Carla Núñez Matus
Psicóloga. Máster en psicología social y childhood studies. Educadora La Caleta. Miembro SOCHPSICO (Sociedad Chilena Psicología Comunitaria) y RIN (Red Investigadoras Niñez)
La memoria humana es frágil, pero los patrones de la historia son obstinadamente inquietantes. Hace poco más de medio siglo, América Latina vivió un terror sistemático disfrazado de “seguridad nacional”. Bajo la bandera del anticomunismo, Estados Unidos entrenó a decenas de miles de oficiales latinoamericanos en la Escuela de las Américas y luego, mediante la Operación Cóndor, internacionalizó la represión: asesinatos, desapariciones y torturas circularon sin fronteras por Argentina, Chile, Uruguay y otros países. Fue una época en que la vida se borraba con una etiqueta ideológica, una época en la que madres y abuelas siguen buscando hasta hoy los restos de sus desaparecidos. Creímos que la barbarie de la Segunda Guerra Mundial nos había enseñado algo. Los juicios de Núremberg, el juramento de “nunca más” y la arquitectura de tratados de derechos humanos que surgió después fueron presentados como la conciencia civilizada de la humanidad. Esa promesa de no repetición parecía un piso firme. Sin embargo, el presente se burla de ese optimismo.
La actual instalación del denominado “Escudo de las Américas”, impulsado por el gobierno de Donald Trump —y rebautizado por la prensa como la “Doctrina Donroe”—, vuelve a colocar a los países latinoamericanos dentro de un marco de seguridad diseñado desde Washington. Con la excusa de la lucha contra el narcotráfico, se reedita una lógica de intervención que, como ayer, etiqueta vidas humanas como prescindibles. Las lanchas atacadas en alta mar con supuestos cargamentos de droga, que en más de una ocasión resultaron ser pescadores, son la prueba más cruda de que no se necesita confirmar el error para disparar.
El paralelo estructural con la Operación Cóndor es escalofriante. Si antes el enemigo era el comunismo, hoy es aquel monstruo informe denominado “narco terrorismo”. Si antes la coordinación entre servicios de inteligencia permitía eliminar “subversivos” sin juicio, hoy la cooperación militar en nombre del combate al crimen organizado vuelve a convertir territorios enteros en zonas de sacrificio. Mientras, en Gaza, la masacre de infancias para acabar con la historia de un pueblo lleva esa misma lógica a su expresión más extrema: cuando un grupo humano es deshumanizado por completo, su exterminio se vuelve un “daño colateral” aceptable.
Hay una generación que ha sido testigo de ambos procesos. Vio cómo los archivos del Cóndor se abrían trabajosamente, cómo tribunales en Paraguay, Argentina y Uruguay lograban condenar a algunos de los responsables. Hoy ve, en pantallas de alta definición, cómo esa misma lógica regresa con nuevos nombres. Esa superposición en el tiempo no es solo un insulto a la memoria: es una clausura del futuro.
Si nos dicen que no hay futuro, que la distopía es el único horizonte posible, nos quedaremos sin energías para la esperanza. Y la esperanza es nuestro único y más importante motor. No podemos permanecer en silencio ante la renovación de los votos de la barbarie. Porque cuando “nosotros” y “ellos” se definen por la violencia, cuando ciertas vidas quedan de antemano fuera del duelo, la barbarie ya ha vuelto a instalarse en la casa de la civilización. Resistir esa lógica, negarse a ser cómplices silenciosos, es quizá la tarea más pesada y más necesaria de nuestro tiempo.

