caulfield por Nueva York y dejar de temerle al futuro. Conocer la isla del tesoro, y convertirme en el joven Jim e imaginar a Esteban como el anciano que formó parte de la tripulación del Capitán Flint. Escapé con un esclavo fugitivo por el río Misisipi y resolví misterios y crímenes con mi hermano, gracias a Los Hardy Boy.

El mundo de rincones mudos en el comedor, el patio o el dormitorio había desaparecido. Mis lecturas se filtraron en mi vida diaria, y junto con alardear de mis visitas dominicales frente a los otros huérfanos, exhibía los tomos que me llevaba Esteban como mis trofeos. A algunos niños a los que les costaba leer, podía relatarles las historias en las noches con miles de detalles que aparecían en mi cabeza. Tuve mis primeros amigos.

Años después, cuando dejé el orfanato y comencé a estudiar leyes, recibí cómo herencia del viejo Esteban, una parte de su colección de libros. Entre ellos, varios de George Simenon.

  1. Cecilia Aravena Zúñiga: Es asistente social, casada, dos hijos y dos nietas. Participa en taller literario de poli Délano desde el año 2007, y es miembro de la Corporación Letras de Chile desde el año 2014. Ha publicado el libro de cuentos Fragmentos de Chile (2018), la novela Proyecto D and D (2022). Coescribió las novelas: La verdad secuestrada (2019), Estación Yungay (2020) y el libro de ciencia ficción Investigando humanos y otros cuentos para el fin del mundo (2020) con Eduardo Contreras Villablanca. Tiene cuentos y poemas publicados en antologías como: Entrepuentes (2007, edición impresa) de Mago Editores y Antología de poesía chilena reciente, Corporación Letras de Chile (2020, edición digital), El taller de Poli Délano (2017), ¿Están escribiendo? (2019), y Polinizando (2020). Participó en antologías de Quimantú, LOM, Espora y Mago Editores, destacando Crímenes con M de mujer (2023) y Martes Negro, 50 años del golpe de Estado (2023) y Jóvenes en dictadura (2023). Ha sido jurado en concursos literarios, incluyendo el de la Municipalidad de Santiago. Escribe reseñas y críticas en el diario digital El Mostrador. Es parte del Comité Editorial de la revista Descentrados.cl, sección “De Letras”. ↩︎
  2. Este cuento fue incluido en el libro: Nuevas Vidas para Heredia, publicado por editorial LOM el año 2025 en homenaje a Ramón Díaz Heterovic. ↩︎