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Descentrados Chile

¿Yo, racista? Temuco frente al espejo de su historia

Fotografía: Pinterest

Por Juan Mansilla

Doctor en Filosofía y Letras

Profesor Titular Universidad Católica de Temuco, Chile

Investigador Principal MRACE

 

Si pensamos con Dante, el círculo más profundo del infierno no está reservado a los violentos, sino a los traidores: a quienes quebrantan el vínculo que hace posible vivir juntos. Tal vez Temuco habite desde hace demasiado tiempo uno de esos círculos morales. No porque desconozca su historia, sino porque conoce fragmentos, aun así, traiciona la memoria que debería reunirnos. Celebra su fundación, pero evita decir que nació en 1881 como un fuerte militar destinado a consolidar la ocupación del territorio mapuche. 

Roxanne Dunbar-Ortiz, historiadora estadounidense, explica que el colonialismo de asentamiento no busca solamente gobernar al pueblo originario: procura sustituirlo como soberano del territorio y convertir sus tierras en propiedad disponible. Los fusiles pueden callar, pero esa lógica continúa en los planos de los fundos, los nombres de las calles, los monumentos, las escuelas y las palabras. Se denomina “Amanecer” a unos barrios y “Pueblo Nuevo” a otros, como si lo indígena debiera permanecer asociado a la oscuridad y lo viejo El mapuche es convertido en “indio”: una fabricación colonial destinada a reducir una diferencia histórica a una categoría administrable. 

Tzvetan Todorov vio en la conquista de América una catástrofe del reconocimiento: se descubrió al otro sin reconocerlo como un tú. Temuco, casi en el paralelo 39 sur, prolongó esa herida moral. Tomás Guevara, profesor del antiguo Liceo de Hombres, publicó en 1913 Las últimas familias y costumbres araucanas. La obra conservó testimonios invaluables, gracias también a Manuel Manquilef; sin embargo, su título deja oír el deseo colonial de un epílogo, una gramática de la desaparición: “las últimas familias”, como si un pueblo vivo fuese ya resto, museo o despedida.

Segismundo, protagonista de La vida es sueño, despierta éticamente cuando reconoce su capacidad de causar daño. También una ciudad debe despertar. Temuco, en cambio, parece querer la inocencia sin examen, la convivencia sin contrición y el futuro sin memoria. En la plaza Teodoro Schmidt, el colono permanece erguido mientras una mujer mapuche aparece arrodillada. La piedra distribuye los lugares: uno mide, ordena y posee; la otra queda abajo, convertida en suelo humano de la colonización. Miles de personas pasan frente a esa escena sin interrogarla. El racismo más permanente es aquel que, por haberse convertido en paisaje, deja de parecernos racismo. La ciudad escribió también sus preferencias raciales sobre el plano urbano. Una de sus principales arterias se llama avenida Alemania y está rodeada por calles que recuerdan a Inglaterra, Francia, Suiza, España, Dinamarca y Holanda: una pequeña Europa trazada sobre el territorio mapuche. Es verdad que muy cerca se encuentra la avenida Caupolicán. Cerca en la geografía, pero todavía demasiado lejos en la memoria y en la dignidad otorgada a cada nombre. Europa aparece como horizonte de civilización; Caupolicán, como vestigio tolerado de un mundo vencido. Hay una tristeza profunda en esta cartografía. También así opera el racismo: haciendo íntimo lo que llegó desde lejos y volviendo extraño aquello que siempre estuvo aquí.

En el purgatorio medieval estudiado por Jacques Le Goff, encontramos una posibilidad moral entre la inocencia absoluta y la condena eterna: el lugar donde la culpa reconocida puede transformarse en responsabilidad y esta, en reparación. Temuco necesita construir su propio purgatorio cívico. No para instaurar una culpabilidad hereditaria ni para vengar el pasado, sino para impedir que el daño continúe actuando bajo el nombre de tradición. En Los hermanos Karamázov, Dostoievski pone en boca de Zósima una intuición exigente: cada ser humano es responsable de todos y de todo, y cada uno debe asumir esa responsabilidad personalmente.

La filosofía de la alteridad permite comprender la hondura de esta deuda. Edith Stein, la fenomenóloga asesinada en Auschwitz, enseñó que la empatía reconoce una experiencia ajena que no puedo reducir a la mía. Para Martin Buber, la humanidad acontece cuando el otro deja de ser un “ello” y comparece como un “tú”. Emmanuel Levinas fue aún más radical: el rostro del otro me obliga antes de que yo decida responder. Negarlo no es una simple insuficiencia intelectual, sino una defección ética.

Esta exigencia alcanza directamente a quienes conducen escuelas y liceos de Temuco y del Gulumapu. La educación intercultural y antirracista no puede depender del porcentaje de estudiantes mapuche ni de la presencia visible de niños migrantes. La dignidad no comienza cuando se completa una cuota para impartir lengua indígena. Educar contra el racismo es una obligación anterior a toda estadística, porque define el tipo de humanidad que la escuela decide formar. Hace falta mayor valentía ética y moral de sostenedores, directivos y docentes: revisar currículos, símbolos y silencios; enseñar el origen militar de la ciudad; escuchar el mapun-kimün como conocimiento vivo de nuestra abuela mapu; impedir que un niño aprenda que, para pertenecer, debe negar su nombre, su lengua o su memoria.

En esta intemperie de los tiempos políticos que vivimos en Abya Yala necesitamos un humanismo militante que documente, denuncie, escriba y enseñe sin reproducir la lógica de la aniquilación. Ese humanismo debe comenzar en cada aula. Temuco no está condenada a permanecer en el círculo que lo vio nacer. Pero solo podrá salir -como Dante, para volver a ver las estrellas- cuando tenga el coraje de mirar su historia, levantar a quienes su paisaje mantiene de rodillas y comprender que ninguna ciudad puede llamarse humana mientras necesite la humillación del otro para sostener su propia inocencia.