Por Mirennis Sánchez Mora
Socióloga
Directora editorial Revista Descentrados.cl
La cobertura mediática sobre José Antonio Kast ha sido amplia y diversa. Dependiendo de la línea editorial de cada medio, el énfasis recae en distintos aspectos de su proyecto político: La seguridad y el orden público, la reducción del rol del Estado, las posiciones conservadoras en materias valóricas o sus vínculos con corrientes de la derecha internacional.
Sin embargo, concentrar el análisis únicamente en la figura de Kast puede impedir observar una cuestión más profunda: La forma en que se organiza y distribuye el poder en la sociedad chilena. El problema no es sólo quién llega a La Moneda, sino qué relaciones de poder permanecen cuando cambian los gobiernos.
Michel Foucault (2002)1 insistía en que el poder no pertenece completamente a nadie; circula. Un gobierno administra temporalmente el Poder Ejecutivo, pero la capacidad de influir sobre la sociedad se encuentra distribuida entre múltiples instituciones y actores: El empresariado, los grandes medios de comunicación, las iglesias, las Fuerzas Armadas y las policías, el Poder Judicial, los gobiernos regionales, las plataformas digitales, los organismos internacionales, la academia, los movimientos sociales, los sindicatos, entre otros. El Estado constituye uno de los espacios donde se ejerce el poder, pero éste también circula por múltiples instituciones y relaciones sociales.
Desde esa perspectiva, resulta pertinente preguntarse cuánto cambian realmente las relaciones de poder cuando cambia el signo político del gobierno. Desde el retorno a la democracia, Chile ha transitado por gobiernos de distinto signo político: la Concertación (1990–2010), la derecha —primero bajo la Coalición por el Cambio y luego Chile Vamos— (2010–2014 y 2018–2022), la Nueva Mayoría (2014–2018), Apruebo Dignidad (2022–2026) y, desde marzo de 2026, el gobierno de José Antonio Kast. Pese a estas alternancias electorales, numerosas estructuras de poder han mostrado una notable continuidad: La concentración económica, la propiedad de los grandes medios de comunicación, la centralización del Estado, las desigualdades territoriales, la mercantilización de los derechos sociales, la expansión de mecanismos de vigilancia y la creciente tecnocratización de las decisiones públicas. Las elecciones cambian gobiernos; rara vez alteran, por sí solas, las relaciones de poder.
Desde esta perspectiva, el interés no radica en juzgar a una persona, sino en comprender el tipo de racionalidad política que expresa. El pensamiento reaccionario representado por Kast propone un determinado modo de entender el orden social, la autoridad, el Estado, la seguridad y la pertenencia a la comunidad política. Es allí donde el análisis sociológico encuentra un campo fértil.
Foucault, M. (2002) mostró que el poder no sólo reprime; también produce formas de ver el mundo. Opera clasificando, normalizando y estableciendo categorías que parecen naturales. Cuando un discurso distingue entre un “nosotros” legítimo y un “ellos” ilegítimos, no está simplemente describiendo la realidad: está organizando relaciones de poder.
Desde esa perspectiva, el interés deja de estar puesto en los individuos y se desplaza hacia los discursos, las instituciones y las prácticas mediante las cuales el poder produce orden social.
En una línea similar, Hannah Arendt (2006)2 advirtió que la exclusión política comienza cuando determinados grupos dejan de ser considerados sujetos plenos de derechos, mientras Pierre Bourdieu (1997)3 explicó que buena parte de la dominación contemporánea funciona de manera simbólica: Las jerarquías se vuelven aceptables porque se presentan como naturales, legítimas o de sentido común.
El debate no consiste en equiparar el pensamiento reaccionario de Kast con el fascismo histórico, sino en analizar críticamente cómo ciertos discursos contemporáneos construyen fronteras entre quienes son considerados parte legítima de la nación y quienes aparecen asociados al desorden, la amenaza o el riesgo. Conviene preguntarse qué formas de poder producen esos discursos y qué efectos tienen sobre la democracia.
Quizá esa sea la pregunta más relevante para el Chile actual. No únicamente quién gobierna, sino quién define qué problemas merecen atención, quién establece los límites de lo aceptable y quién posee la capacidad de convertir una determinada visión del país en sentido común.
Mientras esa distribución del poder permanezca fuera del debate público, cualquier proyecto político corre el riesgo de administrar las mismas estructuras que dice querer transformar. Sin comprender cómo circula el poder y quiénes lo ejercen más allá del gobierno de turno, difícilmente Chile podrá construir una propuesta verdaderamente transformadora.
- Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Buenos Aires: Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1975). ↩︎
- Arendt, H. (2006). Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1951). ↩︎
- Bourdieu, P. (1997). Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Barcelona: Anagrama. ↩︎

