Skip to main content

Descentrados Chile

La revolución más peligrosa: Elegir la vida, el amor y la paz sobre la guerra

Shirley Ruiz

¡Viva Palestina Libre!

Por Shirley Ruiz

Artista, Costa Rica

 

Cuando las guerras terminan de pronunciar sus nombres y la tierra, herida, guarda en su memoria el peso de quienes nunca regresaron, queda un silencio eterno. El viento atraviesa ciudades derrumbadas llevando consigo voces que ya nadie escucha. Busca las risas de los niños y las niñas, los cantos interrumpidos y los abrazos que nunca llegaron a despedirse. Mil y un poemas permanecen sin escribirse porque la muerte llegó antes que las palabras.

¿Cómo puede la humanidad acostumbrarse al estruendo de las armas? ¿Cómo aceptar que un instante borre generaciones enteras? Cada vida perdida arrastra un universo irrepetible: Una madre que espera, un hijo que sueña, una historia que jamás volverá a contarse.

Y, sin embargo, cada vida contiene la posibilidad de transformar el mundo. Como escribió Eduardo Galeano: “La utopía está en el horizonte… sirve para caminar.” Incluso cuando el horror parece imponerse, la memoria y la esperanza nos obligan a seguir caminando.

Las palabras también sangran cuando el miedo ocupa el lugar de la esperanza y el ruido de las bombas ahoga el canto de los pájaros. Entonces el silencio deja de ser refugio para convertirse en el grito de quienes ya no pueden pedir auxilio.

Como escribió Julio Cortázar: “La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.” Aun bajo los escombros, la esperanza continúa buscando una grieta por donde volver a florecer.

El dolor de la guerra no conoce fronteras, idiomas, credos, ni banderas. Tiene un solo idioma: El de la ausencia. Es el llanto de todas las madres, de todos los padres y de todos los pueblos que han debido despedir a quienes amaban.

Pero incluso entre las cenizas persiste una semilla.

La historia demuestra que los pueblos pueden ser heridos, pero no derrotados mientras conserven la memoria y la esperanza. Allí donde algunos levantan muros, otros levantan escuelas. Allí donde unos fabrican armas, otros siembran alimentos. Allí donde gobierna el odio, siempre aparece una mano tendida que recuerda que la solidaridad es más poderosa que cualquier ejército.

Seguir luchando por la vida es el acto más profundamente revolucionario. No porque ignore el dolor, sino porque se niega a permitir que la muerte tenga la última palabra. Es sembrar árboles mientras otros incendian bosques, defender un río, aunque no alcancemos a ver todas las generaciones que beberán de él.

Como dijo Ernesto Che Guevara: “Seamos realistas, hagamos lo imposible.” Defender la paz en un mundo acostumbrado a la violencia también es una forma de hacer posible lo que parecía inalcanzable.

La paz no nace del silencio impuesto por las armas. Nace cuando el pan reemplaza a la pólvora, cuando la palabra sustituye al disparo y aprendemos a reconocer en el rostro del otro un reflejo del nuestro.

Las crisis del planeta, el cambio climático, las sequías, los incendios y los ríos heridos tampoco son hechos aislados. Son el eco de una humanidad que olvidó que también es tierra, agua, bosque y semilla.

No somos dueños del planeta. Somos parte de él.

Respiramos el mismo aire que sostiene los bosques y bebemos el agua que alimenta las raíces de los árboles. Nuestra sangre guarda la memoria de los ríos y nuestros huesos nacieron del mismo polvo que sostiene las montañas.

Como recordó José Mujica: “Pobre no es el que tiene poco, sino el que necesita infinitamente mucho.” Muchas guerras nacen cuando el deseo de poseer reemplaza el arte de convivir y compartir.

Los pueblos originarios han protegido esta verdad durante siglos: Cada ceremonia alrededor del fuego es una promesa de equilibrio; cada semilla sembrada, un acto de confianza en el futuro. Nos enseñan que la verdadera riqueza nunca fue acumular, sino aprender a convivir.

Hoy la revolución más urgente no consiste en conquistar territorios, sino en recuperar nuestra humanidad. Revolucionario es proteger un bosque antes que destruirlo, defender el agua como un derecho de todos y enseñar a las nuevas generaciones que la cooperación vale más que la competencia.

Que el viento vuelva a llevar semillas y canciones en lugar del olor de la destrucción. Que los poemas nombren a quienes eligieron cuidar la vida antes que destruirla. Que la memoria nos impida repetir el horror y que la compasión venza al odio.

Porque ninguna guerra devolverá un solo latido perdido. Ninguna victoria construida sobre la muerte podrá llamarse verdaderamente victoria. Pero cada acto de amor, cada bosque protegido, cada niño que crece sin conocer el estruendo de las bombas y cada pueblo que defiende su dignidad son la prueba de que la esperanza sigue respirando.

La paz no llegará caminando sola. Habrá que sembrarla como se siembra un bosque, cuidarla como se cuida un río y defenderla con memoria, justicia y solidaridad.

Mientras exista una semilla bajo la tierra, una canción en la memoria de los pueblos, una niña capaz de reír entre las ruinas, una mano dispuesta a levantar a otra y un corazón que se niegue a acostumbrarse al odio, todavía habrá futuro.

Seguiremos caminando por quienes ya no están, por quienes hoy resisten y por quienes todavía no han nacido. Seguiremos caminando por la paz, por la justicia y por la Madre Tierra.

Porque elegir la vida será siempre el acto más profundamente revolucionario.

Y cuando comprendamos que la verdadera victoria no consiste en vencer a nadie, sino en aprender a vivir como una sola humanidad, habremos hecho posible la revolución más hermosa: La de elegir la vida.

“La solidaridad con Palestina es un compromiso con la vida, la justicia y la dignidad humana.”